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Cada
día que pasa, la siento más cerca
Bahia
Mahmud Awah
Evocar la tierra es regresar al
pasado de uno mismo en sus diferentes épocas, testigos de nuestra infancia, y cómo
no la belleza de las diferentes estaciones de las que Lijrif (otoño) es el dueño
de nuestros momentos de alegría, felicidad y tranquilidad. Conozco muchos de
sus singulares rincones, nombres y por eso mi regresión.
No todos hemos tenido la ocasión de
llevar esos gratos recuerdos de la tierra en nuestra infancia, sino más bien de
las consecuencias de la guerra el éxodo y el refugio. A veces tenemos
nostalgia, pero a qué lugar y en qué momento. Esa añoranza o esa nostalgia,
que para unos sólo tiene como referencia los campos de refugiados o el
exterior, debería estar relacionada con un punto ignoto o muy conocido de Zemur
o de Tiris, como es mi caso. Conocer la geografía física del Sahara hace más
agudo su amor en el corazón, haberla recorrido en tiempos de paz y de guerra la
hace cada vez más nuestra y la trae más cerca que nunca. Aprendí de mi madre
unos versos en hasania que recitaba cuando la conversación gira en torno al
tema de la ocupación.
En
los montes de Leglaat
y
su laguna
y
con el claro serpenteo de su río
quiero
acampar.
Alabado
sea Dios,
los
enemigos se marcharon
sin
beber su agua.
(Labyad
uld Hanun)
Pero yo creo que retornar a la
tierra es muy sencillo con la memoria o simplemente cerrando los ojos y con ello
recorrer los viejos merhan, lugares de acampadas en cualquier rincón de la
tierra. Los que hemos tenido familias que han residido en núcleos urbanos también
tenemos recuerdos, recuerdos del colegio o de nuestro Mrabit (maestro de la
escuela coránica), de los amigos, los vecinos y de cómo era nuestro entorno de
entonces, bueno o malo como fuese.
Tengo necesidad a esa regresión al
pasado, porque ahí encuentro mi infancia, encuentro mi pueblo natal, encuentro
mis abuelos, mis condiscípulos, el paisaje, las infinitas historias que he
escuchado de mis abuelos, tíos y los amigos de mis padres.
Entonces me encuentro como que no he
perdido la tierra durante esas tres décadas, para mí está despejada del
invasor cuando reconozco el nombre de una localidad, un arbusto, el lenguaje de
Srrah (pastores) o el pronóstico de un dayar (buscador de dromedarios). Hay
lugares que cuando rememoro su nombre, Bu Gataya, Bu Sarz, Bu Laryah, Bu Lautad,
Galb Idlim, Galb Gruna, Galb Larui, Wancarat, Derraman, Leglat, Etuama, Hefret
uad Ishiyaf, Auheifrit, Rish Anayim, Bu Darga, El Atabi o Udayan El Jarrub es
como si fuera que he vuelto a tener ocho años de edad.
También aprendí de pequeño los
nombres las plantas, como un beduino, jugueteando con ellas tocándolas y comiéndolas.
Recuerdo Ashacan, Terzuz, Enbeg, Danun, Teidum o El Guerreima, plantas
comestibles que para mí son un recuerdo vivo y de lazos con la tierra.
Pero también es muy duro que
algunos de estos lugares, con su peculiar flora y fauna, estén en manos de
extranjeros. “Lo más duro que vamos encontrar el día que regresaremos a
nuestras casas es que muchos de nuestros amigos ya no existen o la casa que
hemos construido con nuestras manos y esfuerzo o las gentes que llenaban a las
calles, hoy son otras…”. Mohamed Embarek Fakala que Dios lo acoja en su
mejor rincón, año 1998, programa Hoy por Hoy, dirigido por Iñaki Gabilondo
desde la wilaya de Smara.
También hay pozos, dayas (charcas)
y zonas en Tiris cuyos nombres me son muy cercanos a los grandes frig, con sus
coches Land Rover Santana y sus pacíficos dromedarios dueños de las
inmensidades y la felicidad en esa tierra. Hace treinta años que deje de oír
¿El Haya Imnein?, ¿Ajbar almarhba bih?, ¿Ish Aguiblac min trab?, ¿Imnein
Agba Ishab? o también si eras procedente de las ciudades no te librabas de que
te preguntaran ¿Ishtari min lajbar fdashra?.
La naturaleza del saharaui tiende a
la transparencia, la sinceridad, la bondad, la caballerosidad, rasgos que se dan
la hora de entablar una conversación con un beduino, dayar, sareh (pastor) o
algún caballero andante suelto por las llanuras de Tiris.
Este trabajo me surgió a raíz de
una conversación que tuve hace una semana con mi mamá desde la otra orilla del
continente y con un joven saharaui que estudió en Cuba y al regresar al Sahara
encontró su vida como una reencarnación de la de sus abuelos, que deambulaban
tras sus grandes fortunas de dromedarios en Tiris. El joven vivió como nómada
durante diez años al volver de Cuba, y yo le pregunté por muchas cosas de esa
vida que he conocido de niño y vuelto a ver y conocer los años de la guerra.
A mi madre, ingresada en un hospital
de unos campos de refugiados en el sur de Argelia, le pregunte dónde había
nacido y en qué lugar del Sahara conoció a mi padre, es una manera que estimé
conveniente para estar con ella un rato. También conversamos sobre los lugares
donde habíamos nacido mis hermanos y yo, y mi intención era volverle a un
pasado de su plena juventud y de mi infancia.
Y mi madre me contó que había
nacido en Bulariyah, monte en el ombligo de Tiris meridional, y conoció a mi
papa cuando el frig de su familia acampaba en el valle de Aboilay Leyuad, una
montaña que conocí cuando tenía siete u ocho años y que volví a ver por última
vez en plena guerra el 22 de agosto de 1988, a punto de cumplir 28 años,
entonces no sabía que ahí fue el comienzo de mi existencia. Se casaron en
Dallet Dumes, una charca que recoge agua de la lluvia por mucho tiempo y se
encuentra en el valle del monte de Dumes, también en Tiris. De hecho evocar
estos lugares y esta forma de vida es peregrinar a la patria, es volver la
mirada hacia uno mismo sin que el origen y la tierra desaparezcan de la memoria
colectiva e individual.
En el lenguaje de esa preciosa
tierra se dice El Bil Damia o Cabba, quiere decir que los dromedarios están en
el límite para abrevar agua. Esto sucede en pleno verano y en especial smaim,
cuando la temperatura alcanza 52º, lo que se conoce como tlu El Mashbuh,
entonces los dromedarios sólo pueden aguantar de 6 a 7 días sin tomar agua.
También entiendo que aún estamos los saharauis cabbin o damiin, tras treinta años
de espera, estamos en los límites de no poder esperar más tiempo.
Muchas historias y anécdotas
esconde cada uno durante estos años de guerra y exilio: tuve condiscípulos de
colegio que eran mi parranda del barrio, del valle, de las excursiones en las
montañas de Auserd y en la vida del nomadeo por diferentes lugares de Tiris.
Sorprendíamos a los hiran (camellitos pequeños) de las dromedarias durmiendo,
otra manera de jugar en el badia. Aquellos amigos hoy ya no existen, son parte
del incalculable precio que se está dando por la tierra usurpada. Sidahmed
Barray alias Uld Treibi natural de Auserd.
Volví a encontrarme con él doce años
después de estallada la guerra en la zona norte del territorio, año 1986, un
joven inteligente convertido en un audaz dirigente militar de 26 años. Pero lo
curioso de esta anécdota es que cayó junto a otros tres amigos un 8 de Agosto
de 1988, a unos 50km del lugar donde habían nacido. Sabían que sus casas
estaban desiertas y sabían las distancias que les separaban de ellas. Los tres
vinieron del norte para caer ese día en Gleib Teralal, zona de Zug y Amsigzag,
en un combate llevado a cabo por el 2º Regimiento blindado y el 1º de infantería
motorizada del ejército saharaui contra las hordas de ocupación marroquíes.
En varias ocasiones coincidiendo con
él en los campamentos de refugiados donde su familia, me decía “algún día
volveremos a subir Busarz”, un monte de Auserd que escalábamos con nuestros
maestros haciendo excursiones a una altitud de 400 m, los más altos del
territorio.
Con estos nombres difíciles
de pronunciar para un marroquí por tener su raíz de hasania en su esplendor,
he vuelto de un agradable periplo por la tierra, y he vuelto más convencido que
nunca que regresaremos a esa patria algún día no lejano; y en particular iré
a rezar a la tumba de Sidahmed, de El Bar… y sus compañeros en el valle que
une los montes de Zug y Amzigzag.
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