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RECUERDOS
DEL INTERNADO y III
Limam Boicha

El
maestro ordenó a los tres muchachos ponerse de rodillas, con las manos
extendidas en el aire, y la nariz contra la pared, el más grande de los tres no
quiso obedecer e intentó discutir. Otro maestro de aspecto flaco, con un bigote
confuso y ridículo, que se encontraba un poco apartado, apareció desde atrás
con un palo de madera y le propinó al chico un golpe en la espalda, con una
fuerza tan brutal que el chaval cayó de rodillas, aquel inesperado gesto
violento nos dejó a todos sobrecogidos.
Era el principio de la
noche cuando varias muchachas salieron precipitadas de su recinto hacia el patio
del internado. Algunas hablaban y se lamentaban en voz alta, otras movían las
manos y la cabeza haciendo mil gestos, se reunían y se dispersaban, a veces
levantaban la voz y otras se susurraban cosas. Cerca de donde se encontraban pasó
un hombre, que al verlas en esa situación se acercó a preguntarles. Ellas
formaron un círculo en torno a él y más que responder, le abrumaron con
preguntas al unísono, como si aquél hombre alto y flaco, con la espalda
encorvada, cuyo su oficio no era más que encender y apagar el generador de luz
del internado y mantenerlo en condiciones, pudiera hacer algo al respecto.
Al
principio no era más que un murmullo, un ligero rumor probablemente difundido
sin ninguna intención, que se expandió en el aire como una densa nube, una
nube que a medida que avanzaba se iba volviendo cada vez más delgada, al dejar
algo de ella en cada lado, de una esquina a la siguiente, de un oído a otro y
de ese oído a una boca alegre y nerviosa y en forma de brisa verbal, que también
nos alcanzó a nosotros, que andábamos sin rumbo por el internado. Aquel
susurro llegó y se mezcló con nosotros y con nuestras pisadas, con el polvo
que levantábamos en medio de los juegos y gritos y lo asumimos como si fuera un
invento nuestro, una decisión plena adoptada por cada miembro del grupo.
Fue
durante el transcurso de la noche, que era calurosa, con una encantadora luna
llena, y había un silencio extraño que se derretía por los pasillos de los
dormitorios, cada hora que pasaba olía a soledad y abandono, un abandono sutil
y nada anunciado. Debieron ser ellas las primeras que lo notaron aquella noche,
cuando habían ido a revisar todos los dormitorios y se percataron de que sólo
quedaban alrededor de veinte muchachas de un total de ciento y algo, y dijeron
al hombre encargado del generador de luz que fueron a mirar en otras partes y no
habían visto más que cinco o seis, que algo raro estaba pasando, que cómo era
posible que no se enteraran antes, que no era normal, que dónde habían ido a
parar el resto de las muchachas.
Ellas
nunca se fugaban pero todavía no se sabe cómo desencadenaron la mayor y la más
inusual de las fugas que se recuerda en el internado, nadie sabe si la manera en
que comenzó fue premeditada o no, pero al menos sí es cierto que sin el ruido
de aquél grupo de chicas que salieron a dar la “alarma” no se habría
producido la espantada de los chicos.
–
Si la mayoría se ha fugado, ¿por qué nosotros no? – preguntó Shuein, el más
decidido y loco del grupo, cuando ya era demasiado evidente la fuga en tropel.
Nadie
de nosotros sabía cómo se planificaba una fuga, estábamos al corriente de que
los más lanzados que se escapaban del centro eran ya adultos y no tenían
miedo, al menos eso era lo que confesaban cuando reaparecían los viernes por la
tarde y alardeaban de todos los obstáculos que habían tenido que superar para
llegar hasta los campamentos y volver. Casi siempre se burlaban de los controles
que hacían los maestros y educadores del internado, mientras nos encandilaban
con sus relatos. Y ahora éramos nosotros quienes íbamos a protagonizar lo que
tantas veces no era más que un sueño lejano.
Recuerdo
todavía cuando nos encaminamos al depósito para beber más agua, porque la única
manera que existía de fugarse del internado en aquel momento era a pie y por el
desierto. Subí encima del depósito de agua y mientras me pasaban un enorme plástico
en forma de garrafa para beber, me embargaba una extraña sensación. Bebía el
agua para espantar la sed y mientras el líquido descendía por mi garganta,
golpeaba mi pecho indicando que me iba a escapar y movía la cabeza para
confirmar a los demás que iba con ellos, que estaba decidido a embarcarme en
esa aventura que siempre me sedujo, pero que también siempre pensé que era una
batalla a la medida de unos pocos.
Aunque
tenía miedo, sobre todo por las historias que se contaban sobre fantasmas que
pululaban, no sólo en los pasillos de los dormitorios, las esquinas oscuras del
internado o en la tenebrosidad de los baños, sino más allá del internado. El
personaje más aterrador de ese invisible mundo era una loba-fantasma que decían
vivía en la sebja, el lago reseco y salino entre el internado y los antiguos
campamentos de Rabuni; ese, decían, era su hogar predilecto, allí comía y
dormía y su fantasmal presencia era como un centinela, un espantapájaros,
ideada quizás por la imaginación colectiva y la imponente presencia del
cementerio a la entrada de los campamentos. Por allí sólo se aventurarían los
adultos, que al ver o escuchar los gritos y lamentos de los fantasmas o de los
seres de ultratumba no les saldría el corazón rodando como una pelota, pero
aquella noche era espléndida, y tanta luz natural sólo podía inspirar
confianza.
Después
de medianoche, cuando el generador de luz fue apagado y dentro de las
habitaciones todo quedó oscuro, decidimos salir. Éramos seis y partimos de dos
en dos, en dirección al campo de fútbol, que no era más que dos porterías y
arena y estaba rodeado de un muro de adobe. A través del muro esquivamos la
colina que quedaba a la izquierda para no llamar la atención del guarda, su
puesto estaba situado justo encima de la colina, pero probablemente a esa hora
estaría durmiendo. Mientras, su aparato de radio, del que nunca se separaba,
cambiaba de frecuencia según la intensidad de su ronquido. Nos alejamos de la
escuela y durante un largo rato no se escuchaba más que el ruido de nuestros
movimientos.
–
Tenemos que dejar las colinas del hospital militar a nuestras espaldas, siempre
a nuestras espaldas –dijo Labbatt, rompiendo el silencio que se había
cobijado en nuestras mentes, desde que rebasamos la frontera del internado–.
Vamos a guiarnos por Zralla (las pléyades), iremos por el camino correcto,
hasta Smara.
Labbatt
hablaba como un adulto y aunque era el mayor del grupo no tenía ni catorce años
y lo hacía con la autoridad de quien ha vivido unos años con su familia en la
badia. Le gustaba hablar como un auténtico nómada del desierto, como si
conociera los secretos de la tierra y las señales del cielo, pero daba igual,
la noche era blanca y nos infundía cierto aplomo y, como habíamos descartado
la posibilidad de ir por el camino de la loba-fantasma, nos movíamos más
satisfechos y tranquilos. Pero yo miraba al cielo y no lograba distinguir las pléyades
y me preguntaba cuáles serían dentro de ese mar de estrellas y cómo Labbatt
lograba reconocerlas. A veces se paraba para indicarnos la posición en el cielo
y lo hacía con el dedo índice doblado, como si señalarlas con el dedo recto
fuera un sacrilegio. Me consolaba que hubiera en el grupo alguien que conociera
o creyera saber el camino, que siempre era monótono y gris, un vasto camino de
arena y piedras. A veces, muy a lo lejos, reparábamos en unos focos de luz de
coches que se dirigían a Smara o a Rabuni o a otros lugares, pero ninguno parecía
tener la intención de hacernos compañía.
Después
de horas de marcha atropellada, el cansancio comenzó hacer mella en mi cuerpo,
sentía que me dolían las costillas, especialmente una de ellas, que parecía
flotar y advertía cómo un extraño dolor subía y bajaba. Durante la marcha
intentaba sujetar el punto que me causaba el malestar para que se calmara, pero
no podía, por el ritmo que me imponían los demás. Una de las veces, cuando ya
no podía más, pedí que paráramos a descansar y justo cuando me acomodé
encima de una enorme piedra, sentí un extraño ruido que me hizo saltar, lancé
un grito y salí corriendo, los demás me siguieron en desbandada. Todos corríamos
y en medio de la carrera me preguntaban qué había ocurrido, no sé si fue un
lagarto o una serpiente pero algo estaba allí, les aseguré, con aquella
carrera se me quitó el dolor y seguimos pero esta vez un poco más despacio y
volví a tranquilizarme.
Después
de un tiempo sin precisar que me pareció largo, Labbatt tuvo que admitir que no
se orientaba: “Se me ha cerrado la cabeza”, dijo, y qué desilusión nos
llevamos con aquella declaración, era ya demasiado lejos para que pudiéramos
volver y seguramente demasiado lo que todavía faltaba, alguien propuso que
durmiéramos, pero la mayoría prefirió seguir. Hacía rato que habíamos
dejado de ver focos de vehículos y ya nada se movía, lo único que cambiaba
era el paisaje con alguna talha o una rueda deteriorada o los esqueletos de algún
animal muerto de sed. Recuerdo que al pasar cerca de esos huesos, me entró pánico:
“Dios, ayúdanos, que no nos pase lo que a este animal”. Los demás debieron
sentir lo mismo, porque en medio del silencio Labbatt preguntó quién conocía
la sura de AlKursi, y pidió que quién la supiera la fuera recitando.
–
¿Para qué hay que recitarla? – preguntó Shuein.
–
Pero tonto, tú no sabes que al leer esa sura, podríamos doblar la tierra y
recortar el camino – afirmó con rotundidad Labbatt. Sólo él la conocía y más
que recitar, lo que hacía era murmurar algo ininteligible a nuestros oídos.
Cuando
la mañana se despertó nos descubrió perdidos en medio del desierto y Smara aún
no se había dignado a asomar su rostro, pero en mi mente o delirio ya la veía,
veía sus manos alzadas, sus brazos de madera, sus verdes rostros blancos, sus
telas manchadas de grasa y arena, las puertas de sus jaimas, sus cocinas, el
aroma de su pan recién hecho, los golpes de los vasos sobre sus bandejas del té,
las miradas de sus mujeres, los ancianos paseando con sus darraas blancas y
azules, y las manos atrás esposadas por el tiempo, las mujeres cargando sobre
sus espaldas pesados fardos de sueños o de alimentos, veía también sus cabras
somnolientas y perezosas y me alcanzaba su aire asfixiante y polvoriento y
escuchaba cómo el eco de alguna de sus colinas me devolvía los gritos de los
niños improvisando juguetes de latas de comida. Todos los ruidos de Smara
escuchaba, pero en verdad nada de eso estaba cerca, ni se oía, ni se veía y la
marcha iba cada vez más lenta y volvieron a dolerme las costillas y empecé a
sentir sed.
Ni
siquiera cuando salió el sol me interesó para nada su espléndido despertar,
ni al descansar unas horas después, ni bajo la sombra de alguna acacia, cuando
reparaba en su cercanía, ya nada me importaba y cuando el sol empezó apretar e
íbamos a la deriva, lo único que yo tenía claro en ese momento era que el
espejismo que se nos iba apareciendo era una dulce mentira, entre mis ojos solo
estaba Smara, la imaginaba cada vez más cerca. Por qué tuve que enrolarme, si
mi familia vivía en Dajla, qué hacía allí, por qué me dejé llevar, podía
haberme quedado a corretear como otros viernes, entre el campo de fútbol y sus
alrededores, por el comedor, o jugar con el agua del depósito, ¡ay!, ahora
habría llegado la cisterna y el depósito estaría lleno y podría estar mojándome
la cabeza debajo de uno de los grifos y bebiendo agua hasta reventar, por culpa
de ellos me alisté en esa aventura irresponsable, que nos podría llevar al
desastre… Fue Labbatt quien me sacó de estos pensamientos, cuando se acercó
y me dijo:
–
Búscate una piedra pequeña y fina y colócala en tu boca y saboréala como si
fuera un caramelo.
Tenía
la boca seca y deshidratada y me sorprendió cómo al poco rato aquel caramelo
de piedra empezó a llenarme la boca de saliva y agua y a despertar mi mente y
me invadió una inesperada alegría y no sé por qué ya sabía que nos íbamos
a salvar, y mientras intentaba sacar el jugo a la piedra y caminaba a más
ritmo, levanté la vista, presté atención y allí a lo lejos vislumbré un
coche que iba a una velocidad alocada, por el polvo que levantaba no podía ser
un espejismo y no cabía duda de que se dirigía en dirección a Smara. Grité y
salimos en carrera a la desesperada hacia su dirección, movíamos las manos,
recuerdo que arranqué la camisa que tenía atada a la cabeza y que me protegía
del sol, para agitarla y gritar, pero el vehículo no nos hizo caso y siguió su
camino: “No puede ser, no nos vieron, tienen que habernos visto, no es justo,
nos moriremos de sed, Dios mío, nos moriremos de sed”. Hablaba en voz alta,
tenía ganas de llorar y cuando ya deseaba que se les pinchara una rueda o se
les estropeara el motor, enseguida vimos cómo el coche daba media vuelta y cómo
se encaminaba hacia nosotros, empezamos a saltar de alegría. Era un Land Rover
que entraba procedente de las regiones militares, sus ocupantes eran cuatro
hombres con uniforme del ejército saharaui, dos estaban sentados en la parte
delantera con el chofer, atrás un hombre con turbante y una pipa en la boca,
junto a él nos arremolinamos, encima del equipaje y nos agarramos a la red que
lo sostenía. El conductor antes de salir nos pasó una garrafa de agua, fresca
y maravillosa, de la que bebimos hasta agotar su contenido; dominada la angustia
de la sed, nos riñó por salir a pie y por no llevar agua en el desierto.
Cuando
arrancó el coche o mejor dicho aquella dreimiza y sopló el aire fresco y puro,
me reconfortó como nunca lo había sentido antes y me sentí relajado después
de la larga marcha, miré los rostros de mis amigos y todos sonreían con una
cara triunfal, mientras las ruedas del coche levantaban piedras y enormes nubes
de polvo tras nosotros, hasta llegar a Smara.
–
No vuelvan a repetir ese viaje, nunca – nos dijo el conductor cuando nos dejó
en el centro de la wilaya.
A
la mañana del siguiente día, casi de madrugada, un coche nos dejó cerca del
internado y entramos sigilosamente en los dormitorios intentando no ser vistos,
mientras los demás todavía dormían. Algunos maestros ya se habían informado
de la magnitud de la fuga y después del desayuno nos reunieron en el patio de
la escuela, y nos arengaron con discursos entre los consejos y las amenazas,
querían saber de quién fue la idea, quién dio la orden y por qué fuimos tan
irresponsables. Se acabaron los privilegios de ver películas, de no estudiar
por las noches, sólo teníamos una opción: estudiar hasta la fecha del viaje a
Cuba, nos decían. En medio de aquella perorata un maestro interrumpió a su
compañero, porque traía a tres fugados que acababan de llegar, eran tres de
los mayorcitos del internado, dos eran muy conocidos por sus constantes
escapadas, uno de estos llevaba ropa en una bolsa, y cuando les preguntaron
delante de la multitud, por el motivo de su huida el de la bolsa dijo que había
ido a los campamentos para lavar su ropa, hubo varias risas, envalentonados en
medio de aquella complicidad, los tres empezaron a burlarse de la situación.
El
maestro obligó a los tres chicos a sentarse de rodillas con las manos
extendidas en el aire y la nariz contra la pared, uno de ellos no quiso obedecer
e intentó discutir y comenzó un forcejeo y como una aparición entró otro
maestro con bigote confuso y ridículo y dejó caer un golpe de madera en la
espalda del chico que cayó de rodillas, quizá como un escarmiento por su
atrevimiento y una advertencia a todos, para que nadie volviera a
fugarse.
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