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El
deseo nómada
Ali
Salem Iselmu
Tú no querrás darle al cobarde la
razón esta noche, ni querrás mimar la noche con palabras, tu querrás abrazar
mis brazos y en ellos sentir el refugio del descanso, pero yo me quedaré
esperando oír la luz de tus ojos bajo el espejo de la luna y en la fulgurante
arena perseguir tus huellas para encontrar en la oscuridad de las estrellas una
tetera encima de la brasa y a su alrededor contarte la historia de la última
lluvia y caravana de camellos que conquistó esta tierra y en ella prosperó
oliendo el manjar verde de la badia.
Yo me quedaré a la luz del fuego
respirando el humo de la leña lentamente y en la palabra de los oradores
beduinos se habla de pozos de agua, de pastos, de ganado y mercancías; también
se intenta predecir el fin de la sequía y en medio de la conversación el pequeño
pastor acompañado de su veloz perro blanco busca mirar constantemente hacia la
intemperie y en la lejanía de la oscuridad escucha el sonido de sus cabras,
vuelve su mirada a los demás reunidos en circulo y pregunta “¿cuánto tiempo
puede estar un camello sin beber agua?”.
Un anciano acaricia la tetera y
sirve el primer vaso de té, después de saborear lentamente el espeso líquido
envuelto en espuma, se dirige al joven con su voz pausada y lenta “Cuando yo
tenía tus años en el desierto no había coches, sólo camellos, encima de
estos animales cargábamos la jaima, las mantas, las esteras, los víveres y las
personas, recorríamos toda la tierra calculando los pozos de agua por los que
teníamos que pasar y en nuestro trayecto buscábamos como referencia el sitio
donde había caído la lluvia, hijo mío en esta aventura no se pueden cometer
errores, los errores se pagan con la vida”.
Los ojos negros saltones brillan al
escuchar la sabiduría del anciano, el joven se queda con una profunda duda y le
dice “Pero señor ¿no me has dicho todavía cuánta agua beben los
dromedarios?”. El abuelo va mezclando el espeso té y les sirve el segundo
vaso e inmediatamente abre sus brazos alrededor de la hoguera, dirige sus ojos
al centro de la llama, y empieza diciendo “El otoño es un movimiento caluroso
de personas, animales y vientos que soplan de todas direcciones; los nómadas
desesperados dirigen su mirada al cielo e intentan predecir los acontecimientos
del tiempo. Desde finales de agosto hasta principios de noviembre toda gota de
agua caída del cielo hace crecer la hierba, pero el buen pastor pregunta a
todos sobre las precipitaciones y cuando sabe que el preciado tesoro de las
nubes corre en los ríos secos del Sahara hacia allí se dirige con su ganado.
Cuando llega el invierno todo se vuelve un manto verde hasta los primeros meses
de la primavera y con la llegada de las primeras tormentas de arena todo
comienza a secarse formando un ciclo que la vida persigue”.
El pastor inexperto se queda
asombrado de cómo una persona siente el desierto como algo suyo, que corre por
su sangre y su felicidad está atada a los valles, montañas y llanuras que
recorrió durante muchas estaciones, su existencia no tiene sentido sin la
inmensidad, en ella encuentra su reflejo y el de sus antepasados.
Los años son la voz de la
experiencia, porque este hombre sabe que en el duro verano la vida desaparece en
las primeras horas de la mañana y todos los seres del desierto buscan la sombra
y el agua, el camello es capaz de beber entre sesenta y cien litros cada cuatro
o cinco días, en cambio en el invierno a este animal le basta con comer el
verde pasto.
El fuego se apaga lentamente y el
abuelo sirve su tercer vaso de té, los tertulianos se despiden y cada uno se
dirige a su manada de camellos y cabras para ordeñar la leche en unos enormes
cuencos, mientras el joven pastor estira su manta sobre la arena que está
frente a la jaima. Coloca un cojín y una sábana, mira fijamente las miles de
estrellas perdidas en las rutas nocturnas y por la mañana sabe que volverá a
recorrer con sus animales los caminos nómadas de la Badia.
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