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Desde
mi ausencia, carta para ti Auserd
Bahia
Mi querida Auserd, cuánto tiempo ha
pasado desde que me separé de ti, hace unos treinta y un años. Sabes que no he
podido olvidarte, a pesar de esas tres décadas que inicié con el éxodo el año
1975 y continué con el exilio y la diáspora en el extranjero.
Cuando salí huyendo aquella noche
dejándote atrás en las tinieblas de la guerra, pensé que esta ausencia no
podría ser más que varias semanas o un mes, pero mis cálculos eran de un niño
de 15 años. Fíjate que cuando preparé mi evasión, con el consentimiento de
mi mamá y mi hermana, iba a llevar mi bicicleta pero al final mi opción estaba
a la altura de mi infancia que dejé entre los valles de tus magnos montes,
Bumarca, Buserz y Buguetalla. Decidí entonces no llevar nada salvo tus
recuerdos, sembrados por siempre en mi corazón.
Te seré sincero en esta carta contándote
lo que me ocurrió los primeros meses de mi huida entre la multitud de familias,
que también iban dejando atrás sus casas, sus ciudades y sus pertenencias. Al
principio pensaba que iba solo, pero después me fui encontrando en el camino
del éxodo con amigos y otras gentes venidas desde diferentes ciudades, El
Aaiun, Villa Cisneros, Argub, Smara, Bir Nzaran y hasta de ti, también había
amigos huidos que te abandonaban, como yo. Sentía consuelo al encontrarme a
conciudadanos y vecinos de nuestro barrio.
Mi madre fue quien me dijo “vete
de aquí y rápate la melena porque si te cogen los soldados invasores te la van
arrancar pelito a pelito”; la melena era símbolo de los jóvenes polisarios y
yo no le hice caso en ese momento, pero pensando que podía ser cierto me la
corté al cero la misma noche de mi evasión.
Pasé por los bombardeos de Um
Draiga, me sorprendió el primero justo en el pozo donde nos estábamos
abasteciendo de agua con los hermanos Jlil y Labat Slama, huidos también de mi
pueblo, con quienes me encontré en el camino. Labat era mi condiscípulo en el
colegio y amigo, su familia y la mía vecinos y amigos. La familia Slama me cuidó
mucho hasta que llegué a los campamentos de refugiados en el sur de Argelia.
Estuve tres años estudiando en el
norte de Argelia terminando el bachillerato en español con profesores
SAHARAUIS, que hablaban el idioma igual o mejor que mis primeros maestros de
primaria que eran españoles, y a quienes recuerdo con todo el cariño de mi
corazón, como Don Francisco y Don Emilio.
Querida Auserd,
me tuve que ir a Cuba a terminar mis
estudios superiores. Allá conocí otro mundo diferente en paisaje a tus
desnudos montes y dunas, cubiertos por aquellos finos vientos que a veces soplan
para refrescarte del calor sahariano.
Allí me forje como valedor de mí
mismo. En ocasiones me sentía como huérfano cuando mis amigos recibían
correspondencia de sus familias, fotos, ropa… yo sabía que tú y los míos
estabais muy lejos, incomunicados y retenidos como escudos humanos en la ciudad.
Pero siempre te tenía presente, junto con mis recuerdos de la familia, a veces
soñaba que me llegaban cartas tuyas y que me contabas de mi familia y mi
colegio.
Tantos años después cuál sería
mi sorpresa, navegando por Internet me encontré con fotos tuyas de los años
setenta hechas por un piloto y otras actuales de un observador de los cascos
azules de Naciones Unidas. Qué hermosa estás, qué linda estás, como aprendí
a decir en el Caribe. Te ves radiante con tus típicas faldas blancas, las
bellas dunas que visten tus montes.
En la foto, volví a ver los valles
de Ayhfun, nuestros lugares de acampadas y excursiones con los maestros. Y vi
Bumarca, con su marca pintada en blanco, con la media luna y las letras ATN
(Agrupación Tropas Nómadas). Y vi Buserz, con sus miles de historias, muchas
de ellas protagonizadas por nosotros en nuestras escaladas.
Querida Auserd,
me emocioné tanto al ver la entrada
al patio de mi colegio, en esa foto que está tomada desde un avión. Se aprecia
la torre del agua y el estanque donde salvábamos aves atrapadas durante el
verano.
¿Recuerdas aquella centenaria
talha, acacia, donde jugábamos al columpio colgados de sus fuertes ramas?, aún
resiste, como resistimos nosotros lejos de ti. Te conté una vez que me escondí
debajo de ella con mi hermanita Lehbeila, cuando se iba a marchar con mi hermana
mayor a vivir en Villa Cisneros. Yo no quería y, aunque mi mamá me explicó
que mi hermana mayor iba estar sola y necesitaría de ella hasta acomodarse y
conocer amistades, yo la escondí para que no se la llevaran.
Al ver el bloque de casas colominas
donde tuvimos nuestro primer hogar, y la otra nueva que construyó mi padre a
finales del 74, me sentí como si allí estuviera en realidad junto a ti, nunca
dudé de tu hermosura, única hija de Tiris, anfitriona de mis recuerdos de
infancia. Me fijé detenidamente en el majestuoso cuartel donde tuve mi primer
colegio, y recordé mi primer regalo de Reyes, un parchis, tenía cinco años, y
mis maestros trajeron una acacia y la montaron en el patio del colegio, la
llenaron de colores y luces. Yo no entendía el motivo pero lo sentía muy
bonito y me gustó mucho el regalo y la fiesta.
Sobre el cuartel se veía la bandera
de España. Eran otros tiempos, al menos vivíamos en nuestras casas y contigo,
Auserd, aunque me hubiera gustado que aquella bandera fuera la saharaui, para
que nunca se hubiera izado la roja manchada de nuestra sangre, la bandera del
invasor marroquí, significaría que España habría cumplido con sus
obligaciones ante el mundo y nosotros los SAHARAUIS.
Querida Auserd,
he conocido muchas ciudades y podría
haberte olvidado, pero tu amor anida en mis entrañas. Amé a la preciosa
Habana, conocí la inmensa y acogedora Madrid, la solidaria Argel, la amiga
Bilbao, la fresca y tolerante Barcelona, pasé por la helada Terranova y paseé
por la bohemia ciudad de Praga, pero no he encontrado ninguna como tú, que haya
robado de esta forma mi corazón.
Querida Auserd,
me despido de ti con la ilusión de
verte pronto abrazarte y besarte hasta la saciedad, y me gustaría que en cada
primavera llevaras unos ramos de lehbalia y los depositaras sobre la rauda de mi
abuelo, que descansa en el cementerio en la falda de Buguetalla, y rezaras por
todos los que allí dejé de niño.
Te quiero,
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