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Las
torres de Rabuni
Chejdan
Mahmud Yazid.
Nada igual que una vista
privilegiada, eso, es lo que ostentan, sobre todo, las dos torres de Rabuni.
Juntas o separadas están, depende del ángulo del que las miras. Sus vértebras
descubiertas te anuncian una figura esquelética magullada y triste. El paso de
las calamidades climatológicas del insufrible desierto hacen mellas en todo y
todos, pero la solemne postura de las dos torres, erguidas constantemente,
desafiantes, hacen que el mismísimo viento les cante su mejor canción a la vez
que las acaricia suavemente.
Rabuni, se disuelve en la mesura del
tiempo como Dios manda –nunca mejor dicho-. Aquel regocijo patriótico,
aquellos tiempos gloriosos de la revolución; esa disciplina impecable; ese
entusiasmo sin límites y ese fervor contagioso, se han diluido con las miserias
de sus casas de barro y sus ministerios malogradamente feos. El bunker impecable
de la nación saharaui, el alma máter de un pueblo exiliado y el comedor de
miles de almas, es ahora un lugar fantasmagórico, habitado por figurantes de
una historieta invendible, (amén de los buenos creyentes).
Y esas dos torres, son como dos
faros vigías que orientan a los navegantes de las palabras y los flashes de las
cámaras, a los sedientos de alzar su mirada más allá de las ennegrecidas
piedras del desierto. Me atrevería a decir que no representan nada para nadie.
Las sufridas miradas de las personas que habitan bajo su sombra, aún esperan
que termine la última ronda del té. El mañana es todavía hoy para los
saharauis.
El pulcro silencio de las torres de
Rabuni se diluye con todo y con nada, algunos ajetreos mundanos: un taxi aquí;
un raro uniforme militar allá o; un desenfadado plebeyo insurrecto que necesita
unos papeles, deambulan erráticos siguiendo el chasquido de los pedruscos que
visten el suelo de Rabuni.
Las torres de Rabuni y, esas cuatro
aglomeraciones de barro, que se hacen llamar ministerios, tienen todo en común,
no en la forma, pero sí en el símbolo, representan… (no sé que
representan), estarán allí hasta que el cuerpo aguante. Mientras, el viento
del desierto y, la política exterior, seguirán azotando a uno y a otro
irremediablemente. Es cuestión de ESPERAR.
Solo sé ahora, que nací esperando
y por eso aprendí a tener paciencia, mucha paciencia y las torres de Rabuni
también, ya lo creo.
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