|
Ahmed Baba, II Por: Sukeina Aali-Taleb
(continuación de la primera parte)
...
Ahmed Baba cayó rodando
sobre la arena golpeado por el todoterreno. Por suerte, sólo se
lastimó el pie derecho. Mareado fue incapaz de incorporarse. Tampoco
podía elevar su voz para captar la atención de sus compañeros que se
alejaban. Hubiera sido un objetivo demasiado fácil para las balas que
corrían de un lado a otro, pensó. Los disparos se fueron silenciando,
hasta que por fin, cesaron. Ahmed Baba permanecía tumbado por completo
sobre la arena. La oscuridad no distinguía nada sobre la tierra. Oyó
voces a unos metros, no hablaban hassanía, pero conseguía entenderles:
-No ha caído ninguno. Han huido...- Ahmed Baba vislumbró la
posibilidad de escapar. Evitaba hacer ruido al respirar y con la cabeza
entre la arena se mordía el labio para no gritar a causa del dolor que
sentía en su pie. Mina
mira la pierna de palo de Bakar, los demás niños miran los labios del
anciano que en ese momento se detienen. Bakar enciende la toba
que guarda en el bolsillo de su derrah.
Los niños dejan de mirar a sus labios y le miran a los ojos. El
anciano, saca la maniya, la
introduce en la toba y con un
mechero la enciende al tercer intento. Aspira profundamente y muy lento
expulsa el humo. -
¿Qué le pasó a Ahmed Baba? - espeta un niño, sentado muy cerca del
anciano, al no poder contener sus palabras. -
Tranquilo Sidi, Ahmed Baba anda todavía ligero por estas tierras. Tiene
cerca de cincuenta camellos y una familia numerosa. Mina
se siente decepcionada, sabe que Bakar no tiene ganado. El anciano
continúa con su historia: ...
Ahmed Baba no se inmutó durante un tiempo que le pareció eterno, hasta
que creyó oportuno moverse. Todavía faltaban un par de horas para que
amaneciera. Reptó casi un kilómetro, y cuando creyó que estaba
bastante alejado del muro, se sentó sobre la arena. Situó sus manos en
el tobillo dañado y con un golpe brusco colocó el hueso en su sitio.
Se levantó entonces con la pierna dolorida. Podía andar aunque
cojeando bastante. Mejor era alejarse que evitar el dolor del pie – se
convenció. Avanzó,
Ahmed Baba, sin saber con exactitud hacia donde se dirigía. Hoy no
acertaba a adivinar en qué dirección debía caminar. Tan sólo tenía
el presentimiento de que estaba regresando hacia su regimiento. El pie
pesaba más a medida que se alejaba. Pero el joven seguía avanzando
porque sabía que pronto le sorprendería el amanecer. Se agachó y
tocó la arena que pisaba. Había notado alguna piedra dispersa en su
avance. Pronto se dio cuenta de que estaba bordeando una especie de
ladera por la textura de la arena y por la inclinación de la tierra.
Entonces escaló la elevación montañosa hasta encontrar refugio entre
unas rocas. -
¿Dónde estaba? - preguntó Dudu, distrayendo a todos aquellos que
estaban escuchando al anciano. -
Paciencia Dudu, todo a su tiempo - contesta tranquilo Bakar. Y aprovecha
la interrupción para aspirar de nuevo de la toba.
Continúa entonces: Los
compañeros de Ahmed Baba habían conseguido regresar antes de que
amaneciera, sanos y salvos pero profundamente apenados. No sabían aún
que su compañero estaba vivo. Aquella noche, los compañeros de Ahmed
Baba no durmieron. Ahmed
Baba, entre las rocas y resguardado del frío, esperó a que amaneciera.
Con el sol decidiría hacia dónde caminar. Amaneció como otros tantos
días, aunque para Ahmed Baba no fue un amanecer cualquiera. Sentía
pesadez en sus párpados y una continua molestia en su pie. El sol era
más fuerte que cualquier amanecer, parecía un sol de mediodía. Miró
Ahmed Baba a su alrededor y sólo encontró rocas con formas
irregulares. Se levantó y caminó a través de la cueva natural en la
que se había resguardado y donde los rayos solares ya penetraban. Oyó
el sonido del agua. Se asomó entre las rocas y desde el alto en el que
se encontraba divisó una tierra distinta a la que creyó dejar a la
noche. Era una tierra con vegetación abundante. Sintió entonces una
mano en su hombro, Ahmed Baba se giró sobresaltado. En milésimas de
segundos, creyó que era un soldado marroquí, pero para mayor sorpresa,
quien tocaba su hombro era una mujer de tez muy oscura, oronda y sin
ropa. No parece saharaui -pensó Ahmed Baba. Tampoco marroquí, ni
argelina... ¿Qué hace aquí una mujer? ¿Por qué está desnuda?... se
le atropellaban en su mente las preguntas. Sus rasgos no encajaban con
ninguna etnia que él conociera. ¿Quién eres? - preguntó asustado Ahmed Baba. La mujer entonces rió. Parecía reír por la forma de hablar del muchacho. ¿Qué haces aquí? –insistió Ahmed Baba. La mujer rió más fuerte, pero no contestó. Cogió de la mano al joven y caminaron entre las rocas descendiendo unos metros. Se movía rápido, sin un tropiezo. Ahmed Baba la seguía, intentando no tropezar. El muchacho estaba sorprendido por el paisaje que podía ver ante sus ojos. A escasa distancia, Ahmed Baba contempló como un animal de cuello extremadamente largo comía hojas de un árbol que no reconocía como una talha. Era un árbol distinto, con hojas verdes y muy frondoso. El animal estiraba el cuello para alcanzar las hojas más bajas, parecía una jirafa, pero, ¿qué hacía allí una jirafa?,- pensaba Ahmed Baba- ¡Si estamos en el desierto del Sáhara! El agua brotaba en forma de manantial muy cerca de ellos. No lo podía creer. ¿Dónde estaba entonces? Se introdujeron la mujer y Ahmed Baba en una pequeña cueva que surgía de la roca. Cobijados en la cueva se encontraban varias mujeres más y cinco o seis niños. Todos eran muy morenos, estaban desnudos y parecían alegres. Ahmed Baba se agachó para entrar. No entendía nada. ¿Estaría muerto?- se le cruzó por su mente ese pensamiento, aunque lo rechazó rápido al sentir dolor en su pie derecho. Recordó que estaban en guerra...
Continuará
|