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Recuerdos del
internado (II)
Limam Boisha
El viernes era el día de las visitas en el internado y muchos se
despertaban con una sensación de regocijo, porque sabían que en cualquier
momento, podían ver entrar por la puerta principal a sus adoradas madres. Su
presencia les alegraba la mañana, quebrantaba la gris rutina del centro y les
proporcionaba mimos, caricias y alimentos, frutos muy escasos en el colegio. Sin
embargo, yo detestaba los viernes, porque sabía que mi madre nunca iba a verme,
ni familiar alguno, por hallarse lejos, en el campamento de Dajla. No soportaba
ese interminable día, en el que me sentía huérfano, y rumiaba que mi familia
no me quería, o no les importaba. A veces, me apartaba hasta la cima de la
colina, al lado del muro de adobe de la escuela, para que nadie me viera
llorar...
... No me gustaban los viernes
en el internado, aunque el silbato no taladraba tan temprano como el resto de
los días, ni se izaba bandera alguna, ningún educador controlaba que tuviéramos
la cama bien hecha o desecha, ni que meáramos encima de los muros o lejos, ni
si andábamos descalzos o si teníamos la cara lavada o la ropa sucia. Por ser día
de encuentro, los maestros se comportaban con menos rigor y hasta con cierto
tacto, y podíamos vagar por los alrededores de la escuela, jugar durante horas
hasta el agotamiento y correr en cualquier instante a beber agua del estanque,
que era de piedras y cemento, más que un depósito, parecía un tanque
desmantelado en medio del enorme patio. No me atraían los viernes, aunque
intentábamos robar de la cocina y disputábamos con las cabras el pan que les
llevaba el cocinero, y cuando el dueño descubría nuestra fechoría nos perseguía
con su manguera. No los soportaba, mientras veía los otros abrazados a sus
madres que, cariñosas ellas, les resguardaban con sus melhfas de la insolación,
mientras les colmaban con galletas y caramelos.
Ya sé que no era tarea fácil llegar al internado, incluso para las personas
que vivían en las wilayas más cercanas y sabía que muchas madres tenían que
salir de sus jaimas bien temprano por la mañana y caminar hasta el puesto de
control para hacer el autostop. Esperar sentadas sobre incómodas piedras,
mientras un viento intermitente se colaba en sus ojos, orejas y el resto del
cuerpo, un viento tórrido que nunca dejaba de batir sus alas y maltratar planes
de la gente. Las visitas eran siempre una incertidumbre, nadie tenía la
seguridad de que podría alcanzar su destino. Todo, o casi todo, dependía de
que unas carcomidas ruedas pasaran por el puesto de control de Rabuni o Smara,
la escuela de mujeres “27 de febrero” o El Aaiún y les llevara hasta el
internado.
No había como ahora carretera asfaltada, ni taxis, ni abundantes vehículos
privados; el camino era incierto y pedregoso. Varias madres tuvieron que
aguantar miles de baches, sentadas en los traseros de camiones, tragar ingentes
cantidades de polvo y soportar alocadas velocidades de conductores que presumían
ante las miradas femeninas, con tal de ver a sus criaturas. Toda la maquinaria
estaba al servicio de la guerra, y la poca que se movía en los campamentos de
refugiados eran acatarrados camiones GMC, recuperados tras duras batallas y que
en verdad, al ejército saharaui le servían de muy poco, o unos cuantos vehículos
de funcionarios y un puñado de Land Rover particulares que conducían abuelos
jubilados o militares discapacitados de guerra. El viernes era cuando más se
necesitaba el transporte y menos se veía.
Los más de cien kilómetros que separaban el campamento de Dajla del internado,
me privaban a mí y a muchos otros niños de cualquier esperanza de visita,
hasta la llegada de las vacaciones escolares, estábamos tan resignados que
muchos sentían indiferencia ante las aglomeraciones, que se formaban cuando venían
las visitas.
Con el transcurso del tiempo, tuve amigos de otros campamentos que recibían
visitas y compartían conmigo sus regalos. Recuerdo uno de aquellos viernes, en
que sólo vino la madre de Nayem, Um Eljair. Ese día Nayem estaba muy contento,
nada más verla salió en carrera, dando saltos como una gacela. Desde cierta
distancia veíamos que Nayem no perdía tiempo, y enseguida empezaba a hurgar en
el equipaje de su madre, sacar y devorar un par de galletas o algo parecido. Al
afortunado, aunque era nuestro amigo, le molestaba nuestra presencia, y al ver
que seguíamos merodeando como buitres carroñeros, se paraba y nos brindaba su
cara más asesina. Si por él fuera, se zamparía de una sentada todo lo que le
había traído Um Eljair, sin ningún tipo de mala conciencia, pero él sabía
que su madre no le iba a dejar hacerlo, y en todo momento le estaría prodigando
consejos, que tenía que estudiar más, que no debía olvidarse de sus cinco
oraciones diarias, y que la comida que le traía tenía que durarle varios días
y repartirla con sus amigos.
Nayem sólo tenía una certeza: si no compartía lo que le había traído su
madre, ya vendrían otros “viernes” en los que ella no podría visitarlo, y
entonces ¿qué haría él, sólo y hambriento?, ¿cómo se las arreglaría
cuando lo aislaran por egoísta? Era una ley no escrita que todos respetaban, (a
mí me excluían de esa regla por ser el único del grupo de Dajla, el único
que no recibía visitas, y creo que lo hacían por compasión) aunque a veces me
daba la sensación de que cuando eran los afortunados, preferirían no haber
tenido amigos, aunque sólo fuera por un día.
Nosotros, como cazadores, esperábamos que la presa se quedara sola, para poder
abordarla y en medio de aquella espera, que nos parecía eterna, intentábamos
descifrar el contenido de la funda azul que había traído Um Eljair. La
curiosidad excitaba nuestra hambre perruna, sobre todo porque el viernes
desaparecía del desayuno aquella triste rebanada de pan y en su lugar repartían
un puñado de galletas, cada una del tamaño de una uña del dedo gordo de la
mano. Por lo menos el diseño de aquellas galletas era divertido: galletas con
forma de estrella, coches-galleta, camiones-galleta, y andábamos jugando con
esos vehículos comestibles. Les poníamos nombres y sonidos, los conducíamos
por carreteras imaginarias y escenarios de combates con otros coches-galletas, a
algunas les caían los neumáticos de un leve mordisco, otros vehículos podían
repostar en el depósito de leche, pero esa gasolina era mortífera porque los
difuminaba en el líquido. Si a un coche se le acababa el combustible iba
directo a la boca y allí era engullido con mucho placer.
Las visitas entraban después del desayuno, pero ya el hambre calentaba nuestros
estómagos como si no hubiéramos probado nada durante la mañana. Por ello,
horas después, mientras esperábamos a Nayem, nos preguntábamos una y otra vez
¿qué había en aquella funda azul? El más pesimista hablaba de que podría
ser ropa, sandalias, o cosas por el estilo. Había quien deliraba y señalaba
que la funda desprendía olor a carne, esa idea era rápidamente descartada por
soñadora. La opinión general giraba entorno a que el contenido de la funda debía
ser pan, dátiles o azúcar.
Cuál sería nuestra sorpresa cuando ya en la habitación con Nayem descubrimos
que el contenido de la funda era gofio, alrededor de dos o tres kilos. Un gofio
mezclado con azúcar y aceite. Era un delicioso bocado y todos pretendíamos más,
pero aquél día Nayem no tenía hambre y guardó la funda dentro de su oxidado
baúl de color verde, más que baúl era una vieja caja de hierro para guardar
balas, reconvertida en una especie de maletín. Ante nuestra insistencia nos
prometió que en otro momento repartiría otra ronda del preciado gofio.
Al día siguiente, durante el recreo, todos salimos disparados hacia el baúl de
Nayem, él lo abrió e hizo el ajustado reparto, pero aquella mañana Nayem
parecía estar de buen humor, debía haber comido de la funda sin que le viéramos,
y se le ocurrió divertirse. Introdujo su mano en la funda y sacó su puño
lleno, lanzó al aire la bola de gofio, para que saltáramos, a ver quién
llegaba más alto. Nos arrojábamos hacia arriba como aves de rapiña,
disputando la comida en el aire y no sé quién capturó el bocado. Volvió a
preparar otro, el segundo lanzamiento fue a parar al techo de zinc y allí se
quedó, justo encima de la cama de Nayem. Durante unos segundos todo quedó
paralizado, en espera del regreso del ansiado bocado. Pasaron los minutos y la
pelota seguía aferrada al techo de metal. En medio de aquella incertidumbre sonó
el silbato que anunciaba el fin del recreo y tuvimos que volver a clase.
Al regresar al dormitorio, para nuestra sorpresa, la bola seguía aferrada, como
adoptando una terca postura, y nos convencimos de que ya era irrecuperable.
Durante aquellos días el calor se había intensificado y los educadores nos
obligaban a hacer la siesta después de comer. La siesta era tediosa, eterna. No
había nada con que matar aquellas lentas horas, sólo cabían dos
posibilidades, dormir o dar vueltas en la cama hasta el cansancio, lo peor era
la falta de oxígeno, en cuanto uno cerraba los ojos, una extraña forma,
indescriptible le empujaba a caer en un pozo de terribles pesadillas, y la
verdad es que salir de las garras de ese monstruo del calor era como volver a
nacer.
Recuerdo que en medio de la siesta, mientras dormíamos o hibernábamos, o las
dos cosas a la vez, bajo la frágil sombra de metal, cayó encima de Nayem la
bola del gofio. Él se levantó sobresaltado como si despertara de otra
pesadilla, pero cuando reconoció el objeto y comprobó su sabor, no salía de
su asombro. El fruto había madurado bajo las viejas costillas de zinc. Nayem
nos lo enseñó y probamos aquella delicia de gofio tostado a fuego lento.
Durante el tiempo que duró el contenido de la funda, a la hora de la siesta,
Nayem entregaba a cada uno una pelota de gofio y todos la lanzábamos hacia el
techo, donde se quedaban pegadas. Eran como semillas que esparcíamos encima de
nosotros. Poco a poco las gotas de sol se derramaban, regando las planchas de
zinc. Horas después ese cielo salvador nos devolvía a cada uno una fruta
madura y espléndida.
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