|
Desde
la otra acera
Saleh
Abdalahi Hamudi

...
Desde
la acera, con las manos en el bolsillo te paras y contemplas el bullicio
de la gente, los tambores de protesta, las alegrías de la lucha. Tu
olfato se impregna con el sudor amargo de los que gritan, bailan, claman
y reclaman la libertad para todos. Pancartas que reflejan todas las
injusticias, y sin darte cuenta estás leyendo, “Justicia para los
astilleros”, ”Somos homosexuales, somos obreros”, “STOP a la
guerra de Irak “, “Sahara cuestión de estado”... Te encoges de
hombros y sigues tu camino, en tu misma acera como quien niega ser
palabra para el vecino. Porque hoy te levantaste como casi siempre,
cuando el sol ya pasó a calentarte por debajo de la cintura y en el
espejo sin mirarte decidiste ir a la peluquería.
Entras
en la peluquería donde te acomodan en un sillón, delante de un espejo
que te mira, y el barbero con una palanca te va subiendo para que no te
sientas tan pequeño, te cubre con una sábana blanca, te moja el pelo,
lo frota entre sus dedos y te peina con mucha suavidad. Mientras tú estás
mirándote, mirándote y mirándote hasta la memoria, y descubres que la
historia no la habías aprendido en los libros de la escuela, es la
memoria de tu abuelo, que el destino por un pelo le perdonó la vida
para contarla. El barbero, ausente, con su cepillo te quita el pelo
mientras te miras y te mira desde las lágrimas de tu madre cuando tu
padre la discriminó por el simple hecho de salir de casa con
pantalones, la voz ronca de tu tío después de su larga ausencia cuando
te contaba que lo del Sahara fue una vergüenza para España. Y sientes
el picoteo en la garganta mientras el barbero con su delicadeza te
engomina el pelo. Desde fuera el eco de los tambores te estremece la
sangre y la imagen de aquel rostro ensangrentado de la pancarta que te
llama desde la esperanza y te coge la mano. Entonces, tú estornudas la
herencia de la memoria y el
pajarito azul se libera de tu boca.
|