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Las
dos torres de Rabuni (Un día cualquiera)
Limam
Boisha
¡Qué silencio!, ¡cuánta
serenidad! Estoy sentado sobre un bloque de adobe al lado de las dos torres de
Rabuni, los rayos dorados del sol me acarician de manera suave y tibia. Desde el
oeste llega una brisa fresca que me susurra en el oído izquierdo. A lo lejos
llega el sonido de los vehículos que van entrando por la carretera principal de
Rabuni. A mi derecha hay una pequeña casita de adobe con techo de zinc, y para
que el viento no despide al zinc hay muchas piedras grandes que lo sostienen.
Dentro el cuartito tiene el aspecto de un corral abandonado, el olor del aarsa,
(el estiércol de las cabras) todavía es fuerte e impregna todo el perímetro.
Una de las torres es antigua y en
desuso, la otra es nueva del año 2000 y está funcionando a toda máquina. La
antigua es más alta, es de un color ocre y desteñida, tiene el rostro y el
cuerpo marchito; se mantiene firme, pero todo en ella está caducado, oxidado.
Su descomposición es lenta, pero inexorable. Sus viejas escaleras que llevan
hacia lo más alto, desde abajo parecen una montaña rusa que se ha congelado en
medio de su ruina en su último viaje hacia la luz azul del cielo. Sobre las
paredes de la torre hay huellas de amores y amantes. Esta torre y su
emplazamiento son ideales para el amor nocturno, para los amores furtivos. Hay
una vista magnífica hacia todas direcciones, y el lugar está lleno de paz; te
trasmite la sensación de volar, en medio del sonido de los pájaros nómadas
que viven al abrigo de ese refugio o del otro oxidado depósito más pequeño
que está cerca de las torres y que alrededor de él hay cuatro talhas (acacias
espinosas).
Aquí el amor brota sobre la semilla
del agua, al lado de las piedras y el adobe, cerca de las palabras y los
discursos oficiales. Frente a los "nidos" lujosos, amurallados y con
seguridad de los oficiales de UNHCR. No lejos del Hospital Nacional, donde
habita el dolor, las enfermedades, la esperanza y la vida.
El amor está aquí en todas sus
dimensiones, como está la hipocresía y la miseria de guardar las composturas.
Está también la espera. La eterna espera. Aquí todo es espera: los papeles-
todo tipo de papeles- las colas, almataleb (peticiones), etc... Viajar a Rabuni
y volver. Viajar haciendo autostop-muchos, porque el precio de los taxis es caro
y a penas existe el transporte público- Ver a alguien, cargar un saco. Esperar
una Comisión médica, una inspección, encontrar a una muchacha. Salir de la
monotonía de las jaimas, desahogarse con conocidos o desconocidos. Buscar zinc,
algún camión o coche que va a la Badía, a Mauritania, o un autobús o avión
que va Argel u Orán, etc...
Construir adobe, volver a levantar
los biut, rezar para que no vuelva a ver lluvias en los campamentos, ni
diluvios. Esperar volver al Sahara antes del próximo diluvio.
Rabuni ahora es algo así como el
principio y el fin de todas las cosas en el exilio. Rabuni es un lugar humano,
un laberinto de adobe con sus miserias y sus esperanzas, con sus lentas
burocracias, sus enchufes, su nepotismo, sus dolores, y también sus
casualidades y alegrías.
Rabuni es la metáfora de esa vieja
torre que se cae a pedazos. Rabuni necesita otra torre como esa nueva que extrae
quinientos metros cúbicos. Necesita agua buena y con un ritmo nuevo.
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