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Desde mi
ventana
Zahra Hasnaui
"Despierta, despierta, te necesito".
El martilleo incesante en mis sienes me impide ubicar a la autora de la
llamada apremiante. "He oído rumores, hay cambios y muy buenos",
comenta intrigante, "préstame tus ojos".
Apenas puedo abrirlos, pienso con dificultad. La huella del escaso descanso en
mi castigado cuerpo influye negativamente en mi tiempo de reacción.
Decididamente, tengo que pedir un cambio de horario laboral
... Me arrastro
pesadamente en busca de mi moreno favorito… bendito aroma. Mi discernimiento
agradece el efecto milagroso de la cafeína. Ya reconozco el origen de la voz:
mi desvalida curiosidad. "¡Mi reino por unos ojos!". ¿Lo ha dicho
realmente? Desconocía su afición por Shakespeare.
Accedo a su desesperada petición, asomándome por la ventana. No observo nada
inusual. La algarabía de los niños de camino al colegio, el ajetreo del
mercadillo callejero, asesino impune de mi sueño matutino, la omnipresente
contaminación acústica, irradiando desde todos los ángulos, la siniestra
sombra de los bloques de oficinas, el zumbido de los aspersores en los
jardines…
Enfoco mis ojos miopes hacia el fondo del cuadro. Nada.
Después de un largo lapso de contemplación en vano, vuelvo a por más ayuda.
Un té, esta vez. Un té saharaui cargado. Sí, saharaui. No se asombre,
querido/a lector/a. Ah, perdone mi falta de modales. Soy una mujer saharaui de
edad …provecta, que trabaja en un programa de madrugada de la Radio Nacional
del Sáhara.
El líquido espumoso (en el Sáhara, es de ley servir el té con espuma)
consigue abrir definitivamente mis ojos a la situación saharaui actual. El
anhelo por una realidad diferente ha anegado nuestra razón, desorientándonos
tanto a mí como a mi ciega compañera.
No hay bloques de oficinas, ni jardines, ni ajetreo mercantil. Veo a un pueblo
luchar por su supervivencia en un entorno hostil, árido, el desierto de la
Hamada, organizado en campamentos de refugiados. Veo edificaciones de adobe
hechas por ellos mismos. Veo tiendas de lona desvencijadas por el inclemente
sol. Veo huertos pequeños de diferentes hortalizas que han conseguido arrancar
al tacaño desierto hamadeño, y ansío la envolvente contaminación, los
impersonales bloques de oficinas, hasta el supuesto criminal causante de mi
vigilia, porque todo ello supondría una cotidianidad imperfecta, pero más
justa de la que los saharauis nos vemos privados.
El tesón y la esperanza triunfante reflejados en las caras de los transeúntes,
tantas veces desalentados por la intransigencia marroquí, me animan a escribir
en este mismo instante una carta al Secretario General, exigiendo al Reino de
Marruecos el cumplimiento de las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el
conflicto del Sáhara Occidental. Estimado señor Annan: …
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