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La
casa de Dios
Limam
Boisha
Cuando llegué a España, y después
de agotar mi visado como turista, fui a visitar un amigo mío, inmigrante sin
papeles. Mi amigo, me contó la odisea que él había pasado durante un año en
Murcia. Era una historia llena de calamidades, de trabajo duro en los
invernaderos, de cruda explotación. Una explotación que sólo estaba en mi
imaginación gracias a las novelas de la esclavitud que tan bien recrea el
escritor Jorge Amado. Fui con él al pueblo a ver si también yo podía
encontrar faena. Me advirtió que al principio, a su llegada a ese pueblecito,
nadie quería darle trabajo, simplemente porque no le conocían.
Estuvo 21 días sin poder trabajar.
Bajaba del monte donde estaba la casucha -y donde sobrevivía junto a otros
compatriotas- cada mañana, tempranito a las seis, en medio de una oscuridad
total. Nadie lo escogía, incluso aquella miseria de curro era como una
"lotería".
Volvía a casa triste y frustrado.
Los campesinos de ese lugar son
gente desconfiada y por lo general llena de prejuicios. Mi amigo al principio le
costó encontrar dónde dormir. En el pueblo nadie alquilaba a los inmigrantes,
y la única alternativa era buscar los caserones abandonados en la montaña.
Aquello no se le podía llamar ni por asomo casa. No tenía agua, ni luz, ni
ventanas. Y en cada caserón se amontonaban cinco o seis o los que podían,
generalmente por países. Y allí metían el butano de gas para calentar la
comida. El techo era frágil y cuando llovía todo se mojaba. El agua había que
traerla de los invernaderos, subirla a cuestas en garrafas hasta arriba. Si era
posible, uno se bañaba el domingo, y la ropa no se podía lavar, era tan sucia,
tanto que era mejor tirarla.
Los domingos los inmigrantes bajaban
de sus míseras cuevas al pueblo, iban al bar a tomar algo, cuando se cruzaban
con sus jefes que salían de misa, ni siquiera les saludaban como si no los
conocieran. Los pocos del pueblo que no iban a la Iglesia se pasaban el día
jugando a la petanca. A veces, los niños mientras están jugando en la cancha
deportiva y cruzaba por allí un inmigrante o varios les gritaban todo tipo de
insultos.
Los sin papeles en ese pueblo de la
España profunda se sentían indefensos, caminaban con el cuerpo lleno de miedo
por si alguien llamaba a la policía y les hiciera una redada. Si los
inmigrantes se van de allí el pueblo se arruinaría. Sin embargo, había también
allí una mujer que tenía un corazón lleno de compasión, era dueña de una
papelería o algo parecido. Esa señora había acogido dos niñas en su casa. Un
verano acogió una niña saharaui (refugiada en el sur de Argelia) y en otro
verano hizo lo mismo con una niña de Ucrania (por lo de Chernobil). La mujer
guardaba a los indocumentados cualquier papel que tenían, y lo mismo hacía con
el dinero que muchos de ellos ganaban allí, porque en las chabolas nada era
seguro, ni la vida misma. La única Caja que había en el pueblo no aceptaba
abrir cuentas a los inmigrantes sin papeles. Cuando necesitaban algo de dinero
ella se los daba y no les cobraba nada, ningún interés. Los inmigrantes
llamaban a su casa, "La casa de Dios".
Unos meses después trabajando en el
campo también yo conocí la verdadera explotación, sólo faltaba el látigo
para ser como en la época de la esclavitud. Eso sigue ocurriendo ahora mismo
con todos esos nuevos inmigrantes que llegan a las costas españolas en busca de
una vida mejor.
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