1. Bakar

Por: Sukeina Aali Taleb

 


 


Cuando el sol se esconde lento, en silencio y muy despacio, un anciano guarda en un rincón la manta que ha abrigado sus sueños. Bakar le llaman, aunque no es el único nombre que posee. Hay quien le conoce como el cojo, pues en tiempo de guerra, hace ya muchos años, perdió la pierna derecha. Su mutilación no fue a causa de alguna mina enterrada en la tierra, como a veces cuenta él; tampoco fue debido al recorrido inoportuno de un proyectil; ni siquiera a la metralla esparcida en una de aquellas batallas. En realidad, nadie sabe con certeza cómo perdió aquella pierna, pues en el caos de la guerra, Bakar apareció un mal día gravemente herido y tras duras semanas de recuperación y el genio que mostraba, nadie se atrevió nunca a preguntarle. Cuando era un niño, cariñosamente le llamaban zorro, pues era capaz de moverse con mucha rapidez consiguiendo escabullirse tras haber hecho alguna que otra travesura. En su tierra, le llamaron el nómada, y el saharaui fuera de ella, el viajero, el navegante, el guerrero, el pensador, el adivino... fueron algunos de sus múltiples nombres. En los últimos tiempos, sus vecinos prefieren llamarle el narrador de cuentos, porque desde el fin de la guerra, todas las tardes, antes de que atardezca, se sienta sobre la arena y cuenta historias que le acontecieron a él o a otros que en algún momento de su vida conoció. Las historias, según Bakar, una vez que se cuentan comienzan a recorrer los caminos aupadas por el viento. De esta forma, una historia tan sólo necesita ser contada una vez para que inevitablemente no deje de contarse jamás, pues de boca en boca está siempre preparada para aquel que la quiera escuchar.

Al igual que muchas otras tardes, Bakar sale de su jaima después de haber dormido un rato, ya no es un niño y a medida que cumple años siente que necesita dormir más. – Llegará el día en que le daré tantas horas al sueño que no quiera despertar jamás- dice muchas veces Bakar bromeando. Da gracias a Dios por no ser hoy ese día y avanza despacio sobre la arena templada que se escurre entre los dedos de su único pie, a través de las ranuras de la sandalia. El rastro que deja tras sus pasos es extraño, la huella de un pie acompañado del hueco seco que deja el peso de un palo limado por el uso. Camina hacia “las ruinas”, una zona del desierto apartada del asentamiento en la que se levanta una antigua construcción. Nadie sabe que fue lo que guardó en tiempos pasados, al no ser la tierra originaria del pueblo saharaui. Bakar, aunque supiera los nombres de quienes habitaron las ruinas en otra época, prefiere inventar cada tarde una historia diferente sobre el lugar. Las inundaciones del presente año han derribado casi la totalidad de las ruinas, tan sólo queda en pie una única pared, suficiente para apoyar la espalda de un anciano y servir a su vez de escenario a un público infantil muy atento.

Aquella tarde, tras rodear los niños al anciano y sentarse en el suelo ordenadamente, los viejos huesos de Bakar resonaron dentro de la cavidad torácica como las canicas al chocar. Entonces, cuando su espalda se acomodó a las irregularidades de la pared, surgió la voz. Una voz profunda capaz de emitir con suavidad la más dulce palabra pero también capaz de hacer temblar con un único sonido al hombre más valiente. Sí, Bakar sabía contar historias, o al menos sabía como conseguir que le escucharan.
 

(continuará)