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El
viajero nómada.
Ali
Salem Iselmu.

...
Jamás
tuvo miedo al desierto porque con el tiempo había hecho una profunda
amistad con la tierra y los dromedarios. Siempre encima de la montura de
Zeireg, su animal de carga, en su tasufra llevaba una tetera, un
cuenco, vasos pequeños, harina, azúcar, arroz, carne seca y
té verde. Con eso era un hombre totalmente feliz no necesitaba
absolutamente nada más.
Vivía
persiguiendo gacelas, montañas, acacias y de noche hablaba con los
zorros. Su turbante negro era su cojín y su darra era su sábana.
Distinguía a la gente por su forma de hablar y pronunciar.
Perdió
el miedo al desierto en una tarde extremadamente calurosa. Las
temperaturas rebasaban los sesenta grados. Prácticamente deshidratado
había entregado sus manos al destino, estaba totalmente confundido.
Aquella tierra de aspecto negro surcada por pequeñas dunas parecía el
fin del mundo, vencido por el calor no tenía fuerzas para orientar a su
dromedario. En un último
intento miró al cielo para buscar parte del milagro y no vio ninguna señal
que le pudiera devolver la esperanza. A partir de ese momento sabía que
era cuestión de horas el poder mantener la vida en esa situación.
Cuando
el hombre se quedó sin conocimiento subido encima de su camello Zeireg,
en ese instante toda su suerte quedó encima de aquel dromedario que había
criado con sus propias manos. Lejos en el horizonte sólo se veían más
dunas, no había señal de vida en ninguna parte, parecía que lo
inevitable iba a suceder de un momento a otro.
Zeireg
aceleró sus pasos porque encima de su joroba seguía sintiendo un último
hilo de vida, bajaba una duna y subía otra impulsado por una fuerza
extraordinaria. Sabía que en las entrañas de ese desierto
probablemente estaba escondida una gota de agua que podría cambiar el
destino.
El
sol se quedó inclinado detrás de una pequeña colina. A lo lejos
Zeireg avistó dos palmeras y hacia ellas se dirigió con las pocas
fuerzas que le quedaban. El animal tenía la capacidad de oler agua a
muchos kilómetros y eso le permitió guiarse en medio de aquel
infierno. Desesperado, subiendo y bajando montículos de arena, llegó
al único punto en el que había vida.
En
aquel oasis sólo había dos palmeras, cuatro cabras, dos camellos, tres
pájaros y un hombre todos reunidos cerca de ese pequeño pozo de agua.
El único ruido que se escuchaba era de un cubo de agua sujetado entre
dos palos con una pequeña soga. Cuando llegó Zeireg todos se apartaron
ante su desesperación y él dobló sus largas patas acercándose a un
bidón lleno de agua. Empezó a beber y a mover su cabeza como queriendo
decirle algo al único hombre que estaba allí, de repente el hombre se
percató que había una persona encima de la montura que estaba colocada
sobre Zeireg.
Se
acercó rápidamente y al mirar allí estaba el viajero nómada esbelto
y delgado; sus ojos cerrados y sus pequeños labios secos. Ninguna parte
de su cuerpo se movía, parecía que estaba totalmente paralizado. El
hombre del pozo lo bajó de la montura, lo tendió sobre la arena cerca
del pozo, empezó a echarle agua encima de la darra y todo el cuerpo.
Luego cogió un pequeño vaso lleno de agua y empezó a darle de beber
lentamente hasta que notó cierto movimiento en su garganta y sus
labios, precisamente en ese instante gritó de alegría “Está vivo,
está vivo”. Todos los animales se quedaron sorprendidos mirándole y
los pájaros volando encima de su cabeza porque sabían que una nueva
vida acababa de renacer en aquel solitario y remoto oasis.
Con
sesenta años cumplidos, todo su pelo blanco de canas y la frente y las
cejas arrugadas, el viajero nómada volvió a nacer del polvo de la
arena, una vez más salía victorioso en su permanente huida de la
muerte. Él era amigo del agua de los oasis, de las tormentas de arena y
amaba el desierto desde la profundidad de aquel pozo que le devolvió el
último aliento cuando creía que todo estaba perdido.
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