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Recuerdos
Mohamed
Salem Abdelfatah, Ebnu
Del número de otoño de la revista
Aria
dna R-C
Al maestro le bastaba con atravesar
la puerta hacia dentro, para que un silencio de sarcófago se apoderase de la
clase. Un silencio denso, que afianzaba su indiscutible protagonismo, e
incrementaba el miedo, que tan solo su presencia provocaba.
Entraba con aire marcial, haciendo
sonar sus tacones sobre el suelo de cemento. Recuerdo su constante ir y venir
por el aula, se paseaba lentamente como si desfilaba. Se tardaba casi un minuto
en recorrer el aula de punta a cabo, desde la pizarra hasta el mapa de España,
incluyendo sus territorios de ultramar, colgado en la pared opuesta.
Recuerdo la primera vez que nos enseñó
el mapa del Sáhara.
Lo recuerdo perfectamente porque,
quizá fuese aquella la primera vez, que volvía la cabeza sin el temor de ser
castigado.
“Esta es la provincia del Sáhara”
dijo cuando todos nos volvimos “Yo vengo de aquí” continuó, mientras señalaba
con una enorme regla de madera un punto del Levante español.
Ese día lo recuerdo, con mucha
emoción, porque me liberó de un miedo que nació conmigo. Me enteré con suma
satisfacción, que la tierra no terminaba en el horizonte, y que el mundo no se
limitaba a la inmensidad del desierto; y que más allá del horizonte, no había
ningún riesgo de precipitarse al vacío.
Me invadió un urgente deseo de
llegar hasta el mismo horizonte y comprobarlo.
¿Cómo iba a saber yo, que en pocos
años pasaría casi la mitad de mi vida al otro lado de mi mundo, y que iba a
descubrir que el horizonte o los horizontes, por muy presentes que estén en
todas partes, no son más que meros espejismos?.
De vez en cuando evoco esos lejanos
mundos de mi vida, intentando cada vez encontrarme con un recuerdo extraviado.
Es la paradoja de recordar el olvido. Recuperar o rescatar, aunque sea un mínimo
detalle de lo que un día ocurrió o dejó de ocurrir. Cuando se logra
vislumbrar ese detalle, comienza la aventura de resucitar paso a paso una
realidad, que no por añeja deja de ser verosímil. Es como restaurar la
historia.
Nos convertimos en rastreadores,
como los expertos nómadas deyara, del Tiris, o los baqueanos de la Pampa.
Resueltos a encontrar e identificar la más intrincada de las huellas, que el
viento va borrando. Sólo ellos saben encontrar los caminos que llevan a la meta
definitiva.
Rastros que seguimos, sin saberlo,
guiados por un simple instinto, un olor, un ruido, o una inexplicable sensación
que brota de pronto, como si alguna extraña fuerza o razón suprema nos
incitara a buscar entre los recovecos de nuestra memoria.
Comenzamos la pesquisa al interior
del olvido, oteando desde las atalayas desperdigadas por la geografía de la
memoria. Posando la mirada del recuerdo sobre la oscuridad pretérita de las
entrañas del pasado. Mientras nos empeñamos en la búsqueda de un destello que
nos indique el lugar exacto de un callado ruido, un marchito aroma, o un leve
dolor gastado.
Lo intentamos una y otra vez hasta
cansarnos.
De pronto, un día o una noche, a
cualquier hora se ilumina el horizonte y a lo lejos un recuerdo rompe el cascarón
del tiempo y emerge como un retoño.
Lentamente comienza a crecer y
crecer, haciéndose gigante, vivaz e inexorablemente cruza la inmensa frontera
del olvido.
El recuerdo más reciente que he
rescatado, tiene casi mi misma edad y el tierno aroma de la melhfa de mi madre.
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