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Lembeidi
y su duna
Bahia
Mahmud Awah
Culminado un día más de la larga
jornada de un dayar de lluvias, me detengo del trotar, ya es de noche, mi marcub
suelta un sigiloso berrido muestra de su lealtad, esa obediencia que suele ser
obra de experto domador. Doy orden a mi dromedario usando el vocablo con el que
se entienden los dueños de la badia con sus animales de montura: wtshsh wtshsh
wtshsh, él suelta otro berrido que suena fiel, amistoso y se apoya en sus
rodillas delanteras tocando tierra firme.
Sobre mi cómoda rahla siento el
contacto con el suelo en el que ya están descansando las rodillas del animal,
algo suave se nota, cuando ya están enfilándose sus robustas rodillas, acomodándose
en un mar de sedas. Bajo sujetándome en el garbus de mi rahla, y mi pie derecho
apoyado sobre el harec, el extremo delantero donde termina el lomo del
dromedario. Sin soltar lejzama de cuero, riendas bien labradas con trenzas de
color blanco, rojo y azul, le enrollo un agaal en una de las rodillas, por si se
asusta y se levanta dejándome en la oscuridad y solo, haciendo caso a la
habitual prudencia de un nómada que no debe dejar de obedecer las leyes del
desierto.
Acampo esa noche en un uad de Tiris,
cuyo paisaje puedo descubrir más adelante: un lugar de abundante batha, fina,
cristalina, suave, arenosa, cálida con dispersados grupos de acacias donde se
percata el fresco olor de su amarilla flor anish. En el uad abunda leña de un
arbusto llamado askaf, restos de yamra, una espinosa hierba deliciosa comestible
cuando está verde y espinosa cuando se seca, algo de elguerreima muy verde y
extensas superficies de nsil fresco, un auténtico y merecido agasajo en esta
noche para mi dromedario.
No tengo que buscar el refugio entre
los brazos de una murcballa ni de askafalla, sino en una lisa superficie del
batha. Ahí, tras librar el lomo del dromedario de mi rahla, trenzar entre sus
patas delanteras elgüeid, recoger su jzama enrollándola sobre su elegante
cuello, le doy una amigable palmada para que se sienta libre y paste esta noche
sin alejarse de mí. Estiro mi suave aliuish sobre una superficie que he
revisado detenidamente por si hay restos de espinas de talha. Me apresuro a
buscar leña, y enseguida tengo mi draa de askaf, por no decir una arroba,
suficiente para alumbrar y preparar mi comida.
De mi tasufra saco las provisiones
de esa noche, un pilón de azúcar sólida belga, envuelto en dos papeles, uno
blanco y el otro azul, sujetados con dos pequeñas cuerdas, como un legendario
caballero andante de la badia, vestido de gala, con dos daráas, blanca y azul,
con sus correajes o znaid.
Luego extraigo de un saco las
caderas de una gacela que he cazado poco antes de ocultarse el sol. Esta noche
mi plato es una mreifisa, un pan sin levadura jubsetftur, preparado bajo arena
caliente con ligeras brasas por encima, troceado y mezclado con el caldo de la
carne y un poquito de aceite, así el manjar del nómada ya está listo.
Mientras que se prepara mi cena,
estoy tomando el segundo vaso del té a la luz de mi modesta hoguera, y he de
decir que ya con el primero se me ha ido quitando todo el cansancio. Con el
segundo, interiorizando mi mundo de nómada y pensando en mil incoherentes
historias, hermosas mujeres de la badia, venta, compra, trueques de mercancías
de caravanas desde Tombuctú a Gleib El Cabo, me entran ganas de silbar un
estribillo con letras de unos versos de un poeta perseguido desde su tierra y
muerto en unos montes de Tiris, quien antes de ser ejecutado pidió que le
dejasen cantar sus últimos versos:
Mallijlig
mah elmactub,
U
el mactub elal abad irah,
Yaugui
hadu galabt Sheirug
U
hada zaad Egleib Elquirah.
Inevitable
lo ya predestinado,
lo
escrito es ineludible,
admirados
son estos montes de Sheirug,
precioso
es el monte de Gleib Elquirah.
Siento que no estoy solo en esta noche de mi desierto, con la
mirada perdida en el horizonte disfruto unos instantes silbando aquellos versos
de Sheirug y meditando cómo no habían dejado libre al poeta prisionero después
de deleitarles con estos hermosos versos. Al terminar mi cena aún me queda
tomar la tercera tanda del té que he dejado para después.
Acerco mis manos al calor de las
reservadas brasas apartadas de la hoguera y miro hacía mi izquierda. Observo
que en el horizonte nace una media luna que va cobrando a cada momento más
luminosidad, ofreciéndome desde donde estoy sentado poder ver la silueta blanca
de mi marcub pastando muy cerca de mí a la luz del gamar.
Y con la prudencia habitual de un
beduino exploro con mi mirada todo a mi alrededor, aplicando el proverbio
saharaui “Laard tuled blaa draa”, es decir “los imprevistos de la
tierra”. La luna casi está llena, radiante, lúcida. Observo de nuevo
fijamente un pequeño relieve que se destaca en el horizonte, justo enfrente de
mí sin hacer ningún cambio de ángulo. Ignoro la vecindad de un sujeto
principal y referente en la alborada noche de mi gamar sahariano.
Pequeño y humilde pero gigante
entre los grandes pudiendo ser nada más y nada menos que él mismo, eso es
llanamente Lembeidii el magno, el “abrazado por su duna” como ya lo había
descrito un poeta.
A un verso se puede preguntar, a un
poema se puede confundir. Un manuscrito de Badi encontrado en Tiris. Un ignoto
lunar en la geografía de Tiris meridional. Un perdido rincón del Paraíso, el
apremiado entre los más afortunados para los nómadas del desierto, porque es
el nombre de un monte que inspiró al decano de los poetas de Tiris, Badi.
Lembeidii es el ingeniado, el
innovado, el esculpido, el ideado, el compuesto, el realizado, y así es él,
por eso su nombre es un verso o un poema.
¿Pero dónde esta Lembeidii de
todos los saharauis? ¿Es ese Lembeidii arropado por una duna y cantado en un
poema por Badi Mohamed Salem?
No hay más que decir de Lembeidii,
ya todo sobre él lo ha dicho el poeta de Tiris:
Lembeidii
u ilbu leelih
ana
nibguih,
Galb
u guird u shalja u msaad
Lembeidii
y su duna
yo
tanto les quiero, monte, duna
valle
y su orientación.
Cuando comienzo a rezar ya ha
amanecido, inclino la cabeza a mi derecha para concluir la oración. Recito el
fin del rezo “saludo a mi derecha y a mi izquierda y a todos los profetas y
misioneros” y en esa dirección está mirándome un pequeño monte abrazado
por una blanca duna. Son el mismísimo Lembeidii y su duna, varados en el
ombligo de Tiris, sin lugar a dudas, es otro profeta, otro misionero, al que
también estoy rezando.
Notas:
Dayar:
Buscador de dromedarios, lluvias, agua pastos etc
Wtshsh
wtshsh wtshsh: vocablo con el que se ordena al dromedario para que se arrodille
Garbus:
pieza de la montura que separa las piernas del jinete.
Rahla:
montura del dromedario
Harec
el extremo delantero donde termina el lomo del dromedario
Lejzama:
riendas de cuero
Agaal:
cuerda elaborada de fibra de arbustos para detener las patas delanteras del
dromedario en situación de arrodillado o en descanso.
Tiris:
Región sur del Sahara bastas sabanas, ríos y montes muy cantada por los poetas
Uad:
Río seco con vegetación.
Elguerreima:
Especie de lechugas salvajes del desierto
Aliuish:
Manto de piel del cordero con mucho pelaje.
Badia:
Campos verdes del desierto
Gleib
El Cabo: Una montaña en Tiris que lleva el nombre de un cabo español
Jubsetftur:
Típico pan de los nómadas sin levadura y preparado enterrado en tierra
caliente.
Murcballa:
Arbusto muy tierno y apreciado por los dromedarios
Askafalla:
Arbusto con alto contenido de sodio apreciado por los dromedarios en invierno
Nsil:
Fina hierba conocida en Tiris de la que se alimentan todos los rumiantes del
desierto.
Tasufra:
Mochila grande de los beduinos, hecha de cuero. Se coloca justo detrás de la
montura del dromedario
"Laard
tuled blaa draa”: Sabio proverbio saharaui que dice la “tierra pare sin
ubre” en alusión de los imprevistos que uno no espera hasta que suceden.
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