|
Ahmed Baba, IV Por: Sukeina Aali-Taleb
(continuación de la tercera parte)
...
Cuando
han pasado tres horas, Mahayub, uno de los niños que se disponía a
marchar, vislumbra entre las sombras de la noche una figura torpe que se
dirige hacia ellos. Grita el nombre de Bakar y los pocos niños que
quedan en el lugar se revolucionan. Bakar se acerca despacio. Los niños
antes de dirigirse al anciano, esperan a que se aproxime un poco más,
temen molestarle con sus preguntas. Bakar saluda y levanta lentamente su
derrah para sentarse en el sitio que acostumbra. Su gesto parece
serio. Todos permanecen en silencio. Ningún niño pregunta el por qué
de su tardanza. Dudu ya duerme sobre las piernas de su hermano Sidi. -
Hoy no somos tantos, Bakar – dice una niña de forma tímida. -
No importa, Kenny. Siento mucho el retraso. -
Quizá sólo permanecen los que confían y son pacientes – no puede
evitar pensar el anciano. Mina
desea que Bakar continúe con el relato. Durante la pasada noche, no ha
podido dejar de pensar en la huella del joven sobre las rocas de
Tifariti. Bakar comienza a hablar con un tono pausado, del mismo modo
que hablaba la pasada noche: ...
Desde esta ventana que hoy nos permite disfrutar de un marco espléndido
para observar las estrellas... -Los
niños miran hacia arriba y una vez que sus ojos superan la única pared
que permanece erguida, divisan el brillo de las estrellas.-
en dirección hacia el oeste llegaríamos a Tifariti, que como
recordáis es el lugar donde dejamos ayer al joven Ahmed Baba. Los
niños ya miran al anciano, Mina se acomoda para poder escuchar con
atención. Pues
bien, Ahmed Baba a pesar del asombro al ver que una huella pintada sobre
la roca coincidía con la silueta de su mano, tuvo el valor para situar
de nuevo su mano derecha sobre la piedra. Había
amanecido y los rayos de la mañana ya penetraban en la pequeña cueva.
Ahmed Baba salió de ella y determinó su posición exacta. Estaba a
pocos kilómetros del muro marroquí. Con cuidado y precaución podría
llegar hasta su regimiento. Y así lo hizo, comenzó a caminar en
dirección hacia el este, alejándose de la cordillera donde había
tenido aquel extraño sueño. Tuvo la fortuna de encontrar a su paso un
jeep con varios combatientes saharauis que le recogieron. Le contaron
que ya le daban por muerto. Al llegar junto a sus compañeros, Ahmed
Baba contó tan sólo que se había lesionado debido a su torpeza y que
cuando cayó la noche se resguardó bajo el cobijo de unas rocas.
Mientras hablaba, sus amigos ya celebraban el reencuentro. Al
día siguiente, un médico le curó su pie derecho aunque aún hoy,
sigue cojeando. Ahmed Baba olvidó pronto el encuentro con aquella
extraña mujer. Quizá durante varias semanas le dio vueltas para
guardarlo poco después en algún rincón de la memoria. En los años
siguientes al suceso, continuó luchando y liberando no pocos
territorios hasta el final de la guerra, para después marchar con su
mujer e hijos al desierto mauritano donde vivió feliz durante años. Ahmed
Baba, una vez terminó la guerra, no regresó jamás a Tifariti. Con el
tiempo la calma regresó a estas hermosas tierras y el ganado volvió a
recorrer el territorio en busca de pastos. Y tras el paso de las
estaciones, las lluvias y las décadas, de forma azarosa se vio
conducido a aquel inquietante lugar. Ahmed Baba vino a
nuestros campamentos con la intención de visitar a una de sus
hermanas. En un principio, su intención era estar un par de días, pero
acabó quedándose una semana, pues el viajero sabe cuando emprende el
viaje pero nunca cuando va a regresar. Pues bien, cuando se disponía a
regresar junto a su familia, le pidió un primo si podía acercarle
hasta el puesto de Tifariti. Su coche le había sorprendido con una
avería en el motor y debía llegar hasta allí con prontitud para
atender el huerto principal. Ahmed Baba, no pudo negarse. De
este modo, después del almuerzo, salieron ambos hombres rumbo a
Tifariti. Llegaron sobre las diez de la noche, por lo que en el puesto
de recepción invitaron a Ahmed Baba a cenar y pasar la noche. Así que
cenó y tras una prolongada charla, se acostó tarde. Al día siguiente, Ahmed Baba se levantó temprano, tomó junto a otros saharauis un té amargo y dispuso su coche para salir enseguida en dirección al desierto mauritano. En la recepción había un pastor joven que le pidió a Ahmed Baba si podía acercarle junto a su rebaño de camellos. Ahmed Baba accedió. El muchacho le había indicado que tan sólo estaba a unos diez kilómetros de distancia. El joven subió al jeep y Ahmed Baba arrancó el motor descendiendo por la cuesta empinada hasta llegar al camino marcado por el rodaje de numerosos neumáticos. Sacó entonces la mano por la ventanilla y por el retrovisor vio como varios hombres desde el puesto le saludaban. Acercó al joven pastor hasta su rebaño. Se divisaba la cordillera que protege el arte rupestre. El pastor comenzó a hablarle de la belleza de aquellas pinturas y Ahmed Baba le contestó que en una ocasión las había visto. Sin pensarlo mucho, una vez más se sintió atraído por aquel lugar. De esta forma, Ahmed Baba avanzó un par de kilómetros más y junto al muchacho bajaron del todoterreno para ascender la pequeña ladera...
continuará
|