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Detrás de la
cisterna
Ali
Salem Iselmu,
Pirri

El pequeño oasis de la wilaya de Dajla era una parada
obligatoria para la cisterna que iba todos los viernes en dirección hacia la
familia que estaba a unos quince kilómetros del campamento, tenían una camella
lechera y unas ovejas. Había caído la lluvia y querían aprovechar para sus
animales la hierba que creció con el agua y pasar unos meses allí.
El pequeño Bahia ajeno a todos los acontecimientos tenía que seguir estudiando
en la escuela primaria y para ello debía de quedarse con la vecina, pero a mi
hermano le resultaba muy difícil separase de su madre y sus abuelos, mientras
su padre estaba en el frente de guerra con los guerrilleros.
...
A medida que iban pasando los días
a mi hermano le aconsejaban siempre quedarse a estudiar con nuestra
vecina en la daira de Um Draiga pero el pequeño Bahia tenia una relación
inseparable con su abuelo. El abuelo le contaba muchas historias sobre
España, la historia de las cortes españolas de aquel entonces, la
historia de las tropas nómadas y otros tantos relatos sobre la badia,
el pequeño estaba definitivamente apegado a su abuelo lo echaba de
menos siempre y la relación era tan estrecha que resultaba prácticamente
imposible su separación.
Llegó
mi padre de la segunda región militar e intentó primero hablar a solas
con mi hermano para convencerle de que debía llenar su tiempo jugando
al escondite, a hacer coches de latas de aceite o a dibujar gigantes en
medio de la arena. El pequeño Bahia estaba apegado a la voz de su
abuelo, a su mirada, al olor de su turbante y a ratos cuando quería
dormir la siesta se metía con su diminuto
cuerpo en su darra.
Mi
abuelo y hermano eran inseparables los dos y cada uno por separado les
unía una relación muy estrecha, porque mi hermano era una especie de
niño prodigio tenía la capacidad
de memorizar todas las historias de avestruces, gacelas, gazzi e
imaginarias criaturas que se paseaban en el desierto de noche; él las
aprendía de memoria y en sus ratos libres las iba contando a sus amigos
de colegio.
Cuando
estaba con sus amigos empezaba a narrar en voz alta el cuento de Budarra
aquel personaje fantasma que no existía y que los padres se inventaban
para meter miedo a los niños para que ninguno se atreviera a salir por
la noche de la jaima; pero la voz soberbia de mi hermano acompañada del
silencio del desierto hacia la historia creíble y despertaba cierto
temor y curiosidad en los niños. Budarra empezaba sus andanzas a partir
de la diez de la noche e iba de campamento en campamento ofreciendo
caramelos falsos y el niño que aceptaba coger el caramelo lo llevaba
encima de su burro y lo escondía debajo de la arena.
Imposible
era aquella situación de separación, pero era necesaria porque mi
familia, como todas las familias saharauis, siempre persiguió las nubes
y el agua, jamás aceptó las aglomeraciones humanas de las grandes
ciudades, siempre encontró su felicidad en la inmensidad del espacio
infinito y el silencio del desierto, estas circunstancias le daban
cierta estabilidad emocional a mis padres y abuelos.
Mi
hermano tenía que estudiar en el colegio de la wilaya, lo que implicaba
convencerle prometiéndole ir todos los viernes y pasar un día con la
familia; finalmente accedió y aceptó quedarse a estudiar y solo venir
un día a la semana.
Todos
los viernes cuando acababa las clases iba al pequeño oasis de Dajla
donde la cisterna llenaba su depósito, allí era donde lo recogían;
pero un día el conductor que le traía agua a la familia estuvo esperándolo
hasta las seis de la tarde, el niño no llegaba y al hombre se le hacía
tarde y tenía que distribuir agua en otros lugares del campamento,
entonces decidió marcharse. Cinco minutos después llegó mi hermano y
decidió correr detrás de las huellas de la cisterna pensando que la
podía alcanzar. Sin agua y en medio del implacable calor del desierto
apenas pudo correr dos kilómetros, empezaron a flaquear las piernas y
la deshidratación iba invadiendo su cuerpo. Cuando vio la primera
acacia decidió acostarse bajo su sombra y esperar, pero la espera se
hizo eterna y el rescate no llegó a tiempo. Dos días después de una
larga búsqueda entre vecinos y autoridades de la wilaya empezaron a
preguntar hasta que llegaron a su mejor amigo que se sentaba con él en
la misma mesa, les indicó que había ido al oasis para irse con la
cisterna hacia la familia; encontraron sus huellas corriendo a mucha
velocidad y fueron tras ellas hasta la acacia donde encontraron su
cuerpo sin vida.
Debajo
de la sombra de aquella acacia estaba él con su cuerpo, sus ojos negros
y un pequeño turbante debajo de su cabeza que le sirvió de cojín; no
quería morir en aquel desierto lejano y triste, tenía mucha fe en la
vida y a ella se agarró hasta el último instante. Cuando mi abuelo lo
supo se quedó sin voz, mi abuela estuvo llorando durante muchos años y
a mi me lo ocultaron seis años seguidos.
Mi
hermano perdió la vida corriendo hacía la vida, intentaba hacer del
milagro realidad persiguiendo los relatos e historias de su
abuelo en medio del espejismo, quería escuchar una nueva historia
ponerle su voz de narrador y en la mitad de las dunas reunir a su
alrededor a todos los niños y hacerles soñar con un nuevo héroe, un héroe
que quería con su voz devolverles la ilusión perdida en la infancia.
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