Salió
por la madrugada en medio de la penumbra, apenas podía conducir sus pasos, no
se despidió de su familia, ni de sus amigos, quería abrazar el horizonte y
sentirse libre sin ataduras; a toda prisa se dirigió al sur persiguiendo su
voz, sus manos y sus ojos. Quería llegar a la tierra en la que alguna vez jugó
con sus amigos revolcándose encima de las dunas y arrojando estiércol de
camello encima de su cuerpo.
Su
infancia quedó borrada de su vida, y la alegría de la que impregnó su mente
se la llevaron los verdugos del alma en una acto de violación hacia sus
sentimientos, pero estaba decidido a luchar contra todo aquello que le
arrebataron y a través de la magia de su recuerdo quería recuperar la historia
perdida de sus antepasados y visitar sus tumbas; largas noches de insomnio lo
acompañaron de vuelta a los parajes que recorrió con sus pies descalzos
persiguiendo gaviotas y caracoles. Pero él no había perdido la fe en su largo
trayecto y guardaba la esperanza en un pequeño cofre, en ella quedaban pequeños
objetos que le unían con todo lo que perdió en el pasado.
Cuando
el sol entregó su último hilo de luz a la noche y apenas su vista lograba
penetrar en el ruido de su corazón, quiso volver al fatal desenlace en el que
inmerso volvió a recordar la tragedia en la que perdió sus brazos, sus pies y
su vista en la ladera de una montaña persiguiendo las huellas de sus cabras.
Con ello se esfumó el fulgor de sus pasos y abrazó en su mente los viajes utópicos
a su esencia.
Sabía
que la fuerza de su corazón podía más que la razón y sentado desde la lejanía
le vino a la mente la imagen de todos aquellos que injustamente perdieron sus
vidas pisando la tierra que alberga pasto y agua. Pero unos hombres secuestraron
las ciudades, llanuras, montañas y ríos. En ellos sembraron la muerte para
condenarnos a un terrible sufrimiento, cortaron para siempre el paso libre de
las nubes y la lluvia, a partir de entonces ya no había más caravanas ni
movimiento, todo quedó estático y mudo.
Las
gacelas y avestruces emigraron confundidas, los zorros se refugiaron en las
cordilleras y los camellos yacen como cadáveres en medio de las minas, el
Sahara perdió su fértil virginidad y a él se le quedó arrugada el alma
porque le arrebataron injustamente parte de su cuerpo. Desde entonces un muro de
mil quinientos kilómetros divide la tierra, las familias y mantiene sitiado a
todo el territorio.
Pero
al final escribirá y dirá: “Yo he sido pastor y guerrero pero de pequeño
siempre soñé que la leyenda del mar es mía y quienes habitan a su lado son
mis hermanos”. Las lágrimas se derriten y el cuerpo es inepto mientras las
minas siguen arrancando vidas al Sahara.
*En el
territorio del Sahara Occidental hay más de 7 millones de minas antipersona, la
mayor parte de ellas sembradas por Marruecos a lo largo del Muro de la vergüenza.
Cabe
destacar que hasta el momento las autoridades marroquíes se abstienen a brindar
cualquier información sobre las minas que han implantado en todo el territorio
Saharaui. Marruecos no es firmante de la Convención de Ottawa contra las minas
antipersona.
El
gobierno saharaui, en cumplimiento de sus compromisos internacionales, destruyó
en febrero de 2006 el primer stock de minas antipersonales. Esta fase comprendió
la destrucción de 3321 minas. El pasado mes de febrero volvió a destruir otro
stock de minas.