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El
viejo pozo
Limam
Boisha
Cuando llevaban tres días de travesía
por el desierto, y se les habían agotado todas las provisiones que llevaban, el
más joven de los dos hombres se desmayó. El otro hombre no pudo hacer nada, no
podía ni consigo mismo. Sólo pudo arrastrar el cuerpo inmóvil hasta acercarlo
a la sombra de la acacia espinosa. Era ya al atardecer. El hombre mayor palpó
el corazón de su acompañante y se alegró de que siguiera vivo. Una diminuta
sombra negra cruzó ante sus ojos como un mal presagio. Recordó que durante
todo un día y una noche no habían visto una jaima, ni un camello, ni siquiera
una huella.
Tenía la plena seguridad de que si
en un día no alcanzaban un viejo pozo que él creía que debía estar en
dirección Oeste, no muy lejos de "Udei Lasel" (Arroyo de Miel), morirían.
Hacía veintiséis años que no pasaba por allí. La última vez que lo hizo tenía
trece años y acompañaba a su padre a buscar una camella y su cría que habían
sido recién compradas y escaparon hacia el Sur de donde venían porque no se
adaptaban a la tierra de Ahel Sahel.
El hombre mayor rezó en silencio e
intentó conciliar el sueño para engañar el hambre y la sed, sobre todo la
sed, pero no pudo. El más joven durmió profundamente y nunca supo si aquella
visita que recibió fue un sueño o realidad: Era su madre que llegó caminando,
se sentó a su lado, lo despertó y le extendió un cuenco lleno de leche, él
bebió hasta saciarse, y después le entregó otro cuenco lleno de dátiles, y
comió hasta llenarse. Ella se despidió y se marchó.
Por la mañana el joven se levantó
de un salto, vigoroso y lleno de energía. Su compañero no se explicaba lo que
había pasado. Al mediodía, cuando el mayor ya no podía más, lo subió sobre
sus espaldas y continuó por el sendero que le indicaba el hombre mayor. Al
atardecer brotó a lo lejos una esperanza, divisaron la talha que siempre da
sombra al viejo pozo.
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