Ahmed Baba I

Por: Sukeina Aali Taleb
 


 

Desde tierras argelinas se escucha la voz de Bakar:
“...en otro tiempo, por muy increíble que parezca, esta tierra que vemos ante nuestros ojos, no tenía este color rojizo. El anciano al hablar extiende su mano y coge del suelo un puñado de arena que deja caer suavemente. En este mismo lugar, en el que hoy estamos sentados, crecía la hierba verde y los árboles otorgaban un poco de sombra a una tierra que por entonces no era tan calurosa.

Mientras habla Bakar, el niño más pequeño del grupo, frunce el ceño. Bakar lo advierte y le pregunta con dulzura.

- ¿No estás de acuerdo, Dudu?

- No lo sé. -contesta el pequeño-. Mi padre dice que está tierra siempre ha sido el peor sitio del mundo.

- Dudu, en la época de la que yo hablo, tu padre aún no había nacido. En el tiempo en que el desierto del Sáhara era verde, quizá vivieran antepasados de algunos de nosotros, pero fue hace miles de años.

Dudu muestra cara de sorpresa mientras mentalmente intenta descifrar cuantos años son miles de años, pues él sólo tiene cuatro. Bakar continúa:

... Desde el mejor de los palacios que hoy nos resguarda del frío, ... - los niños ríen, pues ante sus ojos sólo aparece una pared de adobe ruinosa - ... en dirección hacia el oeste y caminando durante veinte días y descansando veinte noches, llegaríamos a Tifariti. Su nombre ya lo indica, en beréber significa tierra fértil, pues fértil era esta tierra y así dejaron constancia las primeras personas que la habitaron.

Ahmed Baba fue un joven que durante la última guerra estuvo destinado en la región militar de Tifariti. En ese tiempo, esta vegetación apacible que invita al descanso, fue escenario de sangrientas batallas. En esta misma región, se encuentra también parte de uno de los muros levantados por Marruecos para evitar que los saharauis pudiéramos volver hacia nuestra tierra.
Los niños miran hacia el oeste como si sus ojos pudieran llegar hasta Tifariti.

Ahmed Baba conocía perfectamente cada tramo de la zona. Incluso la forma asimétrica de una talha podía ser suficiente para reconocer el camino. Nunca se había perdido en esas tierras por complicadas y escarpadas que parecieran, y ese era el motivo de que le hubieran encomendado la labor de conducir uno de los todoterrenos que transportaba a los combatientes saharauis.

En los últimos años de la guerra, Ahmed Baba condujo diferentes vehículos durante muchos días y muchas noches. Si la noche estaba estrellada era fácil, la estrella polar le indicaba el norte y una cohorte de luceros le iban mostrando su posición exacta. Si asomaba la luna, también era sencillo. La luna en el desierto brilla tanto que en ocasiones parece un enorme foco iluminando a la tierra.

Mina, una de las niñas que escucha al anciano, mira al cielo. Hoy hay estrellas y una luna enorme con tantas sombras que parecen dibujar un complicado rostro que sin duda les sonríe.

Bakar continúa su relato, pero después de coger aire para continuar, su voz se oye más cálida y profunda. Los niños ya no se distraen, están envueltos con su historia.

... En la oscuridad y bajo el resplandor de la luna, Ahmed Baba podía distinguir cada elevación sobre la tierra y con facilidad también distinguía las siluetas de las talhas. El problema surgía en las noches que la luna menguaba tanto que era difícil encontrarla y parecía como si la densa oscuridad también se hubiera tragado a las estrellas. Esas noches eran las más indicadas para llevar a cabo misiones de ataque. Ahmed Baba sabía que era como intentar conducir con los ojos vendados, por eso muchos días de maniobras cerraba los ojos en pequeños tramos y los abría un momento antes de que sus compañeros se dieran cuenta de que conducía sin mirar al frente.

En una noche sin luna y sin estrellas, un grupo de siete hombres, con Ahmed Baba como conductor, salieron en una misión. Ahmed Baba conducía muy atento al comportamiento del coche al avanzar por la arena, reconociendo por la amortiguación, la tierra que ya habían pisado otros vehículos. Mentalmente iba dibujando la región que tan bien conocía, poniendo nombre a los montículos que dejaban a los lados. Los siete hombres viajaban en silencio, un silencio extraño. Cada hombre portaba su fusil, pero no se escuchaba ni el habitual chocar del acero contra el hierro del todoterreno en algún que otro bache. El coche rodaba con una marcha baja, a pocos kilómetros por hora, evitando hacer ruido. Además, avanzaban sin luces para evitar alertar al contrario.

Cuando llegaron al lugar donde se encontraba el objetivo, los siete hombres bajaron del jeep ágilmente. Pero antes de salvar el muro marroquí, se inició el fuego. Los radares habían detectado a los combatientes saharauis. El caprichoso azar consiguió que por primera vez Ahmed Baba se desorientara y despistado se adentrara demasiado en el espacio vigilado por los radares enemigos.

Durante ese combate no hubo bajas en el ejército marroquí. Y por fortuna, en el ejército saharaui tampoco. Aunque durante días se creyó que Ahmed Baba había caído en el ataque. El muchacho, aquella noche, había salido del coche pues la operación parecía sencilla. Pero cuando el fuego cruzado comenzó, los combatientes saharauis regresaron al coche a gran velocidad. Todos menos uno. Ahmed Baba asustado y confundido, se detuvo sobre la arena intentando reconocer en la espesa oscuridad algún elemento que le indicara su posición exacta. Se alejó un poco, pero al oír el silbido de las balas, también corrió hacia el coche. Uno de sus compañeros ya había puesto en marcha el motor, esperaron unos segundos y al ver que Ahmed Baba no regresaba, arrancaron dándole por muerto. Pero en ese mismo instante, Ahmed Baba había llegado junto a la parte trasera del coche e intentó subir. Sus compañeros no se percataron, y el improvisado conductor dio marcha atrás bruscamente para girar y coger la dirección adecuada...

 

(Continuará)