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El
enigma de la Badia
Ali
Salem Iselmu
Llegó a la jaima por la madrugada
después de pasar toda la noche a la intemperie buscando sus cabras, a plena luz
de la luna pudo ver el frig en medio de aquel río seco, pero se había olvidado
de su perro, el verdadero pastor de la manada. Ahmed era un hombre de treinta años
nacido y curtido en el desierto, a los siete años empezó a cuidar del ganado
de su familia junto con su padre, conocía a todos sus animales por su color y
las pisadas que dejaban en la arena.
Entró de forma cuidadosa, recogió
una manta y una almohada que estaban en el interior de la jaima, salió hacia a
fuera, se quitó toda la ropa y se puso una darraa muy transparente, se acostó
e intentó centrar su mente en el profundo sueño que se había instalado en su
cuerpo. En medio de los delirios se imaginó a un zorro enorme que perseguía
sus cabras, les daba mil vueltas, luego las iba degollando de una en una sin
probar un solo bocado. Dentro de aquella inerme quietud se escuchaba la voz de
Ahmed entrecortada gritando “maldita bestia, no mates a mis cabras déjalas
que coman la hierba fresca”. De poco sirvieron aquellos gritos desesperados
que irrumpían en medio de la noche, la pesadilla se iba adueñando del cuerpo y
la mente de Ahmed que seguía durmiendo.
Cuando el Almuédano anunció la
oración de la mañana todos se levantaron pero Ahmed se quedó durmiendo, ningún
ruido lo perturbó. Su hijo cogió el hacha y empezó a cortar la leña, después
encendió una enorme hoguera de la que fue apartando la brasa de forma
cuidadosa, llenó la tetera de agua y la colocó encima del fuego, esperó unos
diez minutos hasta que hirvió el agua, con la palma de su mano cogió el té
verde y lo introdujo dentro de la tetera. Empezó así con el típico y
tradicional ritual de todas las mañanas, cuando probó el primer vaso de té
sintió que estaba despierto y que empezaba un nuevo día en la Badia, entonces
se levantó y se acercó al sitio donde estaba durmiendo su padre y le dijo:
– Papá levántate, levántate que
ya es muy tarde tenemos que buscar el ganado perdido.
Ahmed se levantó diciéndole a su
hijo:
– Nuestras cabras se las ha comido
un enorme zorro, ya no podemos hacer nada todo esta perdido, hijo mío no creo
en los milagros, tenemos que aceptar el destino porque así estaba escrito y
predestinado.
– Pero papá despiértate que aún
duermes, primero lava bien tu cara y tu cabeza y después hablamos.
El sol salía lentamente desde el
este, alrededor de la jaima no había ni una sola huella de las cabras, la vista
no lograba ver nada y parecía que todo estaba perdido solo quedaba encomendarse
a Dios y esperar que los animales volvieran; desde el sur entre el cúmulo de
acacias se veía a un beduino montando encima de su dromedario dirigiéndose en
dirección hacia el frig.
Ahmed lo vio pero no se inmutó
siguió concentrado pensando en los posibles lugares en los que su familia había
acampado alguna vez y que posiblemente las cabras conocieran, pasó por su mente
el río de Arweidil, aquel lugar donde cayó la lluvia hacía dos años y en él
nacieron muchos cabritos de su rebaño. También pensó en el pozo de Beirat
Turasil, allí en pleno verano y con más de cincuenta grados cada dos días le
daba de beber a sus animales; muchos son los lugares en los que pensaba pero al
final no se decidía por ninguno.
Una voz aguda rompió el silencio
“Asalam Aleikum”, contestó Ahmed. “Aleikum Bisalam”. Empezó una larga
ceremonia de saludos al estilo beduino donde se pregunta por todas las noticias
y sucesos que afectan a la comarca y mediante la cual los dos hombres intentaban
intercambiar todo tipo de información útil. Concluidos los saludos pasaron al
interior de la jaima y por supuesto el té verde, lo primero que se le ofrece a
un invitado. En medio de la charla Ahmed le preguntó a su invitado por su
ganado, le describió el color blanco predominante en sus cabras y le señaló
la dirección donde solían ir a comer todas las mañanas la hierba.
Concluida la conversación los dos
hombres empezaron a despedirse y en medio de la despedida se oyeron los ladridos
de un perro que venía del este. Ahmed salió corriendo a toda velocidad a su
encuentro y cuando estuvo cerca se dio cuenta de que era el pequeño perro Batah
que iba detrás de las cabras, observándolas como bajaban por el valle hacia el
pequeño frig, en ese momento Ahmed se detuvo y le invadió una sensación de júbilo
contenido, porque sabía que el enigmático Batah era el mejor aliado de las
cabras en medio de la Badia.
A pesar del siroco y el calor Batah
era fiel a su amo y a las cabras, él también nació y creció en el desierto,
y conocía de memoria todos los parajes donde hay comida para los animales y
alguna vez emigraba por la noche hacia los vecinos para compartir tiernos
momentos con la perra Slugui, auténtica creación del desierto.
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