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Mis
pasos en el éxodo y la batalla de Gleibat Legleya treinta años después
Bahia
Mahmud Awah
Un grupo de pequeñas montañas de
rocas macizas se encuentran al noreste de Auserd, a unos setenta u ochenta kilómetros
aproximadamente, eso vendría a ser en el lenguaje de los nómadas un día a
trote de camellos.
Los montes están sembrados en el
Tiris meridional con el típico paisaje característico de esta región de
vegetación tipo sabana, donde se entremezclan grair de acacias, vegetaciones de
emercba, ascaf, ensil, lehbalia y elgartufa. Subiendo los montes también se
encuentran las famosas plantas de atil y también enbeg, pequeños frutos de
color miel, una vez secos son muy codiciados por el chacal y también por los niños
y pastores.
Gleibat Legleya nombre que me hace
rescatar de la memoria muchas historias, de los primeros años de la invasión
por Marruecos y Mauritania; son simplemente cuatro pequeños montes distanciados
uno de otros a un kilómetro o menos, separados por islotes de agrur donde
acampa a sus anchas dib (el chacal del desierto), neirabn (el conejo), elganfud
(erizo) y el jerbo. Mi familia acampaba allí en los años setenta, aprovechando
la bondad de la naturaleza, la lluvia y el contacto directo con esa singular
vida de la badia.
En este lugar se desarrolló el año
1976 una famosa batalla donde las tropas mauritanas sufrieron una dura derrota a
manos del ejército saharaui cuando Mauritania entró con Marruecos para ocupar
la parte sur del territorio en lo que llamaban “defensa común”.
Recuerdo que el verano de 1988 tras
regresar del Caribe, estuve en la zona sur. Hicimos parada para descansar y
tomar un té por esos montes y un dirigente del POLISARIO me dijo: “Bahia, ¿ves
allá el resto de lo que dejaron las tropas mauritanas en el 1976?”. Yo le
respondí que conocía los montes porque mi familia solía salir de la ciudad y
acampar cerca de ellos y también le dije que unos días antes de la batalla
estaba yo de paso hacia Um Draiga.
Nos acercamos y aquello era un
desguace de vehículos militares calcinados y destruidos por impactos de
proyectiles, en medio de un precioso lugar de una tierra finísima, blanca,
suave, vehículos jeep y camionetas de fabricación francesa con matriculas RIM
(República Islámica de Mauritania) y con una media luna fusionada en verde,
creo que representaba la bandera de Mauritania, todo formaba parte de la cara de
la guerra que nos fue impuesta aquellos años por Mojtar uld Dadah y Hasan II,
dos déspotas que conoció nuestra infancia y juventud y ahora están donde
merecen estar.
Esa batalla había sucedido días
después de que yo hubiera dejado esos montes de paso hacia Um Draiga, 1976,
perdido en medio de la guerra y el éxodo, tenía quince años y recuerdo que
llevaba unos pantalones de pana que llamábamos bananas, de color gris, que había
comprado el verano de 1973 en Castellón de la Plana.
Mis zapatos eran unos deportivos de
color azul, Keeds, que también los compre en Castellón. Nunca creí que algún
día me sirvieran para recorrer un éxodo de más de dos mil kilómetros hasta
Argelia.
Los compré porque eran cómodos
para llevar la bicicleta y escalar los picos de los montes de Auserd, pensando
que mi vida nunca iba a ser perturbada hasta tal extremo. La historia de esa
batalla me la había contado aquel día de verano de 1988 un dirigente saharaui
que operó durante muchos años en Tiris y que murió el año 2000 cerca de esa
zona, era Nih uld Alem Blal que Dios lo acoja en su mejor rincón. Fue un
distinguido dirigente militar que conocí en persona cuando operábamos en su
zona, primera región militar, Agüeinit y Zug. Era una persona muy
comunicativa, alegre, dialogante, inteligente, conocido por su valentía en la
guerra como dirigente militar, y fue uno de los fundadores del Polisario.
Queridos compatriotas y amigos, he
vuelto de otro periplo por la tierra y esta vez de un lugar donde de niño
tomaba leche de camellas y jugaba con mis amigos persiguiendo las huellas del
chacal y el ganfud.
Los recuerdos más vivos que llevo
de Gleibat Legleya, son una gacela recién nacida que mi padre me trajo y que
crié hasta grande; mi paso por ellos huyendo separado de los míos por la
guerra; un joven caído en esa batalla, mi hermana cuando tuvo su primer niño
en el exilio lo bautizo con su nombre, Entada y por último volví a pasar por
el lugar que me vio huir del infierno pero esta vez estaba con Nih Uld Alem Blal
aquel gran caid, que dedicó toda su vida a nosotros y a toda la causa saharaui.
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