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El
curandero
Limam
Boisha
Haddara llevaba varias noches sin
poder dormir. Una pesadilla en forma de convoy le había sumido en un constante
desvelo. Cada vez que lograba conciliar el sueño, aunque sea por unos breves
instantes, aparecía la caravana de camiones. Primero asomaban unos potentes
focos que le cegaban inconsciente vista, después parecían alejarse, pero de
repente y de manera brusca corregían su rumbo y enfilaban hacia él para
arrollarlo, sin contemplaciones, y justo en el momento de aplastarlo unos
ensordecedores ruidos de cláxones llenaban la cabeza de Haddara, y le hacían
despertarse de un sobresalto.
El mismo sueño se le repetía cada
noche, una y otra vez. Al final de cada pesadilla el hombre se quedaba con los
ojos abiertos, y la mirada perdida en el infinito.
Cuando Haddara ya no pudo soportar
aquella situación, se fue al médico, éste le recetó un medicamento caro y le
prodigó algunos consejos que Haddara no tomó en cuenta. Durante otras noches
la caravana seguía travesía, y Haddara visitó otras consultas engordando los
cheques de las recetas sin ningún resultado positivo.
Estaba rendido cuando le
recomendaron ir a ver a un curandero. Aceptó simplemente por curiosidad. El
curandero le escuchó con mucha atención, cuando Haddara terminó su relato, el
curandero tomó un papel arrugado, escribió algo, sopló sobre la tinta, y dobló
la hoja varias veces. Antes de entregarlo a Haddara le dijo: "Ponlo debajo
de tu almohada, y no se te ocurra abrirlo, y mucho menos leer su
contenido".
La siguiente noche después de la
visita Haddara durmió a placer, como si nunca lo hubiera hecho antes en su
vida. Durante toda la siguiente semana tuvo un sueño reparador, pero cada mañana
al levantarse miraba el papelito que descansaba debajo de la almohada, y le
invadía una curiosidad por saber, lo que ese hechizo decía, pero después de
un rato, recordaba la advertencia, y dejaba el papel en su sitio.
Un día la curiosidad pudo más que
él, abrió el papel, y leyó su contenido. Una sonrisa cruzó por sus labios.
Por la noche cuando se acostó, la
caravana retornó con sus ruidos y sus molestias. Por la mañana Haddara fue a
ver al curandero y este nada más verle llegar le exclamó: "Ya no puedo
hacer nada por ti. Has derrumbado la señal".
Haddara volvió a su hogar, y en el
camino de vuelta no dejaba de pensar en cómo el curandero pudo detener la
pesadilla, escribiendo simplemente la palabra: Stop. Y cómo la pesadilla del
convoy, se había detenido respetando las señales de tráfico de este tenebroso
sueño.
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