
Repensemos Europa (sin miedo) a la luz de las diferencias. Digo sin
miedo, porque este siglo está atiborrado, no sólo de contaminación
medio ambiental, sonora o lumínica, sino también de ese vicio turbio,
estilo amenazas reales o ficticias. Cierto o especulado, ese miedo no
puede nublar nuestras vistas hacia ese objetivo común que todos
anhelamos, el de la convivencia en paz y armonía entre las diferentes
culturas. El futuro de Europa va a ser (ya es) multilingüe,
multirracial, de diversidad culinaria increíble (elemento visto como
positivo) y de vestimentas múltiples (elemento visto, por lo general,
como negativo, si hablamos de los inmigrantes de países pobres). La
diversidad avanza, es el nuevo paisaje que colorea el viejo
continente. “La diversidad cultural es para el género humano tan
necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos”, leí
en alguna parte. Así va a ser, a pesar de la Crisis financiera y a
pesar de ciertos pronósticos agoreros.
Debemos empezar por repensarnos nosotros mismos como personas y
hacerlo también mutuamente, porque el respeto entre las personas,
entre las culturas es un elemento esencial para la dignidad humana.
Para repensarnos, sólo necesitamos cambios positivos de mentalidad,
curiosidad y sentido común. Europa debe luchar de manera enérgica por
la igualdad de Derechos (de todos). Si alguna vez ha existido en el
imaginario colectivo ciertas seguridades de homogeneidad, estas han
sido sobrepasadas por las circunstancias. Igual ha ocurrido con
ideologías o creencias que parecían inamovibles.
Se dice, no sin razón, que el siglo XXI, es por antonomasia el siglo
de las tecnologías, pero también es el del miedo. El miedo al otro, a
los de fuera, a los pobres. A veces, es más tóxica su fabricación en
los laboratorios o despachos del Poder y su difusión amplificada por
los medios de comunicación que su amenaza real. El miedo es rentable
como campaña permanente para acortar las libertades. Y para ganar
votos.
Es la píldora que se le suministra a la población, en pequeñas dosis,
pero de manera casi diaria, como si la historia de la humanidad no
fuese, la historia de sucesivas migraciones, exilios, colonizaciones y
destierros. Hablamos, por ejemplo, del miedo que permite aprobar en el
Parlamento Europeo leyes que condenan a la reclusión, a la cárcel a
personas que ante las leyes, sólo han cometido una infracción
administrativa, personas que sólo huyen de la miseria y buscan una
vida mejor.
Cada vez que se difunden los resultados de las encuestas que realiza
el CIS y anuncian que la inmigración es uno de los problemas que más
preocupan a la población, me llevo las manos a la cabeza. No por la
sorpresa de los resultados de esas investigaciones, sino por la
incredulidad ante una percepción tan distorsionada. ¿Cómo es posible
que cinco millones de inmigrantes que en su inmensa mayoría son gente
honrada y pacífica, que viene a trabajar, que cotizan en la Seguridad
Social, pagan sus impuestos, consumen, colaboran de manera dinámica en
la prosperidad de la sociedad de acogida y reenvían remesas a sus
familiares para salir de la pobreza, pueden ser vistos como un
problema?
Uno de los mayores responsables, a mi entender, en la consolidación de
esta imagen negativa de la inmigración, la tienen los medios de
comunicación, que para nada quieren cambiar ese falaz punto de vista,
ni mucho menos corregirlo. Constantemente nos bombardean con noticias
de pateras, de mafias de tal o cual origen. Un flujo de noticias
inquietante y carente de objetividad, una polución de cuidado que no
hace más que reproducir estereotipos. La prensa se ríe de la verdad,
toma el pelo al rigor y propina un puntapié a la imparcialidad, todo
en aras del espectáculo y de una simplicidad tendenciosa y calculada,
en un asunto tan complejo, pero a la vez dinámico y positivo.
Pero repensar Europa a la luz de las diferencias, no sólo es repensar
la inmigración sino muchos otros temas. Está la literatura, el arte,
las lenguas, la cultura en general.
Pero hablemos de la lengua o mejor decir de las lenguas. La dignidad
de hablar, de leer, de escribir, de fabular, no en la lengua impuesta,
no en la del colonizador era -y todavía es – resistir. Resistir es
defenderse contra el ejercicio de la coacción, del dominio cultural y
por ende político. Pero más allá del binomio dominador / dominado,
Verdugo / Víctima o colonizador / colonizado, cada lengua que se
prohíbe o se extingue, por muy poco hablada, por diminuta que sea,
algo de todos nosotros, de la humanidad entera también desaparece.
Elegir hablar o escribir en cualquier lengua es también una manera de
preservar el patrimonio oral y escrito de la humanidad y simplemente
es una opción de elemental democracia.
En el Sahara Occidental, mi país, hablamos el Hasanía, una lengua oral
que tiene mucho del árabe y tiene algo del Temazigh (beréber). Una
lengua que Marruecos intenta silenciar y hacer desaparecer. La lengua
a mi entender es el marcador principal de la identidad de un pueblo de
forma general y de su identidad literaria en particular. Hay muchos
diálogos, expresiones, matices, que son difíciles de trasladar, tienen
su sentido, su genuino espíritu, por decirlo de alguna manera, sólo en
esa lengua. Eso no la convierte en mejor ni peor, simplemente es un
rasgo original, diferenciador. Cada lengua tiene su caudal léxico, sus
múltiples acentos y su acervo cultural. Ese capital no se puede
desechar ni sustituir por otra o por algo secundario como una
traducción.
Nuestra lengua oral coexistió con el castellano cerca de cien años y
permitió el viaje de palabras al Hasanía, y no sé si algunas tomaron
el camino al revés. Muchos vocablos nuevos al no hallar sustitutos en
la lengua materna se incorporaban tal cual, aunque no son pocas las
que fueron limadas por la entonación local.
Cuando España abandonó el Sahara Occidental, dejó su lengua, un bien
que ya no se podía quitar ni regatear. Solos y libres los saharauis
decidimos acogerla. Era útil y nos diferenciaba de los otros vecinos,
Argelia y Mauritania, países al igual que Marruecos fueron colonias
francesas y manejan la francofonía como engranaje de su
administración. Por eso Marruecos está empecinado en borrar del
territorio saharaui ocupado las huellas que dejó la colonización del
Sahara. Ataca el patrimonio histórico, demoliendo edificios simbólicos
como el Fuerte de Dajla y está empecinado en asfixiar la resistencia
de parte de nuestra población por conservarlo y hablarlo.
No debe extrañar a nadie que haya saharauis que hablamos y escribimos
en castellano. Como los integrantes del grupo Generación de la Amistad
que hemos recibido nuestra educación en esa lengua y la vemos como una
herramienta valiosa para difundir nuestra causa en el mundo
Iberoamericano.
Los sonidos, las percusiones de una lengua (cualquier lengua) expresan
infinidad de cosas y no siempre dicen lo que imaginamos. Aunque uno
domine las dos lenguas y quiere trasladar ideas o pensamientos de la
manera más cercana, nunca llega a alcanzar la plenitud; la sensación
siempre es: falta algo. Algo que quizá todas las lenguas tienen y a la
vez necesitan.
Como esa luz que se derrama entre las hojas de los árboles en un
bosque espeso, y nos baña con sus colores y nos alegra el alma. Así
pueden ser las lenguas cuando las cultivamos, cuando escuchamos con
atención y curiosidad sus sinfonías. Al aguzar nuestro oído sentimos
vibraciones en las venas, en los árboles, torrente vivo, sangre,
oxígeno de palabras. Es el bosque oral, la célula escrita que somos
todos. Nuestras voces –iguales o diferentes - son pentagramas del
universo, metáforas, diálogos para comunicarnos, para repensarnos una
y otra vez a la luz de las diferencias.
*Ilustración del blog "Ciudadanos del
mundo"