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La
confesión de las dunas de Auserd
Chejdan
Mahmud Yazid
Si vas a Auserd, en los campamentos
de refugiados saharauis de Tindouf, indudablemente trata de acercarte a las
dunas, pregunta por ellas, ya te dirán. Míralas atentamente y disfrútalas,
sube a lo más alto y déjate caer de la manera que sea, de cabeza, de culo,
rodando, a toda vela, a saltos, como sea, pero hazlo.
Si ya vinieses, aprovisiónate con
lo más sencillo y útil, equípate con tu mejor cara y afina tu sonrisa.
Desdobla tu ropa de safari y la ropa interior que sea de gala porque siempre
pasará algo o, te lían o te lías pero, de cualquier manera lleva aquella que
no te importe que se vea, hay granos de arena que les gusta penetrar, sin preámbulos
ni mediar palabra.
Cuando estés, absorbe tantas
bocanadas de aire como si ahorita acabara, deja entrever tu primera sonrisa,
mira a tu alrededor vuelve a sonreír y grita cuatrocientas veces y una más,
ooooooooooooooo o, como te salga pero exagéralo. Desenreda los cordones de tus
zapatillas, si quieres ten prisa en quitarlos, ah, incluso te pueden servir de
juguete; también se aconseja despojarse de objetos cortantes y de la inhibición.
Las dunas de Auserd entonces, te darán
la bienvenida, te acompañarán en todo momento y te preguntarán una y mil
veces qué querrás hacer. Al final, después de exhaustos, te dirán con el
corazón apesadumbrado, no vuelvas a mí y diles a los que están allí cerca
que se vayan. Tú como siempre no dirás nada, aunque no te importe que se haga
de noche, la voz melancólica de las dunas te retroproyectan a una pensamiento
raro, estremecedor. Cierto este lugar, pensarás, es fantasmagórico tanto para
mí como para esta gente que vive al lado.
Ahora a punto de irte, te dejas
sopesar por la brisa fresca de la tarde que como siempre antecede a una noche gélida.
Y te vas por fin. Vuelves a un lugar y luego a otro.
Esta es la historia de mil viajes
anunciados y la pena de un pueblo, es la realidad de una diversión quebrada.
Vete a las dunas de Auserd cuando leas esto y diles de mi parte que les guardo
rencor, ellas ya saben por qué.
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