Estamos escribiendo la
historia del Sahara Occidental. Al margen de la guerra,
hubo vida feliz, infancia audaz y juventud soñadora. Es
la historia de una generación que nació con las balas
chillando en sus oídos y, a pesar de ello, para nosotros
todo es literatura y, ahora lo estamos cosechando para
refundar la literatura saharaui y de paso liberar
nuestra tierra, porque la lucha de la intelectualidad es
la más potente de todas las luchas.
Generación de la amistad saharaui
No creas, poeta, que tu
voz no se oye.
Con bellas palabras puede cambiarse el mundo
si esas palabras dicen lo que hay que decir.
No hay alto el fuego para los poetas:
Sólo versos, como balas, disparando al corazón de la injusticia.
El
ataque a los activistas
prosaharauis constituye
una acción propia de una
dictadura que se aferra
al conflicto del Sáhara
Occidental para crear
una tensión permanente
con España en temas de
mucha sensibilidad, como
son la inmigración, las
dos ciudades autónomas
de Ceuta y Melilla y la
seguridad. Marruecos
debe entender que un
Estado democrático y
responsable no puede
tolerar una agresión de
esas características a
sus ciudadanos por el
simple hecho de expresar
su opinión reconocida
por la propia comunidad
internacional en torno a
la necesidad de respetar
los derechos humanos en
el territorio del Sáhara
y exigir la celebración
de un referéndum de
autodeterminación que
cierre definitivamente
el inconcluso proceso de
descolonización.
Si
Marruecos quiere ser
aliado de Europa y
España debe olvidarse de
su política
expansionista, someterse
a las resoluciones de
las Naciones Unidas y
permitir a la sociedad
civil ejercer de forma
libre sus derechos, de
lo contrario puede
quedarse aislado por más
que sus valedores
ejerzan el derecho de
veto en el Consejo de
Seguridad para seguir
manteniendo su
impunidad. Cuánta
represión necesitará el
régimen marroquí para
someter a los saharauis
y hasta cuándo el mundo
seguirá mirando para
otro lado. La no
solución del contencioso
del Sáhara Occidental
será siempre una fuente
de tensión permanente
entre España y
Marruecos.
Ali Salem Iselmu
¿RESPETAR UNA
ILEGALIDAD? - Opinión
El Gobierno español conmina a las
ONGs españolas a cumplir la ilegalidad en el Sahara Occidental.
Es decir, respetar las leyes promulgadas bajo una ocupación que
ni España, ni la ONU, ni ningún Estado reconoce. De entrada,
resulta chocante que el gobierno español, conmine a sus
ciudadanos a respetar lo que la legalidad internacional repudia.
De todos es sabido que el Sahara Occidental
es un territorio ocupado ilegalmente por Marruecos, donde las
violaciones de derechos humanos están a la orden del día.
Y frente a esa ocupación ilegal, la legalidad
internacional, ofrece a los saharauis, el derecho legítimo para
defenderse y defender su tierra, incluso, por la vía armada. Y
es aquí, hacia este derecho, donde acuden los simpatizantes de
la Causa Saharaui para cobijar cualquier acción que quieran
llevar a cabo. Si con la ley en la mano, el pueblo saharaui, o
cualquier otro pueblo, tiene el derecho de alzarse en armas
contra una ocupación ilegal, no va a poder, a caso, manifestarse
pacíficamente, sin pedir autorización alguna?
Lo que intenta el Gobierno español y los
responsables del área internacional del PSOE es dar por legal lo
que no lo es. Atinan, ellos, muy fino. Hablan de “legislación
vigente” para no decir legalidad vigente que ya cantaría
demasiado, pero es lo mismo. Lo que pretenden es dotar de
apariencia legal, lo que no son más que disposiciones
administrativas carentes de cualquier respaldo legal.
El gobierno español no hace nada
para que se respete la legalidad internacional en el Sahara
Occidental pero, además de no hacer nada, conmina a sus
ciudadanos a no hacerlo. Llegando, con esa actitud, a no
atender, siquiera, una de sus primeras obligaciones, la de velar
por los derechos humanos de sus ciudadanos dentro y fuera de sus
propias fronteras.
Es cierto que los ciudadanos están
excluidos de la acción exterior de los Estados por la
competencia exclusiva que los gobiernos se otorgan en esa
materia. Pero también es cierto, que los principios universales
de la justicia llaman a las conciencias vivas a repudiar las
acciones contrarias a Derecho. Y la ocupación ilegal del Sahara
es una típica situación que el Derecho Internacional repudia. De
modo que cualquier ciudadano de cualquier país que se manifieste
en el Sahara Occidental tiene el mismo respaldo legal que asiste
al pueblo saharaui para defender su tierra. Lo que,
desgraciadamente, se ha visto que no tiene es el respaldo del
gobierno español.
La misma globalización a la que
ningún gobierno osa oponerse, también, abre las puertas para que
los particulares, sin el consentimiento de sus respectivos
gobiernos, puedan llevar a cabo determinadas acciones, siempre
respaldadas por la legalidad internacional, cuya consecuencia
última es la intervención del aparato exterior de los Estados.
Un buen ejemplo de ello, ha sido el de la ‘Florilla de la
libertad’ turca.
En la medida en que la globalización
va haciendo más permeables las fronteras de medio mundo, este
tipo de actos será mucho más numeroso, por la sencilla razón de
que los Estados, en su acción exterior, a menudo se guían por
intereses que sus ciudadanos repudian, no quedándole, a los
particulares, más remedio que colocarse al rebufo de la
legalidad internacional, a la que sus respectivos gobierno hacen
caso omiso, para justificar sus actos. Y, en este sentido, la
manifestación llevada a cabo, en El Aaiún, por los miembros de
la ONG ‘SaharaAcción’ es una acción digna de respeto y está
amparada por imbatibles argumentos tanto legales como morales.
En todo caso, hay algo que no puede
resultar lesionado en esta colisión que se produce entre la
exclusividad de los gobiernos en materia exterior y el intento
de los particulares por romper ese monopolio. Y ese algo es el
respeto y la defensa de los derechos humanos de los ciudadanos
aún cuando, allende las fronteras, rompan esa exclusiva. Y ahí
es donde, por desgracia, han fallado nuevamente, tanto el
gobierno de Zapatero como el propio PSOE.
JACA.- El escritor y poeta saharaui Bahia Awah participó ayer en
la lectura de poemas elaborados por autores de la región
africana, dentro de un proyecto que pretende emplear la
literatura como el motor de su memoria histórica. "El propósito
es que las futuras generaciones conozcan su historia desde la
fuente original y contribuir a fortalecer las estructuras del
pueblo saharaui", señaló.
Una serie de historias contadas en primera persona por sus
protagonistas y acompañadas por unas imágenes evocadoras de la
vida cotidiana del desierto se constituyeron y quedaron
registradas en un documento audiovisual, donde toman parte "los
poetas y poetisas saharauis más ancianos".
Los beneficios obtenidos a través de la venta de libros de
origen saharaui se destinarán al proyecto impulsado por la
asociación "Antropólogos en Acción". También los beneficios
extraídos del XIV Mercado Solidario que organizará este próximo
martes la escuela de verano jaquesa, tendrán idéntico fin.
Sophie Caratini y los
"hijos de las nubes"
Cada
vez que voy a realizar un viaje de esos largos y me detengo a
hacer mi maleta recuerdo cuando de niño me fijaba atentamente en
cómo mi padre ensillaba su dromedario cuando se iba de bauah1
en busca de agua, pastos o ejerciendo de dayar2
detrás de las huellas del ganado extraviado. Tres cosas
fundamentales preparaba la noche anterior al viaje, un buen
guirba3 , un
znad4y
su mecha de nur5
y un cuchillo de lemleida6.
Claro que los tiempos cambian y cada generación sigue el
inevitable curso evolutivo de su sociedad. Yo cada vez que viajo
de Europa a África lo primero que guardo en mi mochila es un
libro de viaje, un libro que no me aburre, un libro y un autor
que me hacen compañía con pasajes literarios como los de Javier
Reverte, Ramón Mayrata o Ryszard Kapuscinski. Pero en mi viaje
de noviembre del pasado año 2009 elegí, acertando, el libro de
otro escritor, Hijos de las nubes (Ediciones del Oriente y del
Mediterráneo) de la etnóloga Sophie Caratini, en su entretenido
periplo en busca de la sociedad saharaui en los años setenta.
La primera vez que oí hablar de ella fue en 1994 en Nuagchot, la
capital mauritana. Mi tío me dijo:
– Aquí tengo un libro en francés escrito por una historiadora
gala y que habla del Sahara. Creo que no te va a gustar, porque
enfoca su contenido desde el tribalismo en la sociedad saharaui,
pero es muy interesante, léelo.
Su título “Les Rgaybat 1610 - 1934“. Cogí el libro y lo estuve
hojeando varios días para determinar cómo la autora quiso
proyectar su mirada sobre los saharauis centrándose en el
estudio de una tribu. Era una edición en lengua francesa, y no
la puede disfrutar por el poco dominio que tengo de esa lengua,
pero me llamó la atención. Había fotos del Emir de Adrar
mauritano junto con notables jefes tribales saharauis de aquella
época, como Mhamed uld Eljalil, entre otros. Mi tío me indicaba
que la persona de cabello largo que estaba al lado de ese
notable saharaui era mi tío abuelo, Omar uld Awah, que fue su
auxiliar cercano.
Dieciséis años más tarde de conocer ese libro llegaba a mis
manos otro trabajo de esa misma escritora, “Hijos de las nubes“,
sobre las experiencias de aquel viaje para su trabajo de tesis,
en 1975. Subrayé en la primera parte del libro este párrafo con
el que uno de aquellos jóvenes Polisarios explicaba, al conocer
que la joven era una etnóloga francesa, qué pretendían ser los
saharauis con su proceso anticolonial y antitribal, “Queremos
construir una sociedad justa e igualitaria. Nuestras tradiciones
prueban que somos capaces de ello. Los habitantes del desierto
siempre practicaron la solidaridad, la ayuda mutua y el sentido
del honor. Entre nosotros no hay clases explotadoras ni reyes ni
emires. … somos un pueblo libre y orgulloso y en nosotros
tenemos con qué construir una sociedad moderna mucho más
democrática que la vuestra”.
Sophie en aquellos años, como estudiante recién licenciada,
venía con el propósito de estudiar una estructura tribal que sin
embargo los saharauis declaraban abolida en su nuevo proceso
liberador como un pueblo y no como un conjunto de tribus, algo
que las potencias occidentales usaron para perpetuar su dominio
colonial en África. Enfrascado en la lectura del libro cuando me
lo permitía mi trabajo, seguí con Caratini, su atrevido y
desafiante periplo por muchos lugares en el desierto. Alguno de
esos lugares llegué a conocer y tengo referencias de otros en
esa geografía de fronteras mauritano saharauis. Viví con mucha
emoción la gran carga literaria con la que describía sus días y
sus noches entre beduinos, muchos de los cuales estaban
politizados por aquellas circunstancias, y se sentían
arraigadamente bien identificados con su nacionalidad saharaui.
Era el caso del joven del párrafo mencionado con anterioridad o
del otro joven universitario que la atendió cariñosamente con su
botiquín de guerrero. Ambos eran estudiantes, estaban muy
influidos por los movimientos de liberación de la época y
alzados clandestinamente contra el dominio colonial, porque “hay
cosas que para lograrlas han de ser ocultas“.
Cuando Sophie en 1975 buscaba encontrar hueco entre aquellos
nómadas saharauis, yo me hallaba expuesto a los nuevos cambios
políticos que estaban surgiendo muy cerca de esas fronteras en
las que se encontraba la etnóloga, convertido en niño de guerra,
huido en aquel éxodo, separado de mi familia por el conflicto,
un suceso hacia el que Sophie en aquellos convulsos años no
acababa de orientar su atención como etnóloga. Era una
estudiante occidental que acababa de adentrarse en lo más
profundo del desierto para compartir la vida de los pastores
nómadas y vivir su experiencia como etnóloga que iniciaba el
largo periplo de un investigador sediento por conocer y
reflexionar sobre la teoría de los pueblos nómadas y sus
orígenes. Como ella escribía, “pese a todo quise escribir mi
tesis, el libro de su historia. Para ellos, en primer lugar,
pues creía que no había que ocultar los engranajes de la
estructura social, sino analizarlos a fin de poder superarlos“.
Leyendo el libro en los campamentos de refugiados saharauis la
imaginé muchas veces en aquellos años cerca de los
desplazamientos que me condujeron al refugio. Poco tiempo
después de que ella abandonara la zona, pasábamos muy cerca
nosotros los refugiados sumidos en la pesadilla del éxodo, a
veces bombardeados por la aviación marroquí, y otras perseguidos
por las tropas mauritanas. Era yo un niño atendido y arropado
por los Polisarios, pasando por Um Draiga, Guelta Zemur, muy
cerca de Bir Umgrein, Tifariti y Ain Bentili, huidos en
dirección al exilio que nos tocaba sufrir y ver cómo
injustamente hasta hoy perdura por más de tres décadas. A los
que hemos vivido aquella apocalipsis del 75 y 76 sin lugar a
dudas que estas líneas itinerantes nos traen ingratos recuerdos,
pero a la vez un necesario y merecido repaso a nuestra Historia
expuesta con un croquis social etnográfico trazado desde el
comienzo de su segunda edad de oro, que surgiría a partir del
nacimiento del Polisario hasta nuestros días.
En ocasiones en los campamentos saharauis cuando sacaba “Hijos
de las nubes” para seguir su lectura mucha gente se fijaba en su
título y me lo pedían para quedárselo. Pero siempre les
respondía que no era mío si no de una amiga que me lo había
prestado y estaba esperando a que concluyera su lectura y
devolverlo. Porque no es un libro que se lee y se abandona o se
pasa a otros, es investigación sobre nuestra Historia.
Finalmente opté por forrarle la portada para no llamar la
atención y complicarme en más respuestas. El lector puede que se
enganche desde el primer momento como igual puede que le resulte
difícil seguir el hilo en las primeras páginas cuando Sophie
narra cómo intentaba salir de Nuagchot en busca de los saharauis
nómadas y abandonar una ciudad donde reina la incertidumbre, la
búsqueda del buen linaje y la exhibición de lo que aparentan ser
las cosas, y no lo que son en realidad. En su lectura viví con
dolor su enfermedad, sentí con mi corazón sus días de soledad,
tan débil, haciendo el camino de regreso a través de itinerarios
pedregosos y polvorientos, desplazándose en coches militares con
su fragilidad ante las nuevas circunstancias después de consumir
toda la fuerza y vitalidad que desplegó para conversar,
entrevistar, meditar, escuchar y reflexionar. Todo el afán por
sacar adelante un reto ante su desafío de futura etnóloga que
pretendía recoger parte de la historia de aquella sociedad de
nómadas del que le hablaba en la Universidad de Nanterre su
profesor Ahmed Baba Meska. El hombre que ese mismo año se uniría
a los dirigentes saharauis en su lucha.
Destaco el lado humano que se despierta en Sophie cuando se
encuentra con el joven médico Polisario de larga melena, símbolo
anticolonial y antitribal de la época entre los saharauis aunque
ella tal vez desconocía este hecho, que le atendió con su
botiquín y los pocos antibióticos de que disponía para sus
compañeros que dejó alzados en los montes de Ergueiua, a prestar
auxilio a una francesa enferma en un frig de beduinos. Al menos
en su peor momento encontró un futuro médico para acompañarla y
tratar de salvar su vida, si no con medicamentos al menos con su
humanidad y complicidad. A la pregunta de Sophie sobre cómo se
llamaba el joven le respondió:
– No puedo decirte mi nombre, basta con que me llames “el
compañero de las montañas”7
.
Con eso quería decirle que era un guerrillero Polisario,
clandestinos aún en aquellos difíciles años, perseguidos por la
metrópoli. Y diría para finalizar que en el libro hay un grato
momento cuando Caratini nos retrata a Luali, el mítico dirigente
Polisario, sin saber ella entonces quién era. En su encuentro
Luali le expone el ideal revolucionario concebido por el pueblo
saharaui.
Por todos estos motivos considero que “Hijos de las nubes”, que
no pueden ser otros que los saharauis, es una obra para
dedicarle un merecido tiempo de lectura, de meditación y
reflexión sobre y para el pueblo saharaui y su proceso de
descolonización tratado con imparcialidad por una etnóloga
francesa.
--------------
1 Persona beduina con mucha inteligencia que se encarga de
buscar, montada sobre un dromedario, lugares de nuevas acampadas
y pasto para el ganado
2 Buscador de camellos
3 Odre para llevar agua
4 Varita de hierro fundido utilizado tradicionalmente entre los
saharauis para encender fuego friccionándola con una piedra
silex y una mecha
5 Especie de algodón para hacer la mecha que se obtiene de
algunas plantas del desierto. Tiene un olor muy agradable en la
combustión
6 Cuchillo usado en la década de los 60 del pasado siglo
revestido de nácar
7 Estrofa del himno del Frente Polisario
Bahía Mahmud Awah
Lagüera y el barco de
azúcar
Enterrada
bajo la arena del desierto quedó la ciudad de La Güera y con
ella desapareció su gente, cada uno huyó como pudo de su tierra
bajo el fuego de la guerra y lo único que se ha mantenido
erguido a pesar del siroco es el Barco de Azúcar, este barco
yace hoy abandonado en medio de la soledad reclamando volver a
su destino.
Con cierta nostalgia los saharauis recuerdan esta ciudad como
una profunda cicatriz que se mantiene abierta en el corazón de
cada uno.
Mirando al mar se encuentra la pequeña península de Cabo Blanco
y en su extremo occidental se ven las paredes de las casas
enterradas por la arena y dos guardias de la frontera vigilan de
noche y día los restos de lo que fue La Güera. Por sus calles ya
no hay transeúntes, ni comerciantes, ni mujeres, ni niños; todo
se lo llevó el exilio y el tiempo. Sus peces y pájaros
asombrados de tanta soledad abandonaron sus guaridas y con ellos
desapareció el puerto de esta pequeña ciudad que servía para la
llegada de muchos productos que se intercambiaban en la frontera
con Mauritania.
La Güera sufrió el ataque del ejército mauritano en 1975, cuando
este país decidió ocupar la parte sur del Sáhara Occidental, la
población resistió en sus casas y luchó por cada metro de la
ciudad, pero al final todos los habitantes salieron a pie con
las pocas pertenecías que pudieron llevarse con ellos y con el
apoyo de los guerrilleros saharauis pudieron llegar a la
frontera con Argelia y salvar sus vidas.
Treinta y cinco años han pasado y allí se mantienen los restos
de una ciudad que sirvió de punto de encuentro en la frontera y
sigue reclamando ser reconstruida y habitada por sus pobladores,
pero hasta hoy nadie se acuerda que allí tenemos varios
kilómetros de mar y un trozo de territorio liberado que nos
permite soñar cerca del Océano Atlántico y enseñarle a las
nuevas generaciones una pequeña parte de su tierra que tiene
agua, peces y barcos abandonados.
Parece que hemos sufrido la amnesia de la historia, permitiendo
al tiempo engullir una parte preciosa de nuestra tierra dejando
al Barco de Azúcar abandonado a su suerte, mientras el siroco va
ganando metros cada año y las paredes de las casas van
desapareciendo, en este lapsus de la vida, la paz es un producto
pasajero de la imaginación y nosotros estamos condenados a
esperar lejos del olor del océano en medio de la nada.
Mientras tanto aquel barco que llegó un día lleno de azúcar y
endulzó nuestras gargantas con su paladar se ha convertido en un
raquítico esqueleto lleno de arena, y sus tripulantes unos
fantasmas que pululan de noche persiguiendo cada marea en busca
de un nuevo puerto donde reine la libertad de aquellas gaviotas
que un día persiguieron las estelas de una ciudad perdida que
resiste frente al fulgor de las estrellas y la soledad de las
dunas.
La Güera sigue indómita y desafiante, en su memoria está grabada
la voz de sus pobladores que hasta hoy albergan la esperanza de
volver a desenterrar su pasado feliz de comerciantes y
pescadores, que un día pasearon por sus calles y vivieron
intensamente unos años felices en los que crecieron sus hijos
bajo la magia de una punta de tierra rodeada de un dulce
misterio.
Ali Salem Iselmu.
Los hombres que
se marchitan como flores
Mahfud
fue un dirigente de principios que creció tejiendo las
estructuras de la organización política saharaui desde su
nacimiento en los últimos años del ocaso colonial español en el
Sahara, después de un siglo de dominio. Treinta y cinco años de
su vida los consagró a una lucha de principios que abrazó desde
su primera simbiosis estudiantil en los años setenta. En la
historia de África, en sus procesos políticos y de liberación,
muchas veces se ha repetido el despuntar de genios, guías
políticos, que veían terminar felizmente los procesos de
liberación de sus países cuando los saharauis empezaban la lucha
por su independencia. Personajes como Nelson Mandela, Luali
Mustafa Sayed, Julius Nereire, Patricio Lumumba, Amilcar Cabral,
Hauari Bu Mediane, Agostinho Neto, Samora Machel u Oliver Tambo,
el caso biográfico más parecido en trayectoria política a Mahfud
Ali Beiba, el hombre que con su firme visión se marchó viendo
con optimismo el futuro de su pueblo. “Veo el futuro con mucho
optimismo. Hoy por hoy se ha consolidado la identidad saharaui,
el derecho de ésta no se ha podido eclipsar”.
Recordar a Mahfud Ali Beiba en estos términos es señalar uno de
los arquitectos dirigentes de la lucha por la independencia de
los países africanos en los años de su descolonización
anteriormente mencionados, es recurrir a ese periodo de
emancipación libertador por el cual estas figuras entregaron
toda una espléndida juventud y vida. Mahfud se destacó en la
rama política del Polisario desde su primer embrión de Jat Ramla
en 1970, un dirigente necesario por sus extraordinaria
cualidades de inteligencia y capacidad, virtudes que consagró a
la nueva configuración social y política saharaui articulando la
creación de todas las instituciones del estado sobre el punto de
convergencia que transfería a la recuperación de la soberanía
nacional sobre todo el suelo patrio saharaui, a pesar de las
diferencias y divergencias políticas que surgen en cualquier
proceso de liberación nacional.
Mahfud Ali Beiba fue un político de extraordinaria visión
ideológica que sirvió al Frente Polisario desde su nacimiento
para organizar y dirigir, desde que en 1974 fue asignado
responsable del comité de asuntos políticos tras el II Congreso
del Polisario en 1974. Desde esa fecha comienza surgir un joven
guía en un proceso que necesitaba un hombre de estado pragmático
y proyectado como organizador, reconciliador en los momentos de
eclipse sociopolítico, que en ocasiones han acaecido a lo largo
del proceso emancipador, causados por las muchas lacras
heredadas de un periodo colonial y tribal. Mahfud comenzó
humildemente a destacarse entre sus compañeros desde el
encuentro de la unidad nacional saharaui en 1974 en Ain Bentili,
así Luali Mustafa Sayed lo acercó a su más estrecha colaboración
porque veía en él un hombre peculiar a la altura de las
circunstancias, como el caso de Nelson Mandela con Oliver Tambo
en Sudáfrica.
Desde 1973 a 1976 es asignado a una tarea muy difícil,
concienciar a la población, organizarla en torno al movimiento
Polisario, aislar en su política a la potencia colonial y frenar
el saqueo de los recursos naturales. Así en 1975, junto a sus
compañeros de militancia de los que destacaría a Mohamed Luali
Akeik, se convertiría en el autor intelectual de la acción que
logró paralizar la cinta transportadora de los fosfatos de
Bucraa entonces explotada por España. Mahfud fue también el
negociador conciliador que acompañó a Luali en 1974 en el primer
encuentro en Mauritania con Jalihena uld Rashid, el personaje
que la España franquista ideó, en su táctica dilatoria para
permanecer en el territorio, como presidente del Partido Unión
Nacional Saharaui, PUNS, creado por la metrópoli. Y fue el
político que, tras la proclamación de la República Saharaui,
diseñó casi todas sus instituciones, con un excepcional hecho
histórico que él mismo reconoció en ciertas ocasiones al
constituir el parlamento antes de la proclamación de la
República convirtiéndose en su primer presidente. “Hay que decir
que esa articulación es un poco peculiar porque el hecho de que
un Parlamento nazca antes que el propio Estado es una cualidad
distintiva de la sociedad saharaui”, afirmaba Mahfud en una
entrevista en Rebelión en noviembre de 2008. Fue un negociador
duro de roer por sus adversarios marroquíes en las negociaciones
de Houston en 1989 y de las distintas rondas negociadoras de
Manhasset, Nueva York, entre 2008 y 2010. Para definir su papel
como negociador valgan las palabras de Christopher Ross, enviado
Personal del Secretario General de las Naciones Unidas para el
Sáhara Occidental, “Mahfud Ali Beiba era un hombre honesto y un
negociador sabio”.
La dimensión de la figura de Mahfud no se puede estudiar fuera
del marco histórico de los grandes líderes políticos surgidos en
África desde los años sesenta y setenta. En una reciente
conferencia en Madrid sobre el conflicto saharaui tomé notas de
una magistral intervención de la ex esposa del mítico líder
surafricano Nelson Mandela, en la que se refirió a la figura
histórica de Oliver Tambo. La Sra. Winnie Mandela para acompañar
a los saharauis en su lucha tomó de referencia ciertas
cualidades del que fuera cofundador del ANC y posteriormente su
presidente, Oliver Tambo. Deduje un paralelismo objetivo entre
ambas figuras y encontré que Oliver Tambo en su militancia en el
seno del ANC fue un auténtico caso a comparar con la vida y
trayectoria política de Mahfud Ali Beiba. Mahfud es uno de los
grandes políticos saharauis que nunca perteneció al ala militar,
sí perteneció al Polisario desde su creación en 1973. Fue un
dirigente revelación descubierto por su líder, Luali Mustafa, en
la reunión de Ain Bentili tras el abandono español y la
disolución de la Yemaa general, que representaba a los saharauis
en la Cortes españolas.
Siguiendo con las similitudes entre ambas figuras de la Historia
africana, Mahfud señalaba recientemente que a la juventud hay
que darle su espacio y crearle su programa de continuidad en el
proceso saharaui. Oliver Tambo en los duros años de su
militancia contra el sistema del apartheid creó el "Programa de
Acción" en el que desde su exilio ideaba cómo boicotear, hacer
desobediencia civil, huelgas y la no colaboración con el régimen
del apartheid. Mahfud fue el primer bauah[1], emisario que el
Polisario envió en los años setenta a las comunidades saharauis
que vivían en el sur marroquí y en Mauritania, sobre todo los
estudiantes universitarios, para crear un programa de acción en
torno al nacionalismo saharaui contra la potencia y las
pretensiones extranjeras, como recordaba Mohamed Lamin uld
Ahmed, durante el sepelio de Mahfud. A su regreso de esa misión
según recordaba Embarec uld Ehdeib, el entonces joven dirigente
afirmó “he constatado de mi viaje que todo es posible, adelante
compañeros”, como el buen bouah de su frig que fue.
Tambo en 1955 se convirtió en Secretario General del ANC, y
Mahfud Ali Beiba, tras la caída en combate de Luali Mustafa
Sayed en 1976, ocupó el cargo de Secretario General del
Polisario hasta celebrado el III Congreso donde fue elegido
Mohamed Abdelaziz como nuevo líder al frente de la organización
política y militar del Frente Polisario.
Mahfud en estos últimos años centró su atención en la
metodología a seguir para apoyar la lucha pacífica saharaui a
través de la instancia legislativa, el Parlamento. La defendió
en muchas conferencias y entrevistas con congresistas
estadounidenses, parlamentarios y dirigentes políticos de muchos
países del mundo. Mahfud tenía una conciencia absoluta de sus
ideales y la continuidad en la consecución a las aspiraciones de
todos los saharauis. Resumía en éstas líneas su inconfundible
apuesta por ese inalienable derecho de su pueblo. “Puedo decir
sin que me tiemble el pulso que he invertido 35 de los 55 años
que tengo en este proceso y que sé que no ha sido en vano porque
en este tiempo se ha consolidado la identidad saharaui. Hoy por
hoy, desde La Habana, hasta el golfo arábigo, desde Finlandia,
hasta Sudáfrica, toda nuestra gente se sabe parte, no ya del
pueblo saharaui, sino parte del POLISARIO, como representante
legítimo de este pueblo”.
Tuve la suerte de presenciarle y escucharle en 1998 en una
entrevista de aquel histórico programa de la Cadena Ser que
realizaba y dirigía Iñaki Gabilondo, un especial realizado desde
la wilaya de Smara. En la entrevista con Gabilondo Mahfud
afirmaba que nuestro proceso no puede ser sino concebido como en
movimiento y transformación hacia su buen puerto. Mahfud en una
pregunta que le hacía el periodista sobre el impase del proceso,
respondía en una frase que se me ha quedado grabada para
siempre, “la naturaleza no admite el vacío, igual que la
política, los saharauis alcanzarán con su proceso sus
aspiraciones a la libertad y la soberanía sobre todo su suelo
patrio”.
En tu memoria, amigo
No lo dudes querido Mahfud,
sereno en tus ideas
con tu certero y profundo sueño,
que un día ejerceremos soberanía
desde las riveras de Saguia
a los confines del Río de Oro.
Siento que te vas tranquilo
y te veo como un verde
arbusto de nuestras acacias,
como los brotes de
ter, de lehbalia y anish
que sentiste crecer
en el barrio Casa Piedra,
en el barrio Pon tu mano,
en el barrio Las Colominas,
en el barrio Los Despojados,
o en el insurrecto Maatala,
en sus callejuelas y esquinas.
La bendición de Dios
que hoy ofrenda tu marcha.
Verás donde estés que El Aaiun aún
tiene las calles cuajadas de tu sangre,
tiene inagotable ansia de libertad.
Hoy alzan tus ideales, hijo del barrio,
al grito de los nuestros.
¡Sacad las banderas a las calles y gritad!
¡La badil La badil an tagrir el masir![2].
A los catorce días de habernos dejado, nos quedamos todos los
saharauis con tu mejor legado, tus enseñanzas y tu perseverancia
en no cansar ni ceder antes de la recuperación de toda la
soberanía sobre la patria saharaui. Recordaremos siempre tus
sabios planteamientos y adhesión a la identidad nacional cuando
recientemente dijiste algo así como que “si algún día los
saharauis quieren ser “otros” yo no seré ese “otro”. Tampoco
nosotros queremos serlo.
---------
[1] Persona de especial inteligencia y capacidad exploratoria
que enviaban los nómadas saharauis a buscar los lugares de agua
y pasto para posteriormente trasladar a todo el frig
[2] No hay otra solución que la autodeterminación, lema más
escuchado en las manifestaciones pacíficas de la resistencia
saharaui en el Sahara ocupado.
Muchas veces suelo recordar el pasado mirándolo desde el cielo.
Me imagino volando sobre un ave de enormes alas extendidas. El
ave vuela en silencio, como yo, sin aletear. Sólo planea por
encima de mis recuerdos.
Hubo un tiempo que me servía para poder conciliar el sueño.
Antaño, cuando apenas era un niño, antes de dormir me entretenía
en la oscuridad viendo enormes rebaños de ovejas blancas
deslizarse debajo de mi, era como si flotara en la oscuridad y
debajo de mi aparecían miles de ovejas que salían de todas
partes y que se dirigían a todas las direcciones; no tenían
dueño, ni les seguía ningún pastor, eran ovejas libres.
Con los años perdí la facultad inocente del entretenimiento y
desaparecieron las ovejas. Ahora están en mis recuerdos.
En las noches de soledad, cuando se hace imposible dormir, voy
entre las alas del pájaro de sueños, reviviendo el pasado y
viviendo experiencias del presente. Primero la perspectiva
aérea, el mapa, el horizonte, los espejismos, luego voy bajando
hasta el sitio de mis recuerdos.
A veces me veo jugando en el patio del colegio, el maestro me
observa con la mirada de su adiós precipitado, repentino. Voy
corriendo entre el polvo y el humo de las bombas y proyectiles
que caen del cielo, entre gritos y llamadas de socorro…mi
corazón me aconseja ponerme sobre el otro costado, al hacerlo
espanto ese recuerdo y recupero la serenidad viéndome con mi
madre que ordeña las cabras, me gusta escuchar el sonido que
hace la leche cuando cae en el cuenco; suena a hogar, a calor, a
los abrazos de una madre. Otras veces rememoro el beso que ha
cambiado mi vida, el que permanece, la boda, los bautizos, la
familia.
Pero también veo amargura, veo tristeza sobre la geografía de mi
tierra, en los rostros del exilio, en las calles ocupadas, las
muecas de la impotencia de mi gente; escucho los llantos de su
rabia, los gritos de su silencio. Me desvelo. Un niño me saluda,
levantando una bandera con los colores del futuro, en una calle
de mi ciudad de tristezas, que se llena de esperanza. Duermo.
Muchas veces he vuelto sobre los mismos rincones de mi pasado y
siempre encuentro algo que recordar, algo que revivir, algo que
descubrir. Por eso, cada vez que el sueño se ausenta o llega
tarde, yo me entrego a un viaje de ilusión que me lleva hasta el
fin de la imaginación.
Anoche estuve acompañando, a una caravana de dromedarios blancos
que cruzaba el
Tiris
hacia poniente, iba hacia el mar
Esto, antes, era el mundo de las cabras,
toda la vida de pastor hasta que acabaron con mis cabras y
con su mundo y con el mío. El turismo se comió mis cabras y
sólo me queda este paseo por el puerto y poder hablar de
aquellos tiempos que se nos escaparon sin darnos cuenta.
¿Y tú por qué vienes al puerto? “Yo
quiero ir al Sáhara.”
¡El Sáhara! Yo estuve hace años ¡La
cantidad de cabras que llevé yo al Sáhara, muchacho! ¿Y cómo
te vas a ir? ¿En barco?
“No, me iré en una patera” ¡¿Qué?! “En
una patera... un cayuco”
¡Al Sáhara en una patera, ¿Tú estás loco,
chico?!
La idea venía rondando en su cabeza desde hacía bastante
tiempo y la había compartido con sus amigos, pero todos
pensaban que sólo se trataba de una broma. Sólo el viejo del
muelle sabía que hablaba en serio. “Ten cuidado, muchacho,
el mar es muy peligroso”
Lo había calculado todo, agua, comida, cosas que creía
necesarias para la travesía, hasta le puso nombre a la
barca, Esperanza escribió con el verde, el rojo y
el blanco, tres colores para nueve letras y para un sueño.
Estuvo yendo a la biblioteca y estudió mapas y midió
distancias, ¡Sólo 90 kilómetros! ¡48 millas! Y una noche de
verano zarpó en dirección al Sáhara. Adiós, amigo, dijo
abrazando al viejo. Suerte, hijo.
Confiaba en las estrellas y sabía que lo guiarían hasta la
costa de su sueño. Nunca se perdió en el desierto y el mar
ante sus ojos era un inmenso y oscuro desierto. Tienes que
ir en ésta dirección, le dijo el viejo, señalando el
sureste, si te apartas puedes aparecer en el fin del mundo.
Él sabía qué constelaciones poner entre sus ojos, qué
estrellas seguir, sin embargo se llevó una brújula por si
hiciera falta.
Pasó toda la noche siguiendo el brillo de una lejana
estrella que resplandecía en el horizonte y que le animaba a
dominar los avatares de atravesar el piélago, como si
cruzara el gran desierto.
La noche acabó y un rayo de sol le
acarició la frente helada. Y de repente el silencio en medio
de la nada. La ausencia de ruido le delató su soledad y
sintió miedo. Pero el sol salía por el sitio adecuado, el
viento, la corriente, todo irá bien, se prometió. A mediodía
vistió su daraa y se enrolló el turbante y se recostó entre
las olas, mientras el viento lo llevaba hacia su destino. El
cansancio, el sueño, los espejismos, ¡Tierra a la vista! Las
gigantes dunas, el recibimiento, la multitud que saludaba,
que gritaba su nombre y que clamaba por un abrazo, por un
saludo ¡Qué felicidad! ¡Qué alegría!
Tres días después, el viejo, en un bar del puerto, escuchó
la noticia.
El cuerpo sin vida de un joven, al
parecer de origen saharaui, apareció en la costa sur de la
isla de Fuerteventura. Viajaba en una patera que apareció
encallada en la playa.
Lo curioso, declaró La Guardia Civil, es que no se trataba
de un inmigrante ilegal. El fallecido, tenía Residencia
Permanente en la isla. Se ignora si viajaba acompañado y de
dónde procedía.
El viejo deambuló toda la tarde sin rumbo, hasta que cayó la
noche y se sentó en el muelle mirando el horizonte. A lo
lejos bailaban, al son de las olas, las luces de la añoranza
y del sueño de una esperanza
Ebnu, el nombre con el que firmo y con el que me llaman mis
amigos, surgió una mañana de invierno de 1976, en la escuela de
uno de los primeros campamentos de refugiados saharauis en
territorio argelino.
Baba, uno de los maestros del exilio, tenía la tienda-aula llena
de niños, e intentaba en medio del alboroto recoger sus nombres
para la lista de clase. Cuando me señaló a mí y le dije mi
nombre, se quedó mirándome durante unos segundos.
- Eres “Ibnu chahid” dijo mientras ordenaba a los demás niños
que hicieran silencio.
Yo que por aquellos días oía mucho la palabra “chahid” asentí,
moviendo la cabeza.
- Su padre perdió la vida en un bombardeo de la aviación
marroquí. Es hijo de un mártir de la revolución- sentenció el
maestro, mientras los niños me buscaban con sus miradas.
Desde ese día el maestro y todos los niños de la escuela
empezaron a llamarme por el sobrenombre de “Ibnu chahid”, el
hijo del mártir.
Yo comencé a responder al nuevo nombre sin saber que con los
años iba a formar parte inseparable de mi vida.
Al principio no me sentía cómodo con el nombre. Me parecía que
me estaba apropiando de un nombre que no era sólo mío. Había
muchos niños y niñas que habían perdido a sus padres en la
guerra y nadie les llamaba por ese nombre, por qué iba a ser yo
diferente.
Sin embargo, a medida que iba pasando el tiempo, mi verdadero
nombre fue perdiendo la batalla , sólo servía para identificarme
en las listas de la escuela, y muchas veces ni siquiera eso,
porque en la mayoría de los casos era sólo un número. Salvo mi
familia, que nunca dejó de llamarme con mi verdadero nombre, el
uso de mi nombre de pila iba a ser relegado exclusivamente a
documentos oficiales, o a las innumerables listas donde nos
inscribimos, muchas veces sin saber por qué.
Con los años y cuando ya lo tenía asimilado, mis amigos más
cercanos comenzaron a llamarme simplemente Ibnu o Abnu,
economizando de esta manera el nombre. El primer poema que
escribí lo firmé con Ebnu, que era según me parecía, la mejor
manera de que su pronunciación en castellano se pareciese a la
del Hasanía.
Ibnu era muy árabe y muy clásico y Abnu en español era raro por
la sonoridad de la A con relación a las demás letras y se
alejaba de la pronunciación en Hasanía.
Así que soy hijo, soy ebnu de una estirpe condenada al martirio,
somos cientos de hijas e hijos de mártires, somos miles de
hermanos y hermanas de mártires, somos padres, somos madres de
cientos de mártires. Los saharauis somos hijos de unas
circunstancias incomprensiblemente adversas. Aunque nuestra
causa es justa, y objetivamente clara, nuestro destino parece
ser el abandono, el olvido.
Nuestra es la tierra, nuestro es el mar, el Sáhara jamás tuvo
más corona que un turbante o un trozo de melhfa y la inmensidad
de un cielo azul y por su libertad estamos decididos a morir.
ALI SALEM ISELMU. VICEPRESIDENTE DE LA
COORDINADORA DE INMIGRANTES Y REFUGIADOS DE ÁLAVA, KIRA
Escritor saharaui
A lo largo de la historia de la
humanidad, siempre ha habido determinados grupos que han
levantado la bandera de alguna ideología excluyente y
sectaria para arremeter contra otros creyendo siempre que
son superiores, que están legitimados mediante la violencia
verbal y física para imponer su odio dentro de la sociedad.
Aquí, en Álava, somos tolerantes y hasta ahora hemos
convivido en paz, a pesar de algunos hechos aislados y
conductas racistas que son minoritarias. Nuestra obligación
es rechazar a los elementos que originan la intolerancia,
aceptar la inmigración dándole la oportunidad de integrarse
y ser parte activa en la sociedad.
Cada uno de nosotros debe entender que la aceptación del
otro está en nuestra actitud y forma de pensar, cuando
seamos capaces de asumir nuestras diferencias, terminaremos
encontrando lo que nos une para luchar juntos por hacer de
nuestro planeta, el planeta de los derechos humanos y la
justicia. Asumamos los valores humanos que hay en estas
palabras del premio Príncipe de Asturias, Zvetan Todorov:
'Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque
no se parecen a ellos, merecen ser tratados con desprecio o
condescendencia'. Los senegaleses que sufrieron el ataque
racista de Lantarón sólo querían ser respetados.
Tindouf
Tindouf es el nombre de una
Wilaya argelina que se ha colado en la vida y memoria de los
saharauis en general. Una basta región sureña que abarca la vida
y la muerte indistintamente y que abarca también el exilio.
Engloba, tanto a argelinos como a saharauis. Hoy en día ese
nombre elude únicamente a los saharauis, inclusive para los
mismos argelinos.
Tindouf, como Wilaya o región, cada año se rinde sin discusión a
dos estaciones: el verano y el invierno. En la seca, su tributo
es quizás más evidente y descarado, los habitantes se codean con
la muerte y la exasperación a ras de la perdición. En la
estación del frío, simplemente se congela todo, hasta la arena
que se cuela en los lugares más insospechados y, acostumbrada a
vagar por el extenso desierto como y cuando le venga en gana, se
rinde a tal frío y se aglomera calladamente aquí y allí buscando
como todos, un rincón cálido donde resguardarse. El otoño y la
primavera, tampoco deparan buenos momentos, por un lado las
moscas y por el otro el magnánimo siroco del Sahara. O sea, que
la vida se reparte entre bofetadas y torturas venidas del más
allá. El más acá, ese que deambula por los campamentos de
refugiados saharauis, disfrazado de pacificador universal, se
esconde detrás de una carcajada desmerecida; se burló
tempranamente de la suerte e inventó el porvenir y la espera, a
base de pan y agua e intenciones. Mientras, nuestras almas
imploran, desde hace años y desde el mismo lugar, que cesen los
castigos y los maleficios. Amén.
Todos los refugiados vemos a Tindouf como un mal o un bien
necesario, depende como lo miras es una cosa u otra. Los
argelinos de la ciudad nos llaman “kurdos”, -en cuba, nos
hubieran llamado “palestinos”-. Sabemos que no nos desprecian,
aunque a veces nos cachetean a propósito. Es en definitiva donde
nos tocó vivir, eso si, por tiempo limitado. Tan limitado que a
mí me dio tiempo para vivir en tantos sitios diferentes y
asomarme de vez en cuando para ver si aún mi gente sigue allí o
no y, también les dio tiempo a mis padres de exasperarse hasta
morir.
La ciudad de Tindouf, evidentemente copada por nativos locales,
entremezclados con nativos de origen saharaui, se mueve a ritmo
de los tambores saharauis y éstos se aprestan a comprar cada día
el pan y las verduras pagando con dinero francoargelino, sin
saber el precio. Sus habitantes, mayoritariamente militares, se
hacen eco de que el saharaui es un ser que deambula por los
alrededores de la ciudad y, se apresuran sin reparo a pedirles
credenciales cada vez que entran o salen, con un fusil
apuntándoles y listo para disparar. Los controles argelinos
descaradamente se multiplican para pedir algo a cambio de no
apretar alguna tuerca. La ciudad, infestada de Pan, cigarrillos
asquerosos, y ropa falsificada, se enorgullece de su libertad en
las narices de los exiliados saharauis y, la policía nos
recuerda en cada esquina que pagar tributos es un mal necesario,
por aquello de, “alimentar a su familia.” En Tindouf, todo es
falso y descarado y esta muy lejos, para que alguien venga a
decir que eso no es ético. Los saharauis quisiéramos
denunciarles, pero no estamos locos para hacer eso.
Yo por mi parte, que crecí allí, soy uno de sus mejores amigos.
Me vio corretear por sus desérticas calles, es donde tomé mi
primer helado y tuve mi primera pelea. Me despedí de Tindouf en
un atormentado verano, pero nunca la olvidé y menos a los
refugiados que viven en los alrededores. Más tarde, a pesar de
todo y que yo preferí otros lares para vivir, Tindouf aún me
sigue recibiendo con los brazos abiertos, si bien nunca me ha
invitado a nada y si lo hace, siempre pago yo.
Aichatu nació temprano, apenas llegados los saharauis a Tinduf.
Su suerte desde entonces, depende de unos y de otros. Creció
como cualquier niña saharaui, entre dunas, piedras y jaimas,
tropezando de vez en cuando con juguetes roídos por el uso.
Aichatu es bonita, su cara y su suave sonrisa la delatan, sus
ropas heredadas la abrigan debidamente y a veces la hacen
elegante.
Es muy risueña y vergonzosa, agacha la cabeza con cada gesto o
mirada extraños. Aichatu es una semilla que brotó en el exilio y
aunque nació en tierra extraña y bebió agua también extraña, la
mano que sembró esa semilla y la hizo crecer es tan saharaui
como la tierra que perdieron.
No conoce otra tierra ni otro mundo más que el lugar donde
nació, la “hamada” argelina y, que jamás podrá ser suya. Su
suerte es esperar a que pase algo. Su Sahara, está al otro lado
de la frontera, a ambos lados del muro, a pie de playa, de
acantilados y donde las dunas juguetean día y noche con la mar.
Su Sahara donde vienen a hacer un alto en el camino y
aprovisionarse cuanto ser desee y, ver y saludar al sol de más
cerca inclusive pasearse con él, sin pedir hora; su Sahara donde
la noche invita a contemplar el espectáculo natural más bello
del mundo, las estrellas, un espectáculo interactivo que se
repite cada noche.
Aichatu, apenas es una niña y su primer viaje, lo vivió temprano
irremediablemente. Se fue a un viaje a la amistad, se fue a
encontrarse con otra familia de otra cultura, para prestarle su
corazón y contarle cuentos inverosímiles que sus
superprotagonistas le son muy cercanos, viven en su propia jaima
y en la del vecino. Ella apenas conoce su realidad y menos
otras.
En Barcelona, rehuyó de todos cuantos la rodeaban, su atención
estaba fija mirando un rascacielos, lo contemplaba de arriba
abajo y de repente solo pudo exclamar, sin apartar la mirada y
señalándolo:
-¡¡¡Vaya qué cocina más grande tiene esa familia, es mucho más
grande que la de mi madre!!!
Más allá de esta inocente reflexión, hay otra y muchas más que
Aichatu irá desvelando o exclamando, inclusive cuando tenga
mayoría de edad y las jaimas echen raíces en la mismísima
Barcelona. Su inocencia entonces, irá al clan de los concientes
guerreros por la independencia y el café después de la
manifestación. En otro lugar la sombra es más densa y la vida se
viste de Té.
Chejdan Mahmud
Exilios, VII. "passaja"
(taxi) o la posguerra
Un coche, dos, tres,
cuatro y así hasta que te canses de contar, esto es en cualquier
parada de “passaja” de los campamentos de refugiados saharauis
y, en otras ocasiones no puedes contar ni uno. Su presencia allá
donde fuere, poca o mucha, colma al corazón refugiado que sacia
su inquietud viajera con verlos ir y venir. Es indistinta su
clientela, se cobra la plaza y se abre la vereda. El conductor
bien escondido detrás del turbante y gafas oscuras, apura el
último guiño a alguna pasajera que le merece mucho más que eso,
talvez, una vuelta más por las ruinas de una casa de adobe
abandonada.
Los coches de “passaja”, inauguraron la era
posguerra, se pasaba radicalmente del patriotismo social al
capitalismo. Entonces demasiados cerebros desocupados, creyeron
y crearon otra forma de vida, una vida someramente distendida y
particular.
En los tiempos de guerra había un
bloqueo de ideas, impuesto por las necesidades reales del
momento. Era y es, más urgente recuperar lo perdido que ninguna
otra cosa y, por eso se sacrificaron vidas y vidas. En la
guerra, no valían las medias palabras ni el regateo ni siquiera
una conversación serenada. La contienda acabó como empezó,
intervino el mundo unido y sesgó nuestras razones con una
promesa que como antaño no se cumplió.
Cosas como estas no las digo yo, se dan en
la gran mesa redonda móvil, que es el coche de “passaja”, donde
se sientan contertulios disparatadamente distintos,
diametralmente opuestos y contemporáneamente alejados. Una gran
mole de palabras y lenguas que roza lo absurdo, se despereza
para rememorar la guerra inacabada y el presente nefasto. El
camino de las ideas que independizarán al país, apenas alcanza
los treinta kilómetros o quizás cuarenta. El coche de “passaja”,
se estropea en el camino y tú pagas lo mismo, es menester decir
lo contrario al pobre conductor.
La plaza le sale rentable al dueño del
vehículo y talvez no, su negocio está en otros Lares y en otras
manos, a saber porqué esta en este. Las noticias frescas del día
o las anécdotas más dispares, solo se sirven en un coche de “passaje”,
no te engañes. En el Sahara lo caro sale gratis a los
dirigentes. Hoy los muy revolucionarios y grandes patriotas no
paran a nadie en el “control”. A mi paisano saharaui que no es
dirigente, más bien de la vanguardia, le vale con la comodidad
del “mercedes 190” para llegar a su destino y luego preparar su
dinero para adquirir un coche que utilizará como “passaja” de
seguro.
Que viva la paz mientras esperamos la
guerra y, que viva el capitalismo, al final y al cabo, a estas
alturas de la vida, es la forma más lógica de vivir, si no
tienes aún una guerra pendiente o si.
Chejdan Mahmud
La Tabla de
Multiplicar
El frío de la mañana achataba el cerebro y
una nube helada envolvía el ancho espacio de la clase y nos
obligaba a acurrucarnos en las mesas buscando alguna rendija de
calor, mientras tanto, un vacío de hambre estrujaba nuestros
estómagos y desde algún oscuro pozo de pellejo de la mesa de al
lado se elevaban maullidos como si alguien tuviera allí un gato
oculto en sus entrañas. Durante aquellos meses el maestro nos
abrumó con la tabla de multiplicar, ¿no podía haber elegido otro
mes más cálido para esos ejercicios? No había terreno fértil
para los números en mi cabecilla, alojaría de buenas ganas
panes, cuentos, lentejas, dibujos, zapatos, geografía, abrazos
cálidos que me podían amparar del riguroso invierno que barría
la Hamada entera.
Uno podía asegurar que hasta la tabla del
Cinco el camino era relativamente fácil, pero desde la del Seis
y sobre todo la del Siete, Ocho y Nueve, (descontando la del
Diez) no había manera que los aprendiera y más cuando mis dedos
se entumecían y de las ventanas de mi nariz chorreaba niebla y
agua.
Al maestro parecía que le divertía nuestra
ignorancia con la tabla y cuando anunciaba su referida
orden, sus ojos llenos de chanza, pillería y maldad a partes
iguales se dilataban. Era un ser aburrido, sus exposiciones eran
tediosas y carecía de metodología educativa, nunca nos enseñó
estrategias, ni trucos, ni nada original para socorrer nuestras
desabrigadas memorias frente al tedio de la tabla de multiplicar
y ante la lejanía de los consejos luminosos de nuestros padres.
-Saquen sus pizarras – ordenó con la típica
expresión reflejada en su semblante picado como un pedazo de
carne. Mientras colocábamos delante de nosotros las pizarritas,
el maestro facilitaba a cada uno una tiza para escribir el
ejercicio, después iba directamente al grano:
Vamos a repasar la tabla de multiplicar,
decía, me imagino que todos la han memorizado desde la primera a
la última. Ahora atención: Si les digo 4x4 anoten directamente
la respuesta y cuando yo golpeo la mesa con el palo, quiero que
todos levanten las pizarras.
El maestro comenzaba a dictar las fórmulas:
2x3 y todos plasmábamos la respuesta lo más rápido que
podíamos, mientras tanto él daba una vuelta por las mesas para
verificar las respuestas. De nuevo: 3x9 y con su palo de madera
golpeaba otra mesa; cuando se percataba que todo el mundo estaba
respondiendo de manera satisfactoria, fruncía el ceño y saltaba
a otra tabla: 5x5, ante esa combinación mágica (mágica por
fácil) dejaba pasar una larga pausa, mientras nosotros nos
recreábamos en una respuesta que ya dábamos por bebida y comida.
En seguida cambiaba de parecer y soltaba con voz aguda: 8x 6 y
sin darnos oportunidad a pensar la nueva respuesta golpeaba la
mesa con el palo para que todos levantáramos la pizarrilla.
En medio de la confusión no éramos pocos los
que errábamos, entonces él empezaba a pasearse como triunfador
de mesa en mesa viendo, señalando, corrigiendo y castigándonos
con más deberes como escribir en el cuaderno cincuenta o cien
veces la tabla de multiplicar.
Tengo mucha sed,
estoy muy cansado,
pero el agua que se ve a lo lejos,
bien lo sé yo, sólo es un espejismo.
¿Qué hacer después de poner la otra mejilla?
¿Qué hacer cuando se agota la paciencia?
¿Qué hacer cuando se acaba el día?
¿Qué razones maniatan la ira?
¿Qué pasión anima a retar la tormenta,
a rezar en la vaguada seca de la espera?