Antònia Pons, Sahara
Ponent
Mi madre bajó del coche con la mirada ausente y perdida hasta que oyó mi
voz. En aquel momento, volvió a ser ella. Entramos en la haima y se
acostó de espaldas a todos. Cerró los ojos como si durmiera. Me dispuse
a hacer el té. Sabía que las mujeres esperarían a ver si se despertaba y
daba alguna explicación pero yo la conozco muy bien y supe que se
quedarían con las ganas.
Después de cuatro rondas se levantó una anciana amiga suya y se marchó.
Detrás desfilaron las otras. Nos quedamos solas. La tarde avanzaba hacia
poniente.
Mi madre se volvió y abrió los ojos. Sí, eran sus ojos, profundos,
oscuros y penetrantes que parece que pueden escudriñar todos los
secretos de un corazón. Me habló de su añoranza, de su rabia, de sus
deseos, me habló para tranquilizarme. Pero yo la conozco y sé que tiene
miedo. Es curioso, siempre había creído que esta mujer no le temía a
nada ni a nadie. Ahora sé que es humana y que le teme al olvido.
No sé si, como me ha dicho, por la mañana se ha sentido joven, los
dolores que casi le impiden caminar se habían evaporado y pensó que
podía correr como una joven gacela.
Quería volver a casa, quería… ¿quién puede saberlo?
Cuando su amiga Mahfuda empezó a perder la cabeza ella siempre decía que
esto es lo peor que puede ocurrirle a una persona:
que tenga que vivir
perdida para siempre dentro de si misma, diluyéndose como el azúcar en
el agua, deshaciéndose como el adobe bajo la lluvia, sin tener ni
siquiera recuerdos.
Quiero pensar que sólo ha sido una ausencia, que no volverá a pasarle de
nuevo. Ella es el único eslabón que me queda de una historia y de un
pasado que es el mío y a la vez, no lo es. De aquella otra vida que
tuvimos y que en mi sólo dejó la huella de un miedo atroz a los ruidos
de los aviones.
He caminado con ella hasta el océano, he paseado por llanuras cubiertas
de pastos, he desentrañado los secretos de las montañas negras. A través
de sus palabras he conocido ciudades fabulosas y los versos de nuestros
poetas.
Si ella se va, no tendré nada. Lo habré perdido todo.
¡Dios mío! No la dejes marchar, te lo ruego. Sin ella, ¿cómo sabrá mi
niña quién es?
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