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MANIFIESTO NOCHE EN BLANCO SAHARAUI Sukeina Aali-Taleb Semlali
En
el mejor de los escenarios, desde el Escenario de la Paz, me gustaría
compartir con ustedes lo siguiente: Cuando
era niña, mi padre me contaba cómo era el Sáhara Occidental. No el Sáhara
que aparece en los informativos de viento y arena, de casas de adobe y
sueños atrapados en el tiempo. Mi padre me hablaba de los atardeceres
en la bahía de Dajla, del mar dorado repleto de peces y de las suaves
olas que refrescan las tardes estivales. Del ir y venir lento de melfas
y derrahs por el paseo marítimo,
del trasiego de gentes en el aeropuerto y de la dulce cadencia del ritmo
cotidiano. No
me hablaba de la guerra, del exilio, de los bombardeos aéreos, ni de cómo
murieron sus padres de pena y cansancio en el más inhóspito desierto
cedido por Argelia. A nadie le gusta recordar las cosas que hacen daño.
Mi padre me hablaba de cómo eran las casas, las calles y las escuelas.
Me hablaba de cuánto echaba de menos su ciudad. El olor de esa tierra
bañada por el Océano Atlántico y atravesada por las enormes heridas
que conforman los cauces de los ríos secos. Me
hablaba de los alegres gritos de las mujeres en los días de boda, de
poemas y poetas, de santones, de gacelas, avestruces y camellos. En
muchas ocasiones, también me hablaba de Leyuad. Un conjunto de rocas
grandes como corazones y que irrumpen en el desierto perteneciente al Sáhara
Occidental. Me hablaba a mi y a mis hermanos de la Cueva del Diablo
mientras le escuchábamos con una mezcla de miedo y curiosidad. Dicen
que en el desierto saharaui existe una cueva profunda y excavada por el
peso del tiempo en la que se escuchan toda clase de sonidos extraños
capaces de acobardar al hombre más valiente. Se dice que aquel que se
atreva a permanecer en ella despierto una sola noche, tendrá a cambio
la posibilidad de enfrentarse a conocer su propio futuro. Mi padre no me
hablaba de cómo esas enormes rocas de superficie extremadamente lisa
contemplaron un día la crueldad de la guerra, una guerra dolorosa y
sangrienta como todas las guerras, ni de cómo sus muros refugiaron a
combatientes temerosos, no de su destino, sino de los proyectiles de
otro hombre probablemente también con miedo; Tampoco me hablaba del
desgaste humano, ni de la obligada separación de las familias, ni del
dolor que causa la ausencia, ni de la pérdida de su casa, de sus
libros, de su ropa y también de sus sueños. Nunca hablaba de la
privación de libertades, ni mencionaba la palabra olvido. Los niños del desierto, al igual que yo escuchaba a mi padre cuando era niña, también escuchan las historias de la tierra añorada, en su lengua, el hassanía; estudian el español y aprenden a situar en un mapa el perfil alargado del Sáhara. En sus ojos grandes como lunas, llevan la luz cegadora del sol del mediodía y en sus pulmones, el peso de la arena del desierto. Sin duda, para todos pasa el tiempo, y en el desierto, aunque a veces parece que el tiempo permanece inmóvil, también corre y no se detiene. En el Sáhara el tiempo pasa pesado y lento. Un tiempo que a veces asfixia, ahoga y también mata. Y que además corre en nuestra contra. Cuando
mi padre era niño, mi abuela le contaba historias de pastores, de
guerras tribales, de travesías infinitas, de días y noches en medio
del desierto, de cómo le enterraron de niño con la cabeza descubierta
en la fresca arena para no morir deshidratado, de la dureza del sol en
verano y de la tierra más clemente en las llanuras de Tiris. Mi abuela
le contaba historias a mi padre mientras pintaba con cuidado la piel
curtida de los cojines que hacen más acogedoras las casas. Dibujos geométricos,
con un perfecto orden y que aprenden las mujeres generación tras
generación; y pasado el tiempo, todavía acunan nuestro sueño. En
mi casa, muy lejos del Sáhara, guardo con especial cariño un cojín
pintado por mi abuela Suilma en los largos años de la espera. Su olor y
sus dibujos desgastados por el uso me transportan fácilmente a una jaima
solitaria en el desierto más bondadoso del Sáhara. Me llevan a un
lugar decorado con telas alegres, anaranjadas, donde se descansa al
calor del infiernillo sobre el que nunca se sirve el último té. Dicen
que en esta vida todos beberemos tres tés, y nosotros, los saharauis
sabemos muy bien cómo sabe el té amargo. Pero volvamos a las historias, los relatos que a veces hay quien nos regala generosamente, y que nos hacen pensar, soñar y sin duda, en numerosas ocasiones la vida más dulce. Al calor del infiernillo que ofrece esta noche otoñal de Madrid, desde nuestra jaima, desde el mejor de los escenarios, en el Escenario de la Paz, seguro que encontramos una buena historia que contar. Pues así se cuentan las historias en el Sáhara, no hace falta escribirlas, tan sólo hay que poner atención y el que las escucha ha de recordarlas para volverlas a contar una vez más. Esto cobra especial sentido para aquellos que han nacido en los campamentos de refugiados de Tinduf y que conocen la tierra originaria gracias a los cuentos de sus padres y a la rica tradición oral que reina entre la población saharaui desde hace siglos. El tiempo de la guerra afortunadamente quedó atrás, y la lucha en estos días se realiza en los despachos sin mucho éxito, ya que una de las partes todavía tiene que aprender a escuchar y a respetar. Nosotros, la Generación de la Amistad y todo aquel que se atreve a contar cualquier pequeña historia sobre el Sáhara, a escribirla, a representar a través de la pintura su realidad cotidiana, a cantar y recordar antiguos poemas que laten desde el más profundo corazón del desierto; y en definitiva, a mantener vivo el sentimiento de todo un pueblo, sin apenas darse cuenta estará manejando una de las mejores armas, la poderosa arma de la cultura y el arte, un arma inofensiva pero capaz de conmover y derribar altos muros, igual de eficaz o más que cualquier armamento pesado que todo lo destruye. De
este modo, la escritura y cualquier expresión artística que pone de
manifiesto la fuerza de nuestra identidad, puede ser la mejor de las
armas, pues a través del arte se puede ser sutil, delicado y también
certero, capaz de abrir muchas puertas y esperamos que alguna que otra
ventana. Desde el mejor de los escenarios, en el Escenario de la Paz,
nos atrevemos a aportar esta noche un granito de arena más, para
constituir algún día el peso de todo un desierto capaz de mover al más
temible y persistente gigante. Insisto, en el mejor de los escenarios,
en el escenario de la Paz, hoy,
el Sáhara tampoco duerme. |