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La jaima de la poesía saharaui

EL SAHARA OCCIDENTAL ES NUESTRA TIERRA, LA POESÍA ES NUESTRA IDIOSINCRASIA Y EL AMOR ES NUESTRA LUZ

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ÍNDICE

Mar de arena _ Luis Leante
La “casa” saharaui _ Fernando Pinto Cebrián, escritor.

A vosotros, los poetas _ Mariola del pozo

¿La Nada? _ Mario Navarro

MAR DE ARENA

LUIS LEANTE

El cinco de marzo de 2001, Brahim Ahmed resultó muerto como consecuencia de un atropello en la vía pública. El accidente ocurrió en la Plaza del Doctor Ferrer i Cajigal, delante del Hospital Clinic i Provincial de Barcelona. La misma ambulancia que lo había atropellado lo trasladó rápidamente al Servicio de Urgencias y, aunque no tardó más de tres minutos, Brahim ingresó cadáver. Alguien anotó en el certificado de defunción: «Varón, de unos setenta años, raza árabe». En realidad, Brahim Ahmed era saharaui y acababa de cumplir cincuenta años. Sin embargo, el sol de los campamentos de Tinduf, el viento del desierto y la terrible sequedad de la hammada lo habían convertido en un hombre avejentado y casi ciego. El joven anciano no llevaba documentación, ni dinero, ni nada que pudiera dar pistas de sus familiares. Un auxiliar novato, conmovido por la suerte de aquel hombre, se acercó al cadáver de Brahim y le cerró los ojos. Al pasarle suavemente la mano sobre los párpados, comprobó alarmado que del lagrimal escurrían unos granos de arena que a primera vista le parecieron lágrimas secas. Observó el fenómeno con sorpresa, pero no encontró ninguna explicación. Aquella misma noche, el cadáver de un saharaui yacía en el depósito en espera de que alguien lo reclamara.

                Brahim Ahmed jamás leyó un periódico ni un libro, pero era un hombre sabio. Hasta los veinticinco años había sido pastor, como todos sus antepasados. Luego fue soldado durante poco tiempo, hasta que una bomba de napalm le abrasó la mitad del cuerpo y un obús le reventó los tímpanos y lo dejó sordo para siempre. Desde entonces pasó su vida en el campamento de refugiados de Ausserd, al sur de Argelia. Sentado en lo alto del pequeño montículo en que terminaban las tiendas de su wilaya, vio crecer a sus hijos, pero no pudo escuchar sus risas, ni siquiera contarles historias, porque a base de mirar el horizonte fue olvidando su idioma y perdiendo la vista. Pero Brahim no perdió la memoria y en ningún momento del exilio se olvidó de su tierra, ni del día en que tres aviones Mirage F1 franceses, pilotados por marroquíes, soltaron su carga de fuego sobre Tifariti. Ocurrió un 19 de enero de 1976, y las bombas incendiarias hicieron agujeros tan grandes en el suelo del Sáhara, que cabía dentro una persona de pie. Destruyeron el cuartel, el zoco y los barracones prefabricados que los españoles habían dejado abandonados en su apresurada huida. Cuando la esposa de Brahim lo encontró entre los cadáveres, no podía siquiera sospechar que su marido no estaba muerto del todo.

                Durante siete días, nadie reclamó el cadáver del saharaui en el depósito del hospital. Finalmente, según las normas, Brahim Ahmed fue enterrado en el cementerio con una pequeña marca en letras negras que decía: «Desconocido». Y debajo, la fecha de la muerte.

Cuando Malika llegó al depósito preguntando por su padre, ya hacía más de dos días que lo habían enterrado en un rincón del cementerio. Malika había nacido en los campamentos de Tinduf, pero estudió medicina en Cuba. Ahora, tras el embargo, hacía la especialidad en Barcelona. Clavada frente a la inscripción «Desconocido», no pudo evitar sentirse culpable de la muerte absurda de su padre. Le parecía verlo sentado en la pequeña colina en que terminaba la wilaya de La-Güera, recorriendo con la vista el horizonte del desierto como si vigilara rebaños inexistentes. A fuerza de otear la hammada, su padre tenía el Sáhara prendido en su mirada cegata, como una enorme duna que creciera hacia todas partes. En los dos días que Brahim había pasado en Barcelona, después de muchos años de trámites para venir a operarse, no había hecho otra cosa que añorar la sequedad del desierto y la firmeza del viento. Brahim no conoció más que una calle de la ciudad, aquella en que vivía su hija, enfrente del hospital. Ahora Malika lamentaba que no lo hubieran enterrado según el rito musulmán y que el cuerpo de su padre no mirase hacia La Meca.

                A mediados de abril, la prensa local se hizo eco escuetamente del robo de un cadáver en el cementerio. Por la mañana apareció la tumba vacía y sin rastros que delataran a los asaltantes. La noche anterior Malika, con la ayuda de un compañero de estudios, había sacado el cuerpo de su padre. Lo envolvieron en una manta y lo transportaron en una vieja furgoneta hasta una loma que se erigía a pocos kilómetros de la ciudad. En una ceremonia muy sencilla, enterraron a Brahim en lo alto, mirando en dirección al Este, y colocaron una piedra grande a la cabeza y otra a los pies. No hubo llantos ni aspavientos.

                La hija de Brahim no volvió más a la tumba de su padre. Por eso no supo que, a las dos semanas de haberlo enterrado en aquel fértil montículo, la hierba alrededor del túmulo se iba quedando mustia, y en su lugar aparecían la tierra seca y las piedras. Al cabo de un mes, la apartada elevación sobre la que estaba la tumba era un secarral abrasado por el sol. Nadie se percató hasta mediados de junio, cuando unos niños descubrieron la mancha ocre de la arena en mitad del verdor del entorno. Sin embargo, no le dieron importancia. En pleno verano, la arena se había extendido como el agua y ocupaba algo más de una hectárea. Los curiosos, dominados por la superstición, no se atrevían a pisar las dunas que el viento había ido formando. Malika, la hija de Brahim, ya entrado el otoño oyó en la radio que un extraño fenómeno de desertización estaba devastando amplias zonas al norte de la ciudad. Cuando empezó el invierno, un inquietante mar de arena con olas como dunas avanzaba amenazante, y sin que nadie pudiera ponerle freno, hacia los barrios periféricos de Barcelona. 


la “casa” saharaui

Fernando Pinto Cebrián, escritor.

 

El Sáhara Occidental, la "casa de los "saharahuis" fue ocupada por la fuerza por su vecino del Norte trasformándose para el ocupante, por la lógica de los hechos, en un “avispero” bélico y político.

Connivencias interesadas de éste con algunos vecinos próximos y otros más apartados, y la falta de exacto conocimiento de la situación por parte de algunos observadores, han estado y aún están frenando los intentos de recuperación por sus legítimos dueños.

Sin embargo su lucha sigue adelante con una tenacidad ejemplar, tanto por los que fueron expulsados de su “casa”, como por aquellos que ahora viven la diáspora.

Y es que ninguno puede borrar de su alma como era, como estaba amueblada con sus tradiciones, su cultura y la historia de sus antepasados. Así, la nostalgia de su Sahara (desierto), estén donde estén, siempre les acompaña junto al enorme deseo de regresar.

Un desierto, aquel de Sáhara, de horizonte infinitos y reverberantes, de pequeños mares e islas de dunas fruto de espejismos, de omnipresentes arenas bajo mil formas en movimiento imperceptible y de rocas, piedras…, calcinadas en extensiones sin medida, de montañas heridas, llenas de cicatrices, dominadas por la arena que las supera y cubre, de tierras saladas.

Un desierto de cegadora luminosidad aún en los contados días de nubes, de colores llenos de viveza: blancos radiantes, amarillos, rosáceos, sienas, marrones de gran violencia, verdes brillantes en los pastos tras las lluvias, pajizos ambarinos tras el rápido estiaje.

Un desierto de olores y sabores acres de punzante sensación y tenaz persistencia; un desierto de “wads” (rios) y de lagos de súbita muerte tras las contadas borrascas, de vientos constantes, abrasadores, violentos en las cegadoras tormentas de arena, de calor asfixiante, de sequedad, de fríos nocturnos, de silencios totales cuando la naturaleza calla.

Un desierto de vida animal y vegetal en oculta, continua y experimentada lucha por la supervivencia, de hombres resistentes, duros y curtidos, serios y joviales, orgullosos y humildes, jefes de si mismos y respetuosos de su estructura social, acogedores y esquivos, raudos en ideas y aparentemente lentos en explicaciones, amantes de la conversación y de los silencios…

Un desierto con “jaimas” y casas sin ostentación externa, de nómadas y estables en aprendizaje…

Un desierto con un paisaje nada simple, como se cree, de un mundo, el “sahara”, que, a pesar de la creciente modernidad ajena que trata de invadirlo, defendiéndose por sí mismo, sigue guardando celosamente vivo el secreto de su cautivadora atracción.

Un desierto que sigue esperando el regreso de aquellos que más le aman: los saharauis.  

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A vosotros, los poetas  

 Mariola del Pozo

 

 

Rompieron los fusiles

para agarrar el verbo

certero como un puño

 

La voz sonó serena, en esa coordinada planetaria

para quebrar el eco de otras voces

que sembraban de silencio las razones

 

El día que el canto y el poema

retorne a la luz que acunan sus palabras,

regarán de risa y llanto las esquinas

de ciudades que esperan tras un muro

 

Caminarán entre mantos de estrellas

mientras la noche cae de sus turbantes

 

Y en medio de ese mar

ganado a fuerza de pasos incansables

le dirán adiós a los ausentes

los dejarán marchar en paz

junto a las caracolas dormidas bajo el agua

 

Pero no se irán del todo

porque en las gargantas vibrantes de los poetas saharauis

se amarraran fuerte, y para siempre,

la historia viva de gritos y miradas

 

Y seguirán rompiendo los fusiles

para agarrar el verbo

certero

como un puño.

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¿LA NADA?

Mario Navarro

 

La nada,era un concepto mío.Cuando se aprende a amar el desierto no se cree en “La nada”.Siempre hay un algo,a lo que asirse.

Llegué al Sahara cuando tenía cuatro años.Pocos niños de mi edad,había para jugar,por lo que mis amigos desde la mas tierna infancia,fueron los Saharauis.

Relacionarme íntimamente con ellos,con su cultura,con su idiosincrasia,con su nobleza y sentido de la honradez….me hizo a la postre mejor persona.

El respeto a los mayores,que desde nuestra propia cultura se nos inculcaba en los Saharauis era estricta.La devoción por los niños,era siempre contemplada como prioritaria…¡¡ cuanto aprendí de ellos..¡¡.

Por razones de edad,solo me relacionaba con niños saharauis,con lo que su lengua fue la mía,sus ojos eran los mios,y sus limitaciones sociales…tambien,eran mías.

Compartí escuela,juegos,campamentos y estudios superiores.Siempre crecimos los mismos unos al lado de los otros.Sus madres,me aceptaban con agrado (no en vano me conocían desde muy temprano)…no concebía una vida sin ellos.

Cuando llegaba el verano,la mayoría de los niños “europeos” se iban de “colonial”.

Los niños Saharauis…al desierto,¿Dónde iba yo? Pues al desierto.Por aquel entonces las vacaciones de verano,se iniciaban a finales de Mayo,hasta finales de Septiembre,prácticamente,eran cuatro meses de veraneo.En Auserd…en Tichla

visitandoLayuad…la Grara…Bir nsaran…no concebía otra vida.

Aprendí desde niño,a respetar el silencio de mis semejantes,el momento de sus oraciones…las tertulias nocturnas con luz de vela…el té…el que la madre de cualquiera de ellos,te arropara,aún sabiendo que era cachorro de otra camada.

El amanecer,el desayuno,el tener que ir a buscar el ganado,la comida común…ver la hierba en el desierto,es de los espectáculos más bonitos del mundo…el enorme tamaño,que tiene el Sol,en esas latitudes.Cuando se ha vivido en el desierto…tu alma se queda para siempre en el.

Aprendí a beber agua de lluvia,directamente de la tierra….aún conservo su sabor.

Comí…lo que en apariencia no existe.Escarbando en las dunas,hay un tubérculo,de color granate,que se llama “terzuc”….amé….amo y sigo amando a esa mi gente hasta que…la suerte de Mulana decida.

Pero…todo lo que comienza acaba,y dio comienzo para mi vida…un final eterno.

Nos fuimos…con el sentimiento de haber podido hacer mejor las cosas.Particularmente…tenía el sentimiento de vergüenza,cuando algún dia,esos mis amigos del alma,me mantuvieran la mirada,con respecto a mi pais…

Y…perdí amigos en combates…y conservo amigos supervivientes de la guerra y cada año,hemos descubierto un paraíso para reunirnos,y recordar aquella infancia

Noadihbou,Mauritania.

Bajan por los pasillos en territorio liberado….y allí se producen esos nuestros abrazos.

En el año 1974,fuimos a un campamento a la Esperanza en Tenerife.El que a la postre fue ministro de cultura del F.Polisario,era jefe de campamento,Tami.

Dio la orden a la llegada al campamento,de que los Saharauis del Aaiun,se pusieran a un lado,y los Saharauis de Villa en el otro.Los europeos de Villa en un lado,y los europeos de Aaiun en otro…

Me situé en el único lugar que podía estar:Con los saharauis de Villa.Tami,fue hacia mí,pegó su cara a la mía y me dijo…¿qué voy a hacer contigo?,pero no me quitó del lugar en el que me había situado…yo,no concebía otra vida…y ellos me consideraban parte de la suya….como así ha sido,hasta el dia de hoy.

Y así…entraremos juntos en la tierra que nos vió crecer.

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Última modificación: 07 de octubre de 2007.