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LOS
OLIVOS Y LA ESCARCHA
Ali
Salem Iselmu, Generación de la Amistad Saharaui
El frío congelaba los labios, las
manos, la cara y todo el cuerpo. Las plantaciones de olivos estaban totalmente
heladas y el tractor iba a toda velocidad dirigiéndose a Valjunquera. Nosotros
íbamos apretujados en medio de la cabina, la escarcha lo había dejado todo
blanco y duro, no podíamos pisar bien el suelo ni caminar. El dueño de
aquellas tierras decidió entonces encender una enorme hoguera para que nos
calentáramos porque las temperaturas habían descendido por debajo de cero
A las nueve de la mañana empezaron a descongelarse los primeros olivos,
cogimos las mallas y las tendimos debajo de cada árbol y con unas
pinzas las sujetamos a cada
tronco, luego agarramos los palos negros que estaban en el
tractor y empezamos a golpear las ramas con fuerza y así empezaron a
caer las primeras aceitunas sobre la malla. Una vez que nos aseguramos
que ya no quedaban frutos en la planta, recogíamos todas las olivas y
las vaciábamos en una caja y así nos íbamos trasladando de un sitio a
otro durante todo el día, mientras más campos acabáramos más
contento estaba el dueño y al final de la jornada podía presumir en la
cooperativa de haber recogido muchos kilos.
Cuando
eran las dos de la tarde el jefe ordenaba parar y nos daba una hora para
comer; yo sacaba tres fiambreras y una pequeña cazuela para calentar la
comida al fuego de la hoguera, casi siempre traía arroz blanco,
lentejas y huevos duros era una comida fácil de preparar y la comí
muchas veces cuando estaba en Cuba. En media hora comía y luego sacaba
mi termo y me bebía mis buenos sorbos de café negro, cogía un cartón
y lo colocaba a lado del fuego y me acostaba sobre él durante el tiempo
que me quedaba de descanso.
Por
la tarde sentíamos que los músculos y el cuerpo estaban dormidos, no
respondían con la misma fuerza que en las primeras horas de la mañana,
de campo en campo seguíamos la batalla de los olivos, no se podía
perder ni un solo minuto, había que aprovechar el tiempo al máximo y
rendir con mucha eficiencia sino se corría el riesgo de perder el
puesto de trabajo y para alguien sin papeles quedarse sin trabajo
equivale a quedarse abandonado en medio de la nada.
Por
la noche volvíamos a casa muy cansados, nos sentábamos los tres en
medio de la cocina, yo cogía la bandeja de té y un pequeño hornillo
de butano y le decía a mis compañeros “no hay nada mejor para
aliviar el cansancio que un buen vaso de té verde bien amargo y una
buena charla”. Mientras el otro compañero se ponía a preparar la
cena, cogía yo la radio e intentaba sintonizar la Radio Nacional
Saharaui para informarme sobre las últimas noticias relacionadas con el
Sahara. A las diez de la noche cada uno estaba tendido en su cama
esperando empezar un nuevo día en medio de la escarcha.
Varios
meses intentamos sobrevivir en medio del frío, nosotros que nunca habíamos
visto la nieve. Sólo conocíamos las arenas doradas del desierto y el
bosque tropical, pero la lucha por transformar aquella situación en una
mejor era una necesidad imperiosa, no teníamos ninguna alternativa que
seguir trabajando en esas condiciones para no levantar ningún tipo de
sospecha sobre nuestra situación.
El
camino a veces es largo y otras veces puede ser corto, pero el camino
para obtener los papeles muchas veces es imposible, en nuestro caso
tuvimos que trabajar con un hombre casi analfabeto que no entendía de
países ni continentes, solo sabía que nuestra piel era oscura y por lo
tanto éramos forasteros y como forasteros pensaba muchas veces que no
entendíamos castellano y empezaba a chillar y chillar, y nosotros a
trabajar y trabajar, la comunicación no existía entonces, cada uno
estaba inmerso en una realidad ajena totalmente al otro.
Quizás
lo que nunca entendió es que alguien como nosotros, hijos del refugio y
la extrema necesidad, también podíamos soñar y escribir incluso con
la lengua de sus antepasados que es tan nuestra como de él.
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