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La
vuelta
Limam
Boisha
El conductor del camión me dejó
frente a una puerta enorme de hierro de una edificación, me dijo que estaba muy
apurado y que no podía llevarme a la jaima donde se suponía vivía mi familia,
dijo que le quedaba en la dirección contraria. “Entiendo”, le respondí.
Iba con una compañera hacia otra parte, además creo que estaba ansioso, con
ganas, y temía que el sol le pisara los talones. Insistió en que no tenía que
preocuparme, y que podía preguntar al guardia de la garita cómo llegar a casa,
y que él ya me indicaría. El muy hijo de, me dejó plantado allí, al lado de
algún muro del campamento de Dajla, y a las seis menos cuarto de la mañana, a
esa hora rara en la que nunca sabes qué vas hacer. La garita del vigilante
estaba oscura. Yo no sabía qué decirle después de tantos años de vivir lejos
en otra tierra, no sabía si decir, por ejemplo, “Salam aleikum”, el saludo,
que es lo más común, o toser, mover el candado de la puerta o darle unos
suaves toques a su ventana o resignarme hasta bien entrada la mañana…
Despertar al hombre de la garita, y
a esa hora, me parecía mortal, sé que cuando alguien llama a una puerta a esa
hora, sólo puede ser algo muy grave, extremadamente grave, porque si no, ¿qué
podría ser? Es bien sospechoso llamar a una garita a las seis menos cuarto de
la mañana, para que te digan dónde está tu casa. “¿Y por qué tengo que
saber dónde vives?”, seguramente me diría el guardia. Si a esa hora llamas a
cualquiera pasará el resto de sus condenados días maldiciendo la hora en que
naciste. Y si tiene mala leche y es un tío muy devoto, y en su cerebro está
alojado el insomnio, o la frustración de no dormir abrazado a su mujer o
simplemente en su estera o alfombra de treinta años, probablemente en cada
rezo, en cada oración de las cinco diarias, y especialmente la del almagreb,
(esa oración que antecede a la noche, y es la única que siempre llega vestida
de un aire misterioso) levantará sus manos al cielo y después de pedir a Dios
eterna salud, larga vida, y prosperidad y quizás la vuelta al Sahara, y otras
cosas inconfesables, pedirá seguramente de extra, que el sujeto que le despertó
a las seis menos cuarto tenga un largo insomnio o algo parecido. Con un tipo así
y con lo supersticiosos que somos en general, aunque no lo confesemos, uno se
cagaría de miedo temiendo que el Altísimo le hiciera caso en su maldición.
Cosas así son las que imaginaba que me podía hacer alguien que pase medio día
encerrado en esa garita de adobe. En circunstancias más o menos similares,
todos hemos escuchado alguna llamada de “auxilio”, pero en general nos hemos
hecho los dormidos.
Miré el cielo y todavía estaba
oscuro, me entraron ganas de orinar, me alejé y ¡que sensación! el sonido de
una meada en un water es distinta a ésta sobre la arena. En la arena el líquido
levanta una polvareda y un olor salvaje, brusco, trepa hacia la nariz y es como
si te asfixiara. Aquel aire, la arena, la inmensidad daba una extraña sensación
de libertad. De la meada volví decidido a hablar con el guardia, me acordé que
antes de irme a Cuba, todos los que se quedaban haciendo guardia eran los
viejos, y ya se sabe que los abuelos duermen muy poco, o su sueño es ligero.
Me asomé a las rejas y dije en voz
entrecortada “Salam aleikum”, el sonido de mi saludo era tan bajito que me
enfadé conmigo mismo por intentar ser tan educado o por molestar lo menos
posible. Volví a elevar la voz y nadie respondió, me atreví otra vez y subí
el tono. Nada; pensé que en la garita no habría nadie, pero tampoco vi
colocado un candado. “Ese hombre debe estar allí”, pensé, “y claro que
está, lo que pasa es que no se molesta en saber por qué le llaman”. Si
hubiera sido cualquier otra hora yo no perdería tiempo esperando que ese
“Haciéndose El Dormido”, se levantara, habría preguntado a cualquier
persona “¿Dónde está Glaibat Alfula? el transeúnte me miraría con cara
incrédula, extrañado, pero me lo haría saber, y seguiría preguntando hasta
llegar a mi familia.
Llevaba como una hora esperando y el
“Haciéndose El Dormido” ni se había inmutado...
“¡Alahu Akbar!”, se escuchaba
la voz del almuédano, me sorprendió su voz, cuántos años sin escucharla,
antes no anunciaban el rezo por megafonía, antes todo era más rudo, más
arcaico y natural. Antes nunca habrías encontrado al guardia durmiendo fueras a
la hora que fueras, eran los años de la guerra y todo estaba como encendido,
como envuelto en una masa caliente, impregnado con el olor de la inminencia,
esos eran los primeros años del exilio, yo tendría unos ocho o nueve años.
No, no había tiempo para almuédanos por megafonía, cada uno en su jaima, en
la garita, en la escuela o debajo de una talha o en la trinchera. Uno era el
almuédano de sí mismo, si ese era su deseo, y en el fragor de la guerra se
encomendaba a Dios, para ver otro amanecer, aunque fuera solamente, el
siguiente.
Mientras yo divagaba en esos
recuerdos diría que escuché un ruido en la garita, y me acerqué a las rejas.
Cualquiera que me viera en esa situación, desde otro prisma u otro lado pensaría
que yo estaba entre rejas y el guardia con cara de carcelero y asombro, salió
cojeando para averiguar si seguía allí o me había fugado.
El carcelero o el guardia o como
fuera, no me dijo nada, como si no me viese, abrió la reja y se alejó unos
pasos, se sentó sobre sus rodillas y orinó, soltó un pedo tan sonoro que en
vez de darme risa me sobresaltó, murmuró algo y volvió rascando su barriga.
Antes de cerrar la puerta-reja, se percató de que yo existía.
-¿Cómo puedo ir a Glaibat Alfula?,
le pregunté.
No entendió mi pregunta, me imagino
que en los veinte años o más que llevara en esa garita nunca le habían hecho
una pregunta así y a esa hora, se quedó como desconcertado. Entró y volvió.
“Puedes ir andando”, me dijo, “no te puedo dejar entrar porque me voy, y
ahora viene mi sustituto”.
-¿Puedo esperar para preguntarle de
qué otra manera se puede ir a Glaibat Alfula?, con esta maleta no puedo ir
andando.
-Mi sustituto es sordo, dijo.
-¿Sordo?, volví a preguntarle
extrañado. Me pareció que me estaba tomando el pelo.
Tenía ganas de decirle que acababa
de aterrizar, y que llevaba quince años sin ver a mi familia, y que un hijo de
me había traído en un camión y, por las ganas de un polvo con una compañera,
me había dejado allí tirado en vez de llevarme a mi casa, y que a él no le
costaba nada indicarme dónde cojones estaba esa daira… Pero cómo le iba a
decir yo eso a un anciano. Rendido, me recosté sobre el muro de adobe y me
reconfortó el hermoso amanecer.
El guardia se fue y llegó su
sustituto, el sordo. Efectivamente era sordo, pero, ¡quién lo diría!, era mi
tío, el sordo.
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