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La
resignación de Brahim
Ali
Salem Iselmu

...Con
el primer rayo de luz salió corriendo a toda prisa con Carmen hacia su
residencia, subió por las escaleras hasta llegar a la segunda planta,
entró en su habitación y abrió inmediatamente su armario. Empezó a
recoger su ropa y sus objetos personales pero todavía tenía muchas
dudas sobre el viaje y si realmente el avión iba a llegar a tiempo, el
misterio estaba instalado profundamente en su corazón.
Carmen no quería llorar, intentaba aceptar aquella situación como un
hecho inevitable que tenía que llegar algún día. Así de esta forma
entregaba sus manos al destino, estaba convencida del desenlace final de
su relación con Brahim, pero quería robarle al tiempo todos los
minutos posibles estar a su lado hasta el último momento, en el fondo
tenía la certeza de que él se podía marchar para siempre pero su
corazón seguía latiendo con más fuerza y de sus labios se escuchaban
pocas palabras. Estaba desanimada, había perdido el apetito, sus ojos
se quedaban quietos, desorientados y perdidos.
Mientras él quería evadir el momento, buscar refugio en sus recuerdos
y en los buenos momentos compartidos y vividos, no quería ser superado
por las circunstancias. En vano quiso controlar cada segundo, cada
minuto y mostrarse alejado de la realidad. En un intento desesperado miró
serenamente a Carmen y le dijo:
- Necesito pasear por la Avenida de los Presidentes y luego ir al malecón,
solo voy a estar media hora y volveré.
Cuando se quedó solo, aquel 20 de agosto de 1996, sintió que
necesitaba hacer un breve repaso a toda su vida en Cuba, no abandonar
nada de lo que conoció y fijar su mirada en las olas del mar, buscar en
ellas respuesta a todas las preguntas que no tenían respuesta, pero una
vaga sensación le hacía recordar a su madre, la jaima y la arena del
Sahara, aquella infancia lejana y el recuerdo de las costas blancas y
azules que se perdía con el ruido de las gaviotas.
Volvió a la residencia despacio, no tenía ninguna prisa en llegar,
metió su mano en el bolsillo y sacó un cigarro pero no tenía fuego
para encenderlo. Decidió masticarlo porque una vez tuvo a un profesor
que no fumaba, lo único que hacía era mascar bien la hoja de tabaco y
mantener su sabor en la lengua. Brahim quería ir antes a la embajada y
recoger su salvoconducto, entonces paró un taxi y le dijo al taxista:
- Llévame a Quinta Avenida, donde esta la embajada saharaui.
- Compadre, pero tú eres habanero, ¿qué vas a hacer en la embajada
esa? – le dijo extrañado el taxista.
Brahim no pudo disimular la risa y a la vez la sorpresa y le contestó:
- Yo no soy habanero pero llevo muchos años viviendo en La Habana, en
realidad yo soy saharaui, vivo en un campamento de refugiados en el
suroeste de Argelia pero me considero de aquí.
Los dos siguieron charlando hasta que llegaron a la puerta de la
embajada. Le pagó veinte pesos cubanos y acto seguido se acercó al
guarda que le preguntó por su identidad y le dejó pasar. Una vez
dentro se dirigió a la oficina del encargado de los estudiantes, allí
recogió su billete y toda su documentación y se marchó a toda prisa a
encontrarse con Carmen y sus amigos, quería pasar con ellos las horas
que le quedaban, respirar el olor del mar Caribe y bailar la inevitable
canción de la despedida.
Llegó la hora del viaje, eran la seis de la tarde, estaba lloviendo
intensamente sobre el aeropuerto internacional José Martí. Brahim tenía
que facturar su equipaje, pasar por todos los controles de la terminal y
luego despedirse de todos. En su interior sabía que aquella situación
era una bola de fuego que recorría todo su cuerpo, quince años eran
demasiados para él. Entonces miró a Carmen, la besó en los labios
recorrió todo su cuerpo y con una mirada profunda, concentrado en sus
ojos, buscó el avión sabiendo que las noches del desierto son frías y
los días abrasan la piel.
Cuando ya estaba sentado en el avión cogió unas fotos y empezó a
mirarlas, estaba nervioso, no acababa de creer que después de tanto
tiempo se iba finalmente a marchar. Pensaba que el viaje no era real, su
cuerpo estaba en el malecón y delante de sus ojos seguía la imagen de
Carmen y la música de Benny Moré. Llegó la azafata del vuelo y le
preguntó qué quería tomar pero él no contestó, estaba perdido
intentando mantener en su corazón la sintonía de quince años en los
que recorrió Cuba desde el cabo de San Antonio hasta la punta de Maisí.
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