Ahmed Baba, III

Por: Sukeina Aali-Taleb

 

(continuación de la segunda parte)

 

... Los niños y las mujeres, mediante gestos, le indicaron que se sentara junto a ellos. Y así, lo hizo. Uno de los niños removía con las manos una masa oscura. Ahmed Baba miraba asombrado a aquella gente. El pequeño se levantó y situó en la pared rocosa sus manos llenas del ungüento negruzco. Volvió a untar sus manos y formando un semicírculo en la pared dejó de nuevo sus huellas. La mujer que había guiado a Ahmed Baba, cogió la mano del muchacho y suavemente la situó sobre la masa oscura. Ahmed Baba sintió que estaba caliente. Cogió entonces la mano del muchacho y la situó despacio junto a las otras huellas. Después de varios segundos, Ahmed Baba retiró su palma de la roca. En ese momento, la mujer soltó también su mano y le susurró varias palabras al oído. Ahmed Baba abrió de golpe los ojos. Se había quedado dormido.

 

El muchacho recapituló, postrado sobre la roca, lo que le había sucedido. El encuentro con la extraña mujer y la visión de un paisaje tan verde habían sido tan sólo un sueño. Probablemente al llegar a las rocas, el silencio y el cansancio le habían adormecido. Rió silencioso -era un sueño tan real– pensó. Ahmed Baba se frotó los ojos, miró a su alrededor, ya había amanecido. Esta vez estaba convencido de que estaba despierto. Además el pie le dolía demasiado.

 

Se incorporó, Ahmed Baba reconocía la tierra árida que divisaba desde aquel alto. Era la primera vez que subía hasta allí. Quizá la guerra no permitía hacer excursiones turísticas. Contempló su tobillo, estaba inflamado, pero el hueso parecía estar colocado de forma correcta.

 

Ahmed Baba comenzó a mirar a su alrededor con cuidado de no hacer ruido, temía no estar solo. Por causa de la erosión, las rocas formaban multitud de cuevas naturales. Ahmed Baba se levantó, apoyó su peso sobre el pie derecho -no está tan mal- intentó animarse. Y dispuesto, comenzó a caminar entre las rocas. En la parte interna de éstas aparecían pinturas rojizas de las que había oído hablar. Se acercó a uno de los grabados y con la mano empezó a recorrer figuras de animales: jirafas, rinocerontes... Recordó de pronto su sueño, sin darle importancia. Avanzó unos pasos y pudo contemplar a las mujeres bailando alegres danzas. Con sus dedos recorrió la figura de una de ellas, la silueta de una mujer oronda, fuerte y morena. Ahmed Baba había escuchado alguna vez que las pinturas rupestres se habían realizado hacía unos 10.000 años y que la mayoría representaban animales desaparecidos hacía siglos en el Sáhara Occidental.

 

Con una leve cojera, el joven continuó avanzando, entusiasmado con la visión de aquellas pinturas. Sabía que estaba a salvo. Al muchacho le costaba creer que en un tiempo en el Sáhara brotara agua de los ríos rebosantes. Continuó andando para descender unos metros e introducirse en una pequeña cueva en la que para acceder tuvo que agacharse. Una de las paredes rocosas mostraba las huellas oscuras de multitud de manos. Ahmed Baba se acercó un poco más y una vez que estuvo cerca, situó su mano sobre una de las huellas que parecía más grande que el resto. En ese momento, saltó asustado un paso hacia atrás, a pesar de la cojera. Recordaba al detalle su sueño.

 

Mina no puede evitar dar un respingo. Bakar de pronto calla, los niños permanecen en silencio con caras expectantes. Entonces, el anciano se levanta, sacude de arena su derrah y se dispone a caminar. Todos los niños le siguen con la mirada esperando a que continúe con la historia. Bakar camina despacio mirando hacia el suelo y con las manos unidas a la espalda. De pronto se oye la voz de uno de los niños:

 

- Bakar, ¿y que pasó después?

 

El anciano tarda en contestar. Escucha el alboroto de los chavales y antes de oír otra frase de protesta, se gira y se decide a contestar:

 

- Si Dios quiere, mañana seguimos con la historia de Ahmed Baba. Hoy estoy cansado.

 

Tras perderse en la oscuridad la silueta del anciano, los niños marchan a sus jaimas disgustados. Pero el siguiente día llega pronto. Y con la tenue luz del sol, llegan los niños a “las ruinas”, poco a poco. Los primeros que acuden al lugar apoyan su espalda sobre la única pared que permanece en pie. Su sombra sirve como protección ante los últimos rayos solares.

 

La tarde avanza y los niños mayores se extrañan por la tardanza de Bakar. Los más pequeños se entretienen con juegos sobre la arena. Saben que Bakar desde hace años no falta nunca a su cita diaria. Aún así, se impacientan. La noche llega y Mina insiste en que está convencida de que pronto  llegará Bakar. Sidi, así lo cree también y consigue convencer a su hermano pequeño, Dudu, que ya tiene sueño, para que espere junto a él. A medida que avanza la noche, algunos de los niños deciden marcharse, ya tienen hambre y sospechan que hoy el anciano no aparecerá...

 

continuará