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Galb El
Haulia
Me
siguen llegando tus cartas de amor,
que
escribes
desde
Galb El Haulia
cartas
en las que cuentas que la vida
se
reanuda tras las pasadas lluvias.
Hoy,
en este jarif tan verde,
con
el radiante sol de Tiris,
leo
que te acarician
las
caprichosas manos
de
los libres vientos,
sirocos,
tormentas, calimas
y
que respiras mi olor
que
te llega
desde
Occidente.
Oh,
mi amor de beduina,
oh,
mi virgen desnuda,
oh,
mi hermosa duna.
Tú
me preguntas cómo otros
llaman
a Galb El Haulia,
y
yo te diré que en Occidente
se
llama, en la poesía,
“El
corazón de la gacela virgen”.
Y
así,
tú
eres de ojos vivos,
grandes,
negros,
alegres,
el nido del amor,
el
camino que me lleva
para
saciar mi sed
entre
tus labios oscuros de nila.
Te
quiero como galb o corazón,
no
importa cuál,
te
quiero mientras tu nombre
sea
Galb El Haulia,
corazón
de la gacela virgen .
Te
quiero mientras te busco con mis
cansados
ojos,
y
te encuentro como la tierra prometida.
Tiris,
te quiero corazón.
Te
quiero como se unen un
“Galb
y una Gacela Virgen”
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Me
pregunta y se autoculpa
Apoyado
en la barra, cauteloso,
tratando
de disimular
el
impacto de una información en rojo
resaltada,
como todos los días
en
los periódicos,
Niños
de Irak,
niños
de Palestina…
Pero
hay otros olvidados
para
los que nunca hay espacio.
En
el bar esta vez no había humos,
las
miradas se cruzaban
al
son de ruidos de copas
y
peticiones desde la otra orilla de la barra,
bullicio
de una vida que se inicia para unos
y
termina para otros.
Alguien
a mi lado, noto que me mira,
y
trato de esquivar su descaro
guardando
la compostura,
y
otra vez desde la esquina de sus ojos
me
saluda y me pregunta,
“¿Eres
de aquí?”
Entonces
ameno fue el diálogo,
no
sé cuánto duró.
Me
ajusté a mi orilla de la barra
a
pedir la cuenta,
mientras
que en el fondo de su alma
constato
su indignación,
“¡qué
injusto!,
¡qué
injusto!”.
Procedió
a invitarme
a
romper el silencio
para
escuchar mis miles de desgracias.
Mientras
yo rebuscaba
en
siglos pasados,
argumentos,
fallos,
resoluciones
y dictámenes,
me
pidió
que
le acabase de decir quién soy.
“Entonces
soy culpable de tus heridas”.
Y
ahora mismo cuando la estoy escribiendo
su
tierno corazón se auto culpa,
“lo
siento, lo siento,
os
hemos olvidado hasta en los periódicos
que
cuestan una sonrisa”.
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Huérfano
en un Starbucks
“A
mamá, que vivió su juventud en Amiskarif”
Amiskarif
, en la jungla
de
Occidente,
tal
vez
tu
nombre no sabe a nada.
Siento
herir la suma
de
tus
majestuosas
letras,
que
te hacen
la
pirámide de Tiris
y
feudo de sus gacelas.
Pero
a mí, Amiskarif
me
suena
más
que un tesoro
entre
los tostados senos de Tiris.
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Seis grados
bajo cero
Ese
día me levanté guiado
por
instintos ajenos
a
mi condición de beduino,
serpenteando
por
calles, esquinas,
puertas
de bares,
qué
estorbo
con
mi ruido de tripas.
No
sé cómo pedirle perdón
por
si el ruido de cientos
de
tripas
que
me siguen en la misma fila
rompen
su tranquilidad.
Perdón,
señor.
Perdón,
camarero.
Perdón,
clientes bien resguardados.
Perdón,
caminantes bien abrigados
por
la aceras.
Yo
también
quiero
vivir sin su limosna
ni
lamentos.
¡Qué
frío hace!
¡Me
duelen las piernas,
y
me sangra la nariz!
¡Seis
grados bajo cero!
me
cuestan renovar mi estancia
en
el vientre de una madre puta
que
me abortó en la oscuridad.
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El llanto
de los sueños
Nuestros
implacables sueños
se
fosilizan,
y
se convierten en grabados
de
cuevas de otras eras,
que
unos buscan,
otros
visitan,
estudian,
investigan,
mientras
que nuestro alma
se
destierra
y
se despoja
impunemente
de nuestros cadáveres.
Perdurará
ese llanto de los
agredidos,
el
largo sueño de nuestros muertos,
el
silencio de los cómplices,
la
paciencia del amigo,
la
cordura de nuestros viejos,
la
ferocidad de nuestro verdugo.
Cuando
el mundo nos clama
de
pacíficos,
cuando
nuestros anhelos
son
acribillados,
cuando
postergan cada año
el
sueño
que
tenemos hecho ya de rocas,
cuando
en el ruedo del mundo civilizado
nos
contemplan malheridos.
¡Nuestros
implacables sueños
se
forjan!
¡Nuestros
implacables sueños
se
forjan!
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Mi razón
de ser
“A
la bella mujer que me miro con descaro
y
me ofendió”
Alguien,
tal vez confundido,
me
preguntó,
Eres…
Y
le dije que William Shakespeare,
encontró
su razón de poeta
y
dramaturgo, en ser inglés.
Mientras
que yo sigo simplificando
esa
razón con los que intentan
situarme
a la deriva,
y
convertirme de ser en no ser.
Entonces
nunca será una razón
diluirme
en sangre de besamanos,
o
transformarme en creyente
que
reza God save the king.
Y
se lo digo en la lengua
de Byron y de Shakespeare,
To be or not to be, that is the question,
Im
not Moroccan,
sorry,
esta es mi razón de ser, saharaui.
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Como tus
ojos
A
María,
la
niña de Talavera de la Reina
Me
has pedido que te describiera
el
cielo del Sahara,
que
te lo depositara en la palma
inocente
de tu mano.
Estrellado,
azul
celeste aún presente
en
mis ojos,
como
tus astros,
constelaciones
en cada noche
de
mi desierto,
transparente,
abierto como tu corazón,
fresco
es tu olor,
recuerdo
de antaño.
Era
techo de mi cuna, María.
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Tengo fe en
el tiempo
Voy
huyendo a la infinidad
del
tiempo.
Voy
huyendo de los principios
frustrados.
Voy
huyendo de los que no levantan
polvo
al caminar.
Voy
huyendo de los que no creen
en
el día
que
nacerá mañana.
Porque
yo sí creo en ti,
hoy,
mañana y los próximos
siglos
y
por eso
mi
evasión a la infinidad del tiempo.
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La espera
Dicen
los ancianos de nuestra
badia
“A
quien aguanta le llegará
la
sombra” .
Tres
décadas
no
nos desesperan porque
la
tierra
gira
y el anciano cuenta sus pasos
y
nunca miente.
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El Aaiun o
Beirut
Desde
El Aaiun a Beirut poco distan las palabras
que
fluyen de rabia.
El
Aaiun, los ojos
El
Aaiun, los ojos
El
Aaiun, los ojos.
Y
en sus cuencas, perdidas, desorbitadas,
las
calles
huelen
la misma barbarie.
La
maquinaria bélica, las bombas, los tanques,
las
balas que fabrica la misma casa,
igual
matan en Beirut, El Aaiun o en Saigon.
Llámala
como quieras, tú que observas
desde
el monte Sinai,
desde
Paris, Madrid
o
el edificio azul en Nueva York.
Yo
soy otro Beirut al que nadie llora,
yo
soy otro Beirut del que nadie habla,
yo
soy ese Beirut hace treinta años,
cada
día me matan y resucito.
Yo
soy ese otro hermano que Beirut no conoce,
y
al que nadie llora.
Y
me llamo El Aaiun, los ojos, que igual rezuman
por
El Aaiun o Beirut.
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Auserd,
cuna de mi abuelo
Cuántos
años transcurrieron desde
aquella
lejana,
triste,
larga y confusa noche
de
una guerra,
que
según decían los presos
del
norte,
era
para ganar su pan…
Otoño
de 1975,
cuando
por esa guerra,
mi
infancia se destierra
lejos
de ti,
abuelo,
Hamadi, Dah, Auserd, Awah…
y
entre la vecindad de las tantas
lápidas
del cementerio,
allá
anclado
en
la falda del monte suroeste,
dejo
el alma
de
mi antepasado,
Dah,
era así como lo llamaba.
Qué
será del cementerio de mi abuelo,
y
cómo estarán las tumbas
de
sus amigos, conocidos,
transeúntes
vivos en el tiempo que
apagó
el norte.
Auserd,
el primer amor de mi grata
infancia,
el
último y tierno beso de mi
abuelo.
Qué
será de tus legendarios galaaba,
Bumarca
y Buserz,
qué
será de Laraguib,
Agailas,
Ayahfun ,
y
que será de Leglat y
Derraman ,
Qué
dulces recuerdos, tan vivos y lejanos,
y
qué grande es la historia que intento
alimentar
con mi usurpada infancia,
que
se quedó varada
entre
cinco valles de Tiris,
Bumarca,
Buserz, Ayahfun, Agailas y Laraguib.
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La novia
del mar
Villa
Cisneros, Dajla, península
ausente,
Arus
Elbahar
camino
de los cisnes blancos.
Esta
es mi lejana ciudad amada,
la
que Francisco Bens
vio
desnuda y libre
a
plena luz del Gamar sahariano.
Esta
novia de la mar y del desierto
también
la contempló hermosa,
caminando
descalza
entre
las orillas y el vaivén
de
sus olas atlánticas,
otro
amante que se llamó
Emilio
Bonelli.
Mi
ciudad es gemela de Rosarito,
San
Quintín, Santa Rosalía, Loreto,
Ensenada,
San Lucas
y
La Paz, su otra hermana Mexicana,
posada
feliz en la mar pacífica.
Mi
ciudad, mi novia, mi sirena,
mi
península,
está
levantada
está
muntafida
está
herida,
siente
la ausencia de su Fuerte
y
la soledad en las playas.
Tiene
sed de libertad como para saciarla
con
el Océano Atlántico.
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Los libros
Los
libros me hablaron de nefastas
e
injustas guerras.
También
me enseñaron
cómo
odiarlas,
cómo
repudiarlas.
Los
libros
me
condujeron a las entrañas
de
mi siglo.
Porque
he visto
poetas
jornaleros,
poetas
jardineros,
poetas
cristaleros.
Poetas
que
avivan las letras
donde
el cielo abraza
la
inmensidad de los desiertos.
Pero
también he visto
que
la palabra
de
un poeta jardinero
equivale
al precio
de
un tulipán en Constantinopla.
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