
Cuando el sol se esconde lento, en silencio y muy despacio, un anciano
guarda en un rincón la manta que ha abrigado sus sueños. Bakar le
llaman, aunque no es el único nombre que posee. Hay quien le conoce
como el cojo, pues en tiempo de guerra, hace ya muchos años, perdió la
pierna derecha. Su mutilación no fue a causa de alguna mina enterrada
en la tierra, como a veces cuenta él; tampoco fue debido al recorrido
inoportuno de un proyectil; ni siquiera a la metralla esparcida en una
de aquellas batallas. En realidad, nadie sabe con certeza cómo perdió
aquella pierna, pues en el caos de la guerra, Bakar apareció un mal
día gravemente herido y tras duras semanas de recuperación y el genio
que mostraba, nadie se atrevió nunca a preguntarle. Cuando era un
niño, cariñosamente le llamaban zorro, pues era capaz de
moverse con mucha rapidez consiguiendo escabullirse tras haber hecho
alguna que otra travesura. En su tierra, le llamaron el nómada,
y el saharaui fuera de ella, el viajero, el navegante, el
guerrero, el pensador, el adivino... fueron algunos de sus múltiples
nombres. En los últimos tiempos, sus vecinos prefieren llamarle el
narrador de cuentos, porque desde el fin de la guerra, todas las
tardes, antes de que atardezca, se sienta sobre la arena y cuenta
historias que le acontecieron a él o a otros que en algún momento de
su vida conoció. Las historias, según Bakar, una vez que se cuentan
comienzan a recorrer los caminos aupadas por el viento. De esta forma,
una historia tan sólo necesita ser contada una vez para que
inevitablemente no deje de contarse jamás, pues de boca en boca está
siempre preparada para aquel que la quiera escuchar.
Al igual que muchas otras tardes, Bakar sale de su jaima después de
haber dormido un rato, ya no es un niño y a medida que cumple años
siente que necesita dormir más. – Llegará el día en que le daré tantas
horas al sueño que no quiera despertar jamás- dice muchas veces Bakar
bromeando. Da gracias a Dios por no ser hoy ese día y avanza despacio
sobre la arena templada que se escurre entre los dedos de su único
pie, a través de las ranuras de la sandalia. El rastro que deja tras
sus pasos es extraño, la huella de un pie acompañado del hueco seco
que deja el peso de un palo limado por el uso. Camina hacia “las
ruinas”, una zona del desierto apartada del asentamiento en la
que se levanta una antigua construcción. Nadie sabe que fue lo que
guardó en tiempos pasados, al no ser la tierra originaria del pueblo
saharaui. Bakar, aunque supiera los nombres de quienes habitaron las
ruinas en otra época, prefiere inventar cada tarde una historia
diferente sobre el lugar. Las inundaciones del presente año han
derribado casi la totalidad de las ruinas, tan sólo queda en pie una
única pared, suficiente para apoyar la espalda de un anciano y servir
a su vez de escenario a un público infantil muy atento.
Aquella tarde, tras rodear los niños al anciano y sentarse en el suelo
ordenadamente, los viejos huesos de Bakar resonaron dentro de la
cavidad torácica como las canicas al chocar. Entonces, cuando su
espalda se acomodó a las irregularidades de la pared, surgió la voz.
Una voz profunda capaz de emitir con suavidad la más dulce palabra
pero también capaz de hacer temblar con un único sonido al hombre más
valiente. Sí, Bakar sabía contar historias, o al menos sabía como
conseguir que le escucharan.