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Alba
y amanecer
Al abrazamos, al besamos.
El alba, querida, cunde en nosotros
y sentimos la muerte.
Como sentimos la vida.
El alba, querida, existe
Como existe tu herida sonrisa,
Tu angelical voz,
Tus tiernas manos.
Tu melancólica mirada.
Tu leve y risueño caminar.
De alba: sólo de alba.
El alba descansa en tu regazo.
En mis manos descansa.
y en nuestras bocas repite:
Sólo la huella de los besos
Lleva a la felicidad.
Mientras cabalga el alba.
Va llegando el amanecer,
Cubierta de ternura.
En su umbral.
Porque el amanecer es suyo
Es tuyo y mío todo el amanecer
A
la deriva
(Elegía a Bachir Mohamed Ali.
1987-2003)
Me abandonó la vida
cuando dejó de alumbrarla
tu risa.
El brillo cautivador de tus
palabras.
Las azules palomas de tus manos.
El encanto de tus cansinos pasos.
Tu encendida rebeldía.
Tu amor por la justicia.
Tu generosidad sin medida:
tú el más hermoso amanecer
en mi vida.
Se me fue la vida
y la alegría de vivirla
y solitario y solo,
solo, solo y solo.
Cien mil veces solo
me hallo,...
si me hallo...
No hay presencia
que me haga compañía.
No hay palabras
que me alivien
y solo soy fuerte
si te lloro
y solo existo
si te pienso.
Inexistente, roto, roto
-no derrotado-
vivo, sólo, porque tú
no quieres verme muerto.
Ya no estoy en este mundo
ya no estoy en este antifaz.
En esta guarida de infancia.
En este asfalto de injusticia
donde las tardes engullen niños.
Y solo...
Solo, solo y solo.
Cien mil asesinas
soledades me habitan.
Dagas, gumías, puñales,
cuchillos, navajas, sables,
enloquecidos y hambrientos alfanjes
me horadan
y solo me ampara
el dolor y sus ancestros.
Silenciado tú -frondoso árbol
de ternura y esperanza-,
taladrada tengo el alma,
bañado en hiel el pasado,
naufragado el porvenir
y entre embravecidas aguas del
presente
y a la deriva...
me aferro a lo que fuiste
hijo mío.
Y maldigo el día que no lo inaugure
tu imagen.
Y maldigo la noche que no lo arrulle
tu recuerdo.
Y sólo viviré porque tú
no quieres verme muerto.
Y viviré -mientras me duren los
siglos-
en el corazón de tus palomas
y en el relincho de tus musas;
amaneciendo atardeceres,
alentando vientos contra silencios
y contra atropellos rebeldías.
En tu memoria, en tu recuerdo:
Tú el más hermoso amanecer
de mi vida.
Tú Bachir, hijo mío.
Ávila, 26 de Febrero de 2004.
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Vientos
de libertad
El
palomar de las cartas
emprende
su imposible vuelo
Miguel
Hernández
Vientos de libertad emprenden
su intrépida marcha
en éstos saharuis caminos
donde traidores y agresores
sembraron exterminio
fúnebres miradas,
tueras donde flores
y espectros de agonía.
Se oyeron estruendos,
gemidos de dolor,
duerme el día
en garras de hiena,
el cielo llueve acero
y mi jaima es un torbellino
de asustados rostros
que huyeron de la tierra,
que vuelven a la patria,
mientras el viento de la libertad
lame los confines.
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Venías...
Venías...
Venías enterrando pañuelos,
cerrando llagas,
llenando los espejos de la noche
de rocío de aurora.
Llegaste benévola, pura, triunfal,
derrotando a los agresores,
tú, ocaso de cadenas,
vencedora de la muerte,
infinita mirada
de indeleble amanecer,
hija del palomar de leones,
amparo de epopeyas,
jubiloso grito de bandera
de ecos encallecidos
nunca mudos.
Las
palabras
Las palabras,
a veces, las palabras
a brotes de hechizantes arrullos
como silentes aves se posan
lloviendo leve, profundamente
un olor de albahaca
un ahumado corazón,
una dicha de doble sentido,
una anatomía de dicha
donde se confunde el mira,
el toca, el gusta, el huele,
enfilados en ansia de tímpano.
Incipientes palabras,
alados verbos,
yertos hilos, insomnes fonemas,
embelesador cutis de voz
y nupcias de oído y lengua
en alfombras de teléfono.
Sé que las voces han atracado
en la ribera de aquello.
Aquello que el pudor
y el espectro de la duda
anhelan atenuar.
Pero... la plática telefónica
de sintaxis pronta,
la cálida caricia de oído
el poético juego,
la afinidad, la dulzura
del encuentro telefónico
disipan su timidez
y mi temor al ocaso
de este alba que despierta.
Las palabras,
a veces las palabras,
las tupidas, las transparentes
hijas de lo que pensamos,
aletean, vuelan y vuelan,
trazando confines de Venus.
A veces las palabras
absorben de los ojos su brillo,
su esencia, su semántica
y aletean,
revolotean y se posan
en aquel lugar, en el de esto
que tenemos entre manos
y a donde el cutis de tu voz
ofuscadamente me llevan.
...Y a veces las palabras
susurran una dicha del doble
sentido,
la dicha palabra del indeleble
y cierto alba que despierta.
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Nací
Nací bajo el abrasante sol del
desierto
entre lluvias y arenas crecí,
entre las balas y los estruendos
de una atroz guerra, crecí.
Crecí soñando con un libro
bajo mi cielo:
cielo azul de blanco horizonte.
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No
olvido
No olvido, compañera, la inminente
presencia
de días atrapados,
de amaneceres mutilados
en la lóbrega garganta
de las noches de exilio.
Ni mis años,
temprano vividos
y roturados en mis calles natales
añoradas hasta la demencia.
Mi tierra,
lugar de donde vengo,
a donde voy.
Encadenada nación,
razón de mi diáspora,
de mi lucha,
de mis pasos y mis alas
que no cesan:
porque se saben esperados.
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