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La
delgada figura. Aminetu Haidar
Chejdan Mahmud
Yazid
Nunca imaginé que una persona,
después de sufrir tanto física como moralmente, puede aún albergar
demasiada belleza. Nunca imaginé que un físico, mermada su integridad de mil
maneras y desprovisto de lo mínimo esencial para subsistir, puede aún más,
seguir inmaculado, tanto físicamente como moralmente.
Una delgada figura, emergió
por la entrada principal del auditorio, era ella y enseguida el bullicio
inundó la sala, sus dedos flacos hacían el signo de la victoria sin pausa.
Reflejaba su rostro una tenue sonrisa carismática, envolvente, minúscula,
pero a la vez grandiosa, una de esas sonrisas tímidas, que sólo los más
nobles pueden esbozar. La mirada acompañaba rítmicamente los gestos de su
cara entristecida, ella sabe que su lucha es larga y cruel...
Del rostro de Aminetu se
puede crear una enciclopedia del ser humano, su alma, su sangre, sus
vísceras, su ánimo, su sueño, algo útil, pero tampoco algo
complejo, quizás sencillo como ella, como los saharauis. La
proporción de su cara refleja la sencillez de lo grande o la
grandeza de lo sencillo.
En su delgada figura es tal
vez donde más se nota el sufrimiento del hambre, pero no las ganas
de comer -noto yo-. No camina pausada, no mira atrás y no se
inclina salvo para vocear su amargura y pesar del que ella misma es
consecuente. A Aminetu yo no la conozco personalmente, pero conozco
su lucha, la he seguido, le he escrito y por fin la vi en persona,
la ojeé largo rato en un breve instante sólo para ver una sonrisa
o una carcajada o ese brillo que tenemos a veces, cuando vemos que
somos protagonistas y que todas las miradas van a dirigidas
nosotros, pero nada, realmente estaba serena y flaca. También pude
regalarle una camiseta con el nombre de su ciudad favorita,
“Aaiun”. Personas como ella otorgan al ser humano su humanización
y su racionalidad, inequívocamente.
La flaca leyó su discurso
preparado que, nada más lejos de la realidad ,es el discurso de sus
compatriotas de prisión y patriotismo. Las palabras vibraban de
miedo y se encogían al unísono de nuestros corazones,. Sí, vi
palabras saltarse del miedo, tiritarse y vi otras que se escondían
para no ser leídas y traducidas. Su voz y su ser era demasiado para
tan simple texto.
Esa lectura es la mejor manera
de decir “aquí estamos, no aquí estoy”. Esa es la baza
incuestionable de los seres magníficos, imprescindibles que
perduran en la vida. Ella es ahora símbolo, pero también historia,
ella es eficaz, elocuente y simplemente bella. Cuando la vi esa vez
supe que la fe existe y que desde el umbral de la sencillez y la
mesura se logra todo y todo, porque la verdad es incuestionable y
siempre brota de su propia ceniza.
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