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El barco y la camarera
Ali Salem Iselmu
Éramos
cerca de quinientos niños y estábamos al norte de Tinduf, los
maestros nos iban contando por nivel y edad, luego a cada uno le
daban un bocadillo de pan con atún y queso y lo subían al autobús.
Ese día empezábamos un largo viaje desde el sur oeste de Argelia
hasta la ciudad portuaria de Oran.
Recorríamos a toda velocidad el desierto, era el mes de octubre.
Estábamos sumidos en un otoño caliente. Todos nos mirábamos las
caras en medio del silencio, mi compañero y yo sentíamos una
enorme tristeza, apenas teníamos cumplidos los doce años y en
medio de la incertidumbre estábamos totalmente confundidos.
Recuerdo nos hablaban de una isla lejana al otro lado del Atlántico,
los maestros se esforzaban mucho en explicar donde estaba aquel
lejano lugar pero nosotros solo conocíamos el Sahara y los
campamentos, jamás habíamos visto ni oído que en América pueda
existir una lugar llamado Cuba ...
... Empezó a oscurecer y el autobús seguía a toda
velocidad dirigiéndose hacia el mar Mediterráneo. En ese momento veíamos
que cada vez que pasaban las horas la posibilidad de volver a ver a
nuestras familias se alejaba mucho más y todo nos parecía demasiado
raro, porque no lográbamos entender como podíamos alcanzar un lugar
tan lejano a nuestro entorno cultural y geográfico.
Después de un largo viaje llegamos una mañana soleada y caliente al
puerto de Oran. El Mediterráneo estaba tranquilo, apenas se sentía
el ruido de las olas, bajamos de los autobuses e inmediatamente
empezaron a repartir bocadillos y agua. Luego nos mandaron hacer una
cola interminable, cada uno con sus pertinencias y empezaron a
llamarnos por nuestros nombres y así comenzamos a subir en aquel
enorme barco ruso. Cuando me tocó a mi subir empecé de repente a
llorar y los maestros me decían “¿por qué lloras?, si vas a ir a
un lugar muy bonito, donde vas a aprender muchas cosas, mira los demás
como juegan y están alegres; no llores, si sigues llorando tus amigos
serán mejores que tú”.
Subimos a aquel barco, mi amigo y yo, entre lágrimas y suspiros.
Cuando estábamos arriba se me acercó de repente un mujer rubia, alta
y de ojos azules y me dijo “ven, esta será tu habitación, tú
amigo dormirá en la parte de arriba de la litera y tu dormirás
abajo”. Después aquella mujer me llevó por todo el barco me enseñó
la piscina, un pequeño campo de fútbol, el comedor y al final fuimos
a la sala de cine. Era enorme, recuerdo que podían caber más de
doscientas personas. Luego volví con aquella mujer a mi habitación,
cogió toda mi ropa sucia y se la llevó con ella a la lavandería.
Al final me quedé en medio de la habitación con mi amigo. Empezamos
los dos a dibujar y cada uno intentó dibujar un enorme camello que
creíamos poder cruzar con él el océano, luego cogíamos las sabanas
y de cada sabana hacíamos un turbante enorme y lo colocábamos encima
de la cabeza y empezábamos a hablar en voz alta, cada uno intentaba
interpretar un papel de un película de dibujos animados que habíamos
visto en el 9 de junio.
A la una de la tarde entró la mujer y me saludó, luego cogió mi
mano y me llevó al comedor y me dijo, “Yo me llamo Tatiana soy de
la ciudad de Leningrado y quiero a partir de ahora que aprendas bien
mi nombre”. Ella hablaba árabe con acento sirio y entendía alguna
palabra en castellano. Me enseñó a coger bien el tenedor, la
cuchara, el cuchillo y a comer despacio, sin prisa. Quería que
comiera mucha fruta y verdura, siempre me sacaba un mapa que tenía
guardado y me enseñaba su ciudad. Hablaba mucho del frío de la nieve
pero yo no entendía nada. Una noche me cogió de la mano y me llevó
hasta el final del barco, allí bajo la luna llena me enseñó como
nadaban los delfines persiguiendo la estela del barco. Recuerdo que me
dijo “el mar es como el desierto todo es monótono e igual, lo único
que rompe su uniformidad es el salto de los delfines en el agua, como
los lagartos del desierto cuando entran y salen de su escondite”.
Catorce días, uno detrás de otro, duró la travesía en medio del
inmenso océano y Tatiana siempre estaba preocupada por mi ropa,
comida y ducha. Me traía juguetes y procuraba que yo jugara con los
demás niños y cuando le preguntaba sobre el Sahara miraba hacia atrás
y con su dedo índice me indicaba que al final de aquel enorme charco
de agua podría quizás encontrar mi país y mi familia.
Cuando vimos las luces del puerto de La Habana era de noche y el barco
estaba llegando. Tatiana me arregló la maleta, me escogió la ropa
que tenía que ponerme y empezó a peinarme el pelo hacia atrás.
Luego me acompañó hasta la escalerilla del barco y me regaló su
foto en blanco y negro con su nombre escrito en español. Las lágrimas
se caían de sus ojos azules entre abrazos y sollozos. Yo también
lloré por Tatiana, por mi familia, por el barco y los delfines.
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