Mi
té con Beibuh, el decano poeta saharaui, y Taguilalet uld Ahmed Salem
Bahia
Mahmud Awah

No
era casual el encuentro y por supuesto el té que nos reunió largas
horas y en el que serví de interlocutor para trasladar un excepcional
diálogo literario de dos lenguas muy diferentes, entre investigadores
de varias universidades y tres de los más colosales poetas saharauis en
hasania aún vivos, uno de ellos octogenario al que en este té de
trabajo me referiré en particular y de forma tal vez breve, sí, pero
objetiva y a propósito. Estaban Badi, Beibuh, Sidi Brahim y Zaim, éste
último no pertenece a esa generación, ya que es nacido en 1957. El
encuentro se enmarcaba entre otros que nos llevaron a la zona liberada
del Sahara Occidental, lugar que me trae recuerdos de los años del
éxodo y los primeros y últimos años de la guerra.
Nuestra cita se desarrollaba al margen de los trabajos de las
conferencias de las universidades españolas en Tifariti, territorio
liberado del Sahara Occidental. Para todos el lugar no podía ser más
adecuado, cuando se trataba de un territorio patrio en el que los tres
vates respiraban y sentían lo que les han usurpado por la fuerza otros,
la libertad en sosiego, al encontrarse en una porción de su tierra,
Tifariti libre y soberana.
Eran los primeros días de una espectacular primavera sahariana que
sólo saben disfrutar y evocar los autóctonos beduinos de esa
naturaleza. Esa tifisqui, primavera eclosionada después del parto de
las densas y pasajeras nubes que los nómadas acogen con esperanza y
benevolencia y a la que sus niños cantan zidi zidi yashaab[1].
Las lluvias que después llevan a un lijrif[2]
esperado como siempre, definido por los saharauis como am jrifu zein[3].
Porque el agua cuando cae marca inolvidables momentos en la memoria de
cada individuo y sobre todo el acontecer en la vida de un poeta como
Beibuh, Badi o Sidi Brahim, ya que la tierra empieza a eclosionar su
generosa naturaleza vegetal y animal y la vida comienza, otra estación,
a cobrar sentido para el hombre del desierto.
Badi,
después de una toma de contacto y un preámbulo de presentación antes
de que nuestras cámaras lo enfocaran, mostraba que el encuentro le
estaba gustando. Y explicaba que cuando siente la fidelidad de la
traducción se deja conducir a lo que se pretende, que es hablar de su
cultura y su literatura en general. Y sin dejar que se me pasara la
ocasión le agradecí el gesto al considerarme útil y a la altura del
encuentro. Debo confesar que desde el primer momento me sentí muy
cómodo en el diálogo y el amplio contenido que se vertió durante las
casi tres horas de tertulia que nos ofrecieron en una amplia y acogedora
jaima, llena de colores, alfombras y cojines. El momento me llevó a las
entrañadas tertulias nocturnas que hacía mi madre con sus amigos. Mis
compañeros investigadores estaban ebrios del nivel del encuentro y la
sorpresa de cómo fuimos acogidos por estas grandes figuras del verbo
hasaniano. La bandeja del té estaba conducida por una hermosa mujer,
como gusta en la tradición saharaui, y sobre la que más tarde me
confesaba Sidi Brahim, en un tono muy cómplice, que fue un amor de Badi
en otros tiempos y ahora la relación es de una formidable amistad.
Nuestra conversación se estaba desarrollando de la manera más
complaciente y amena. En ella se habló de la biografía de cada uno, de
su vida personal, de cuando eran poetas noveles, de su época de
juventud, y también se habló de los momentos más íntimos y solemnes
que cada uno experimentó en su poesía.
El objetivo de nuestra toma de contacto pretendía elaborar una
biografía auténtica, renacida de los recuerdos personales en infancia,
juventud, nomadeo, y al final el peso de los dilatados años de exilio
que viven estos poetas. Pero hay que considerar que, por la naturaleza
propia de su cultura, el poeta saharaui no se autorefleja ni se define
en canto o elogio a su personalidad, sí que es un simple observador de
gestas y epopeyas tanto épicas como líricas. Intenté conducir y
orientar en la traducción algunas preguntas que iban en esa dirección
que ellos querían eludir. Claro, porque de esta forma podía inducirles
a buscar sensibles momentos en la vida de cada uno de ellos, respetando
esa peculiar elegancia de estos grandes poetas. Sabía que en nuestro
guión deberíamos preguntar por un poema de amor o un momento reflejado
en su poesía que hablara en primera persona.
Centré en un determinado momento mi atención sobre Mohamed Moulud Budi,
Beibuh. Nació en 1928 en Guelta, región de Zemur, norte del Sahara,
hijo de familia nómada ganadera de camellos. Transcurrió su vida
errando prácticamente alejado de los núcleos urbanos, lo que
enriqueció su poesía de lo tradicional. Practicó el nomadeo junto a
su familia y recorrió toda la geografía saharaui de norte a sur.
Conoció la poesía desde muy pequeño, influido por sus padres, que
eran poetas. En edad es el mayor del grupo con unos espléndidos 81
años y es una de las grandes figuras más veneradas por la sociedad
saharaui junto con Badi.
Me dirigí a Beibuh y le dije:
– Mohamed Moulud, el investigador, le pregunta por un poema suyo muy
personal que recuerde de cuando era joven. Sobre alguna mujer que le
inspiró en un poema, o usted mismo, si en algún momento se reflejó en
un verso, aquejado por un amor como suelen sufrir los románticos, los
caballeros y los poetas en su vida.
Pero Beibuh sonrió y desahogadamente me cortó el camino con un no
rotundo:
– No hay nada en absoluto y no le des más vueltas. En nuestra poesía
no hablamos de nosotros mismos, nuestras personas quedan excluidas para
no desentendernos de la vida social y el entorno.
Respondí yo:
– Tal vez no he explicado bien la pregunta, habría que acentuar y
aclarar el enfoque de la misma.
Entonces ante su negativa, le aclaré que para nuestra poesía hasaniana
está claro que no cantamos “el yo” para enaltecernos o destacarnos,
sí que componemos en primera persona pero trasladando un dolor o
alegría cara a otros. Y le manifesté que para un investigador
occidental la biografía de un poeta necesita ingredientes íntimos y
muchos pormenores de su vida, amor desgracias, etc. A la sazón,
insistiendo, redirigí de nuevo mi pregunta:
– ¿Recuerda algún gaf corto, que haya dedicado a alguien en especial
cuando era joven?
Sin embargo la rotundidad de Beibuh era firme e incuestionable:
– Sólo os diré que quise ser en mi poesía un observador de
acontecimientos acaecidos en la vida de mi cultura saharaui, y eso es lo
que me ha interesado desde hace mucho tiempo.
Pero el poeta Sidi Brahim, siguiendo de cerca la conversación con los
dos idiomas, como hombre que fue traductor en la época de la colonia,
le insinuaba a Beibuh de forma escueta y con voz amigable al tono de la
conversación:
– Recítale Aguilalet uld Ahmed Salem, ¿no la recuerdas?
Beibuh hizo una breve pausa como si buscara en la memoria algo muy
lejano, mirando hacia el horizonte sur que se divisaba desde la puerta
de la jaima, y señaló:
– Hag, hag, ah, sí, pero es un gueif[4]
o un taguilalet[5]
muy corto y nunca le ha dado importancia. Corrían los años cincuenta,
cuando componía en ese pequeño género que llamamos busuer[6].
Recuerdo una tarde que estábamos haciendo un té en megfa[7]
Taguilalet uld Ahemd Salem, la que está situada cerca de las colinas de
Edlú, entre Smara y Guelta. Era por la tarde, disfrutaba de un té con
otras personas y en eso me acordé de alguien que tal vez pudo ser algo
importante en mi vida. Entonces inesperadamente y al hilo de una
amigable conversación con acólitos de aquellos años compuse este
gueif ó aguilal. La gente lo ha recogido y ha sobrevivido en la
memoria.
يلعكل اعليك
امنين بد
الحزم أذيك
اطوالت
تكلالت ولد
احمد سالم
فمنين اكلالت
Oh amor, intensamente preocupada,
reina sobre ti la inquietud.
Mas menguará
como Taguilalet uld Ahmed Salem.
Aguilalet uld Ahmed Salem uno de los primeros cortos gaf que Beibuh
componía en aquellos años cincuenta cuando aprendía en ese pequeño
género que los poetas llaman busuer. Se hace un juego de retórica en
los dos últimos versos cuando dice “donde mengua Taguilalet uld Ahmed
Salem”, habla en nombre de su amada por el largo tiempo que ha
transcurrido sin tener contacto. Pero al final todo inesperadamente se
hará muy corto como el breve verso y el diminuto monte. Beibuh tiene
ese don de poseer una voz grave y proyectada con muchos armónicos,
sobre todo cuando recita modulando gradualmente su voz con ritmos altos,
bajos y una espléndida y melancólica afinación de voz para recitar. Y
todos los que estábamos allí coincidimos al unísono en haah, walah
ala aski[8].
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