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Los
Lagartos Azules y El Ogro Rojo
Zahra
Hasnaui
En un lugar, ya no tan remoto, de África,
vivía una familia feliz de lagartos. Las connotaciones populares asociadas a
las familias de los saurios, sobre todo a las hembras, suelen ser bastante
negativas. En justicia, se ha decir que son unos animales simpáticos y
orgullosos. Particularmente estos, pues pertenecen a la casi extinta estirpe de
los Lagartos Azules del desierto del Sáhara.
Aminetu era hija única, y su madre
la cuidaba con mucho esmero. Todas las mañanas, antes de salir de casa, se
repetía el humillante ritual del Gorro Blanco. Éste había pasado por
generaciones de mujeres en la familia de Aminetu, desde que su testaruda
bisabuela murió de una insolación por hacer caso omiso a las recomendaciones
de su paciente marido. Y todas las mañanas, Aminetu mascullaba maldiciones en
honor a su testaruda bisabuela que su madre fingía no oír, aparentemente
enfrascada en encasquetarle el gorro remendado, atándolo a su cuello con unos
finos hilos confeccionados por ella misma. La transparencia de los hilos, única
concesión en las negociaciones, no menguaba mucho, admitámoslo, la ridiculez
de su atuendo. Las burlas de los chavales del barrio, coreando chanzas para a
continuación troncharse de risa, hurgaban en la herida y acrecentaban su
determinación de acabar algún día con esa estúpida práctica familiar.
Aminetu era una muchacha noble,
inteligente y generosa. Tenía un pequeño defecto físico: una de sus patas
delanteras era algo más corta que las demás, detalle que a nadie parecía
importar, ni siquiera a la propia Aminetu, excepto cuando se le iba la cabeza y
se caía de bruces siendo otra vez objeto de escarnio. Aminetu se levantaba,
sacudía su orgullo herido y avanzaba calculando el próximo paso a dar.
Normalmente, los años de experiencia le evitaban esa ecuación pero con los
ojos de su querido Alex se sentía levitar, hasta que el polvo invasor de sus
narices y el eco ultrajante de las risotadas le devolvían a su postura
hiriente. Más o menos así, gorro arriba, pata abajo, iban pasando los días.
Durante uno de esos momentos en los
que la mirada de Alex estaba a punto de hacerle otra trastada, Aminetu sintió
la tierra abrirse bajo sus patas fuertes. Dudó un segundo, para al momento
confirmar que Alex no provocaba esa sensación de hundimiento, más bien la
contraria. Divisó, no muy lejos, una tormenta de polvo que galopaba en su
dirección. No era el siroco habitual, le acompañaba un estruendo ensordecedor.
Las señales desesperadas de aviso y la espantada general le reafirmaron que la
amenaza se estaba cumpliendo: el Ogro Rojo del Norte estaba arrasando el lugar a
zancadas gigantes. De repente, el estrépito cesó, y poco a poco las partículas
de polvo se fueron sedimentando en el suelo, despejando el velo que cubría la
magnitud del Ogro. Éste se había parado, Aminetu también. No sabía muy bien
si por el miedo o la curiosidad, otra herencia fatídica de su antepasada. Más
maldiciones.
Aprovechó su parada involuntaria
para observar al Ogro. Aparte de las características típicas de los ogros,
pudo constatar una que atribuía a la leyenda: tenía los treinta y un ojos que
lo veían todo, quince detrás, quince delante y uno grande en medio de la
frente, y las treinta y una orejas que todo lo oían, colocadas paralelamente a
los primeros. Era enteramente rojo, incluso sus dientes, lo cual le confería un
aspecto feroz. La convicción de que no sólo la apariencia era feroz recorrió
la espina dorsal de Aminetu.
Despertó horas después en el
Agujero Negro donde el Ogro encarcelaba a todos los lagartos azules que lograba
capturar, con la infame anuencia del supuestamente democrático gigante del
lugar.
Era un ogro muy, muy despiadado. Sin
embargo, los lagartos azules temían más la degradante afición de hacerles
bailar ante él, lo conseguía torturando a sus familiares, que acabar
convertidos en sándwich. Aminetu se alegró de que su familia hubiera logrado
escapar, hasta que reconoció la cara apaleada de su amado Alex entre los
prisioneros. Se esfumó la tranquilidad. Sabía que estaba perdida, porque los
treinta y un ojos y las treinta y una orejas del ogro que lo veían todo y todo
lo oían acabarían descubriendo su debilidad. En ese instante, y esta vez sin
imprecaciones, recordó cómo la audacia de su testaruda bisabuela había
logrado librar a todo el poblado de un enemigo similar. Apartando de su
pensamiento las dudas de haber heredado esa cualidad, se decidió a emular la única
acción honrosa de su antecesora.
Los lagartos azules del Sáhara
tienen un arma secreta contra sus depredadores: un olor pestilente que, en su
grado mínimo de emisión, logra adormecer al enemigo, y en el máximo alelarlo
del todo. La capacidad de producción máxima dependía de una condición: ser fémina
y demostrar arrojo. Aminetu pronto descifraría el misterioso triunfo de su
menudita bisabuela.
Los lagartos azules son animales pacíficos,
amantes de la libertad y escrupulosamente respetuosos con la del prójimo. Esta
última característica suele llevar a engaño a los enemigos necios,
malinterpretan su espíritu democrático y acaban alelados.
Aminetu recorrió con la vista la lóbrega
estancia, la indignación ante el dolor de su pueblo le dio el empujoncito
final. Despojándose de una vez por todas del gorro recosido e ignorando las
treinta y una orejas, se aclaró la voz, y arengó encendidamente a sus
paisanos. Afortunadamente para ella y los demás, el Ogro dormía después de
haberse zampado unos cuantos lagartos rebeldes, no con demasiado placer, pues se
habían negado a bailar. Tras el discurso de Aminetu, los lagartos azules
presentes emitieron el hedor de mejor calidad, el nivel se mide por el efecto
conseguido en el enemigo, que jamás se registró en el Sáhara. El Ogro Rojo
del Norte, perturbadas completamente sus facultades mentales, vagó por el
desierto hasta morir de insolación.
Moraleja: No te metas con los
Lagartos Azules del Sáhara Occidental.
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