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El
calendario de mi nacimiento
Ali
Salem Iselmu, "Pirri"
Cuando yo nací en el Sahara, allá
por los años setenta nadie festejaba los cumpleaños, en cambio a medida que
fui creciendo y adquiriendo las lecciones que imparte la vida me di cuenta que
los calendarios eran importantes porque te permiten marcar en cada uno tu fecha
de nacimiento, los días laborables y no laborables de cada año.
A mí, mis padres jamás me
compraron una tarta para hacerme recordar la tarde en que llegué a este extraño
lugar, ni mis abuelos, ni bisabuelos conocen semejante celebración. Recuerdo
cuando estaba estudiando el último curso de la secundaria, mi maestro de matemáticas
me dijo, “ya que sabes tantas estadísticas sobre el béisbol cubano y conoces
el promedio de cada bateador, al menos debes conocer cuantas velas te pondrán
en la tarta de tu próximo cumpleaños”, inmediatamente le miré como quién
tiene duda y misterio sobre la velas y le dije, “yo no festejo la fecha de mi
nacimiento porque nunca la he celebrado”, aquel hombre no me contestó
simplemente se rió un poco de mis palabras y me insistió mucho en hacer bien
los deberes en su clase. Pasaron los días y yo olvidé aquellas palabras y seguí
enfrascado en mis juegos diarios que eran jugar a la pelota como segunda base y
subir a las palmeras para coger cocos.
Tres meses después de aquella
conversación mi maestro de matemáticas me invitó a comer el domingo en su
casa junto con su mujer, yo fui muy feliz en ese momento, porque pensaba que iba
a regañarme o iba a ponerme un ejercicio complicado; pero no, el hombre quería
compartir conmigo el calor de su hogar.
Durante toda la semana sólo pensaba
en la ropa que debía ponerme y si pedía a algún amigo un pantalón o una
camisa, pero lo más importante para mi era disfrutar de ese momento y salir por
unas horas del agobio del internado.
Me levanté por la mañana a toda
prisa cepillé mis dientes, lavé mi cara y baje corriendo por las escaleras, en
el fondo del pasillo estaba él esperándome con un maestro saharaui, mirándome
detenidamente me enseñó un copia de mi DNI y me dijo “ tengo una sorpresa
para ti”, los dos caminando a paso rápido nos dirigimos a su casa que estaba
cerca de la escuela, escondida entre un campo de mangos y pinares; cuando nos
aproximamos a ella, yo estaba atónito porque los nervios me traicionaban muchas
veces y no sabía controlar el tono de mis palabras; una puerta de madera
pintada de rojo se abrió ante nuestros ojos y una hermosa mujer de pelo rubio,
ojos verdes y mirada alegre nos saludó a los dos con un par de besos y nos dio
la bienvenida, adentrándonos llegamos a la sala en la que había un calendario
con algún paisaje cubano color verde olivo y marcada en él la fecha de mi
aterrizaje a esta galaxia y en la mitad de la mesa una tarta de chocolate con
quince velas.
Miré todo aquello con enorme emoción
y supe que en Cuba los años van asociados a las velas que se encienden y se
apagan para dibujar por un instante la ilusión de muchos niños; en cambio en
el Sahara los años figuran en la memoria histórica de nuestros abuelos a través
de los mitos y sucesos.
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