|
Antes
de volver a encontrarte
Bahia
Aprendí de mi madre esta cita, según
ella de un sabio árabe, no recuerdo su nombre, pero sé que estas célebres
frases siempre son referencia a lo culto y se asocian al saber, a los maestros y
sus discípulos.
“No es huérfano aquel a quién se le han muerto sus padres. Lo es, el
huérfano del saber y la cultura”.
ليس اليتيم
من مات ولديهي
ان اليتيم
يتيم العلم و
الادب
No hace mucho que escribí un artículo consagrado a mis primeros maestros
españoles con los que me eduqué en la lengua de Cervantes, también lengua del
desierto. Puede que esto suene algo exótico, desierto y lengua española, pero
la paradoja es historia vislumbrada
Creo
que lo dejó muy claro el filósofo griego Aristóteles cuando arbitraba que “Lo
que tenemos que aprender lo aprendemos haciéndolo”. Un siglo de amor y
desamor por la misma dama que fue siempre limpia, fija, y a todos nos daba su
esplendor, hasta que un día se marchó para siempre, y quedó un maestro, la
lengua y muchos niños. Aún guardo la imagen de aquel patio que daba a las dos
únicas aulas que había dentro de un cuartel militar, olía a pizarras, libros,
gomas de borrar y tizas. Dábamos en ella español y árabe. Nuestro idioma lo
estudiábamos con Chej Malainin, descendiente de la estirpe del legendario
fundador de Smara. Mi primer maestro en Auserd, el primero que la metrópoli
asignó a mi pueblo para enseñarnos el árabe y su historia.
Su familia fue una de las primeras que se asentaron en el poblado de Auserd,
junto con las de Ahel Barray, Ahel Ahmed Lebrahim, Ahel Mulay Ali, Ahel El Kinti
uld El Jalil y Ahel Hama uld Abula. Estas familias fueron los autóctonos
testigos que vieron como nacía y se construía el pueblo, de bóvedas blancas y
muros de auténticas rocas de sus montes. Las primeras casas que se asentaron
alrededor del pozo y el cuartel militar fueron las de los Chej El Kabir, familia
de mi maestro saharaui Chej Malainin.
Me matriculé en mi naciente escuela a través de él, porque mis padres lo
conocían muy bien. Con él por primera vez estudiábamos textos en árabe en
libros y en pizarra, hasta entonces sólo habíamos conocido nuestro “cuaderno”
tradicional, el louh. Estudiábamos gramática y hacíamos lectura y
dictados. Hasta que un día no supe más de él, cuando estudiaba primaria, creo
que lo trasladaron a una secundaria en Dajla, antiguo Villa Cisneros, y más
tarde al instituto de El Aaiún.
No volvimos a vernos hasta pasados más de treinta años. Las Universidades
madrileñas celebraban una conferencia sobre el conflicto del Sahara que se
desarrollaba en los solemnes salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid. El
reencuentro fue una pura casualidad, mi maestro, en un descanso de la
conferencia, estaba leyendo en un libro un poema de un diplomático y escritor
saharaui de su familia, Mohamed Sidati, que yo había traducido, titulado “Antes
de volver a encontrarte”, donde al pie del texto firmaba con mi nombre, Bahia
Mahmud Awah. Qué coincidencias en este reencuentro, causa en común, un libro,
un poema, un evento y todo convergiendo en la compartida historia de maestro,
alumno y una causa de común denominador.
Pasé cerca de él, me llamó y me dijo “Tú eres Bahia uld Mahmud uld Awah”,
y yo asentí. Ya alguien le había comentado que aquel uld Awah era yo. Me dijo
”Tú no recuerdas quien soy yo”. Tras un largo saludo que intercambiamos, me
reencontraba otra vez con la historia del primer maestro de Auserd y uno de sus
primeros alumnos.
Supe mas cosas del él en nuestra charla ese día y también a través del
escritor Ramón Mairata, que le acompañaba. Chej Malainin participó junto a
este escritor como funcionario de la administración española en la
elaboración del primer estudio antropológico social sobre el Sahara, base para
el posterior informe del 16 octubre de 1975 del Tribunal Internacional de La
Haya, que desvincula cualquier lazo jurídico o histórico del régimen
marroquí con los saharauis.
Chej Malainin también me comentó que trabajó con la comisión española que
elaboró el último censo español de la población saharaui en 1974. Charlamos
de toda la historia de Auserd y sus habitantes, de los primeros maestros
españoles que daban clase allí, de otros alumnos suyos, de la última vez que
vimos Auserd, tanto alumno como maestro. Me emocioné mucho porque me trajo
muchos recuerdos de mi madre, que tanto empeño puso en que estudiáramos.
Cuando me enfermaba y faltaba a clase, mi madre me llevaba después hasta el
colegio y le explicaba a mi maestro por qué había faltado. Ella se tomaba muy
en serio nuestra educación.
Volví a ver a Auserd en julio de 1986 liberado de los mauritanos y pocos meses
antes de caer en manos marroquíes. Me impactó ver mi casa en ruinas rodeada de
obuses de artillería sin explotar, y me sentí dolido e impotente al ver la
casa de la familia de mi maestro Chej Malainin desapareciendo debajo de las
dunas, ni la densa copa de aquel verde árbol que sobresalía del patio de los
Chej Malainin ni sus muros de piedra sobrevivieron a todas estas injusticias.
Chej Malainin es una persona dulce, amable y acogedor, todos esos dones aún se
reflejan en su agradable rostro. Me recordó que yo era muy educado y aplicado y
que tenía una bonita caligrafía.
Me preguntó por mi madre y yo le pedí que siempre que se acuerde rece por
ella.
“Enseñar es un ejercicio de inmortalidad”. Ambos fueron mis
primeros maestros. La primera fue mi madre, porque aprendí con ella las
primeras letras del abecedario en una tabla de madera. Me abrió el afán por
aprender y me ayudó para sentirme a gusto con Chej Malainin en un aula
diferente al de mamá o al de la badia. Uno y otro quedarán
eternamente en mi corazón porque “el objetivo más noble que puede ocupar
el hombre es ilustrar a sus semejantes”. Lo dijo Simón Bolívar.
|